Martes, 28 Abril 2020 21:00

Hay un gran desconocimiento sobre dolarización y el Plan Marshall - Por Daniel Muchnik

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Los que en la Argentina y en el mundo sueñan con un nuevo orden global deberían reflexionar sobre de qué bolsillos saldría el dinero de la financiación

 

Mientras Martín Guzmán habla de desdolarizar la economía como proyecto de gestión, hay algunos que están proponiendo la dolarización y un reiterado, fantasioso y nuevo Plan Marshall para salir del atolladero argentino.

Toda el área económica argentina está sin encontrar la brújula. El oficialismo no ha hecho conocer sus propuestas. Y los especialistas critican, pero no lo hacen globalmente sino por segmentos, por áreas.

No se conocen planes para poner en marcha una industria paralizada que lleva un año y medio de contracción fenomenal y un agro desanimado, desorientado y con mucho miedo ante la caída de los precios.

Sería una movida extraordinaria que el presidente Alberto Fernández llame a una mesa de debate y análisis a los mejores expertos en economía del país de la misma manera que hizo con los epidemiólogos por la pandemia para trabajar en conjunto. Proponiendo soluciones reales concretas sobre la mesa.

Hay un ministro de Economía enajenado y seguramente exhausto para darle una salida a la deuda externa en medio del default; y un Ministro de la Producción –Matías Kulfas– a quien se lo conoce por su preocupación por que los Precios Máximos que no se cumplen. Alguien debe tomar el timón, con rapidez. La pandemia lo exige.

En cuanto a la dolarización. La inflación, se debe recordar, no tenía solución cuando Raúl Alfonsín dejó el poder en 1989. Carlos Menem pasó dos años de gobierno con el agua al cuello. Debió apagar el incendio de casi 1000% de inflación. Lo logró Domingo Cavallo con su Plan de Convertibilidad. Para implementarlo sabía que los dólares sobraban en el mundo, el período era pródigo en el planeta para llevarlo adelante.

Mientras entraran dólares a la Argentina se podía mantener esa ficción que “compró” la sociedad de un dólar igual a un peso. Por supuesto: puso en venta las empresas del Estado, casi todas, sin excepción. Recaudó mucho. Así, Menem ingresó a la historia nacional como una de las tantas variantes peronistas: la del ultraliberalismo extremo.

Los empresarios argentinos hicieron buenos negocios. Se asociaron con compañías extranjeras que ganaron millones, pero cuando llegó la hora de la verdad las foráneas se quedaron con ellas. Los argentinos se apuraron por vender al aparecen la "nube tóxica” (hoy se habla de “cisne negro”) de la fuga de dólares.

En 1995, los dólares se esfumaron con el Efecto Tequila. México obtuvo un préstamo de Estados Unidos por 50.000 millones de dólares a cambio del embargo del petróleo que producía el país. Eso sí, no entró más un dólar a Latinoamérica. Y la Convertibilidad se hizo añicos. Se evaporó un modelo rentístico-financiero. Otro más en la historia del país.

Pero Menem la sostuvo, persistió en la inestabilidad, pese a la fuga de capitales foráneos. Su último cartucho fue la venta de la acción de oro de YPF, operación que entregó a la compañía española Repsol el control de uno de los barcos insignia de la Argentina.

La Convertibilidad siguió con la Alianza porque si la rechazaban -creían- los argentinos embelesados con el uno por uno no los votarían. Los dos únicos que bregaron para que se volviera a la realidad fueron el dirigente peronista Eduardo Duhalde y el radical Rodolfo Terragno, quien ocupó la Jefatura de Gabinete con Fernando De la Rúa, y luego renunció.

Pensar que hoy, en 2020 y en medio de una pandemia casi bíblica, sobran dólares para volver al mecanismo de la dolarización de Cavallo es no entender qué está pasando en el mundo con el petróleo a 13 dólares y una baja ruidosa del PBI mundial.

Antes de hablar del Plan Marshall hay que tener en cuenta que un mundo nuevo se intentó crear en el encuentro de Bretton Woods, en 1944. Se incluyeron instituciones nuevas para dar pautas que permitieran la reconstrucción de un hemisferio norte devastado. Un nuevo Banco Mundial y un Fondo Monetario Internacional llevaban implícito un grado de injerencia externa en las prácticas nacionales sin precedentes.

Eran 45 países que intentaban establecer la cooperación internacional. Los altos ideales que permitieron establecer planes e instituciones para que funcionara un planeta paralizado se dirigían a “beneficiar a todos por igual”. Incluso la Unión Soviética, en guerra contra Alemania todavía, en el frente el Este, se propuso como tercer aportante a la cuota del Fondo Monetario.

Se esperaban beneficios mutuos que beneficiarían a través de un decidido comercio internacional. A comienzos de 1946, la Unión Soviética anunció bruscamente que no se uniría a las instituciones de Bretton Woods. Se había iniciado la Guerra Fría. Todos estos elementos dieron forma al Plan Marshall. Se lo llamó European Recovery Program (ERP). Fue en 1948 y por un valor de unos 20.000 millones. En 1952 el cálculo de lo otorgado llegó a duplicar esa cifra.

El Plan tuvo dos objetivos concretos y no se trató de una dádiva de los Estados Unidos. Washington se propuso reconstruir Europa, que estaba devastada, para poder recrear los mercados que le compraban gran cantidad de bienes antes de la guerra. De manera paralela, estaba la doble intención de frenar el comunismo en todo el oeste del Viejo Continente, tras el desencadenamiento de la Guerra Fría, entre 1946 y 1947.

Muchísimos europeos elogiaban al Ejército Rojo, a sus comandantes y a Stalin quienes, para ellos, habían sido los verdaderos victoriosos en las batallas contra Hitler.

El Plan Marshall fue gestado deliberadamente con ese objetivo: que los mercados remozados le compraran otra vez a Washington y terminar con la devoción por el comunismo. Estados Unidos obtuvo, con el Plan, excelentes resultados.

Para los que en la Argentina y en el mundo están pensado en un nuevo Plan Marshall deberían reflexionar de dónde, de qué bolsillos, saldría el dinero de la financiación. Ya que no hay ningún afán de reconstrucción posbélica ni está la estrategia de anular al comunismo.

Quizás las naciones más ricas, integrantes del G7, puedan ponerse de acuerdo para que el mercado internacional renazca con fondos especiales, refuercen a sus antiguos clientes, estimulen el tráfico comercial y firmen acuerdos con la poderosa China. Pero eso es tan sólo un deseo diluido y lejano. Por ahora, un sueño.

Daniel Muchnik
Twitter:@dmuchnik

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