Alberto Fernández llevaba pocos días como presidente, cuando un importante y actual funcionario de su gobierno sentenció ante sus íntimos: “Si a Alberto Fernández le va bien, nadie discutirá su candidatura en 2023. De lo contrario, tenemos a Sergio Massa o Axel Kicillof. ¿Y Máximo?” Le preguntó su interlocutor. “Todavía le falta, no va a estar preparado para ese momento”. Lo valioso de la charla es el momento en que se produjo. Fue a comienzos de 2020. Si esto se hubiera producido en la actualidad, a la luz de lo que ha ido pasando, tendría toda la lógica.
La reproducción de este fragmento muestra que, siempre, los dirigentes políticos piensan varios años adelante en clave electoral. Luego el tiempo y las circunstancias modifican o confirman sus propias especulaciones. En el caso de Alberto Fernández, a mediados de su primer año como presidente los números alentaban que habría presidente para continuar en 2023. Hoy, la realidad es muy distinta, a pesar de que él mismo no se muestra resignado - y es lógico - a tener que ceder ese lugar.
Algo similar sucedía en Cambiemos cuando ganaron las elecciones intermedias de 2017. “Tenemos poder para rato”, aseguraban diversos representantes de ese sector. La historia se encargó de devolverlos a la realidad con un cachetazo. Quizá sea ese el principal problema para no resolver las cuestiones de fondo en la Argentina. Nadie quiere sentarse a discutir más allá de su metro cuadrado. Y todo, absolutamente todo, se hace en función de los objetivos descriptos. Es decir, los electorales.
En el Frente de Todos, el panorama asoma más o menos como lo presagió el funcionario citado, quién no puede ser catalogado como un “cristinista” puro ni como “Albertista”. Es del interior y ha tenido responsabilidades importantes en todos los gobiernos K. Ni Massa ni Kicillof quieren saber nada con que se los mencione públicamente como posibles candidatos a presidente. Pero no descartan la opción. Sobre todo, el ministro de Economía, en quien están depositadas todas las expectativas de llegar competitivos a las elecciones próximas. El gobernador bonaerense intuye que, desde hace tiempo, hay un movimiento interno para desplazarlo.
Encontrarle la salida elegante de empujarlo hacia arriba. Con la excusa de “sos el único que logra retener mayormente los votos de Cristina Kirchner”. En el tránsito desde el 2019 a la actualidad, lo más novedoso que ha sucedido en el tablero político argentino es la irrupción de Javier Milei. Cuando Alberto Fernández asumió, Milei era el economista que llamaba la atención en los medios por su particular estilo, pero estaba lejos de imaginarse como una alternativa real de poder. Y mucho menos pensar que estaría segundo y hasta primero en las preferencias de los encuestados del Gran Buenos Aires. Es más, en una entrevista que le realicé en Canal 26 en enero de 2020 tuvo palabras elogiosas para con Alberto Fernández y reconoció que Cristina Kirchner era una dirigente muy importante que no se podía desconocer. Lógica pura. Estas palabras, fueron recortadas hace unos meses de manera antojadiza por quienes buscan desprestigiarlo asegurando que es funcional al Frente de Todos.
Ahí un nuevo ejemplo de cómo todo se toma en clave electoral sin analizar el porqué del surgimiento de figuras disruptivas en el escenario.
Lo cierto es que Javier Milei es lo más novedoso que hasta ahora asomó desde el 2019. En una escala menor podría ubicarse a Facundo Manes, quien, desde su prestigio como facultativo especialista en las cuestiones del cerebro, decidió participar del “barro” político. A diferencia de Milei, Manes se presenta como un actor nuevo adentro de una estructura centenaria como el radicalismo.
El resto de los actores, o mantiene su línea o intentan acoplarse a la moda de mostrarse como dirigentes extremos capaces de decir ahora lo que nunca se les escuchó antes. Es ahí donde surge el gran interrogante que por ahora no podrá ser revelado. ¿Hay lugar para expresiones moderadas? O ¿La política solo se divide entre halcones y palomas? Cualquiera que pretenda capturar el poder el año próximo sabe que no podrá prescindir de los sectores menos ruidosos que al mismo tiempo son mayoritarios. Y que su desazón por las experiencias vividas los lleva a comportarse de una manera tan compleja a donde no llegan las encuestas. De allí que cada vez sea más difícil adelantar con exactitud el resultado de una elección.
Donde se observan los comportamientos más conservadores a la hora de votar es en los municipios. Salvo situaciones muy particulares y con características excepcionales vinculadas a la coyuntura nacional, los intendentes no suelen tener inconvenientes para renovar sus mandatos. La cercanía con sus vecinos les da de primera mano el termómetro para saber hacia dónde se traslada el humor social. Y si sus gestiones son valoradas, pueden sostenerse en el poder más allá de compartir o no la lista de los candidatos nacionales. “Si un intendente trabaja y lo hace bien, es muy difícil ganarle, aunque vaya sólo en una boleta vecinal”, coinciden en la afirmación observadores de muchos años en el Gran Buenos Aires.
A partir de esta lectura es que dirigentes como Eduardo Duhalde primero, y Néstor Kirchner después entendieron que debían construir su poder territorial con los jefes comunales y no con el gobernador de turno. Y cada vez que se acerca una elección, Cristina Kirchner vuelve a tener gestos de acercamiento para con los nuevos y no tan nuevos “barones” del conurbano. El plan para que La Cámpora sea el recambio generacional en el Gran Buenos Aires por ahora seguirá esperando.
En sus posiciones extremas, lo más llamativo de las últimas semanas fue la autodefinición del senador Joaquín De La Torre, luego de un acto con Patricia Bullrich en Moreno, cuando dijo que era el “Trump” del conurbano. Hasta aquí, quien más reivindicó la figura del presidente de los Estados Unidos es Javier Milei. A propósito, aún es una incógnita quién es el referente del libertario en la provincia de Buenos Aires que pueda convertirse en candidato a presidente. Al igual que aquella serie colombiana llamada “sin senos no hay paraíso”, en la política argentina, “sin provincia de Buenos Aires, no hay chances de capturar el poder”. O de tener gobernabilidad.
Sebastián Dumont


Los políticos argentinos han demostrado las enormes dificultades que tienen para planificar programas y acuerdos de gobierno que los trasciendan. No sucede lo mismo cuando se trata de elaborar pensamientos vinculados a su propia continuidad en el poder, cuando lo ostentan, o para capturarlo, en momentos en que están alejados de él.