Sábado, 04 Julio 2020 21:00

El mundo post pandemia va a una etapa de inflación alta: ¿Argentina tiene que festejar? - Por Fernando Gutiérrez

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Empiezan a percibirse señales de que la economía global podría beneficiar al país, por la conjunción de bajas tasas de interés y otra suba de commodities

 

Siempre hay gente que elige ver la parte del vaso llena y no vacía, incluso en momentos de crisis cuando lo lleno ni siquiera llega a la mitad y no hay muchos motivos para el optimismo. Pero lo cierto es que, con bajo perfil, hay intentos por reflotar la vieja consigna de que detrás de cada crisis hay una oportunidad.

Lo que se empieza a ver en el mercado es que para la Argentina, esa oportunidad puede estar dada por una posible ola de inflación en el mundo, una situación que están previendo muchos analistas, al observar los enormes niveles de deuda que están tomando los países desarrollados.

¿Por qué sería positivo para la Argentina que el mundo volviera a niveles altos de inflación y endeudamiento? El razonamiento es que eso implicaría bajas tasas reales de interés durante el período de recuperación de la pandemia. Traducido, eso implica dinero disponible a un costo no excesivamente alto para los mercados emergentes.

Pero, además, hay quienes, basándose en los antecedentes históricos recientes, esperan un alza en el precio de los commodities, especialmente de los alimentos. Ahora el nivel de los precios está deprimido, dada la caída en la demanda global, pero la recuperación implicará un alza en el comercio, y si ese mayor volumen se produce en un momento de divisas a la baja, su contraparte podría ser la de precios al alza.

Y también hay un argumento vinculado a la situación de "mal de muchos". En un mundo donde las reestructuraciones de deuda soberana pueden volver a ser la tónica, la Argentina ya no sólo dejaría de ser una oveja negra de las finanzas, sino que hasta podrá aparecer con su problema resuelto –y, por lo tanto, con posibilidad de obtener crédito- si es que finalmente Martín Guzmán llega a un acuerdo con los acreedores.

Ese punto, el de la ventaja de ser el primero en cerrar el tema deuda ante la posibilidad de que venga una ola de reestructuraciones, es permanente tema de análisis tanto entre los funcionarios del Gobierno como entre operadores del mercado financiero.

"Los antecedentes históricos muestran que los países no quedan aislados para siempre del mundo financiero, así que Argentina tiene chances de volver relativamente rápido a tener acceso al crédito, y beneficiarse de la nueva situación internacional en la cual las bajas tasas de interés van a estar garantizadas", observa Eduardo Fracchia, director de economía en el IAE de la Universidad Austral.

Y recuerda que, si el Gobierno logra un canje de su deuda, las condiciones del mundo post pandemia le resultarán favorables: "Según Jeffrey Sachs vamos a un escenario de 50 países que entren en reestructuración de la deuda, o sea que Argentina ya no aparece como la excepción negativa. Claro que tendrá que mostrar un plan consistente, pero la realidad es que en este contexto tampoco va a haber tanta exigencia respecto de un superávit fiscal, cuando todos los países están recurriendo al estímulo del gasto público".

Los optimistas no abundan, es cierto, pero ya se están viendo algunas señales positivas. Fue muy comentado un informe del influyente banco de inversión Barclay’s, que prevé para el año próximo un fuerte rebote de la economía argentina, del orden de 9% del PBI.

También en los últimos días, hubo hechos positivos que destacaron en el mar de malas noticias. Por ejemplo, que Arcor, una de las mayores exportadoras argentinas del rubro alimentos, haya obtenido financiamiento por $2.600 millones -una cifra cinco veces mayor que la prevista- mediante obligaciones negociables, a una tasa que se ubica por debajo de la inflación proyectada por el mercado. Y esto fue interpretado como una expectativa por la recuperación exportadora, para una empresa que viene de un balance negativo en 2019, consecuencia de la recesión y la devaluación.

Otras compañías, sobre todo ligadas al sector energético –incluyendo a YPF- están también consiguiendo respuesta favorable del mercado para refinanciar sus deudas, de manera de obtener mejores plazos de vencimientos mientras redefinen sus estrategias de negocios.

El economista Salvador Di Stefano, influyente en el ámbito agropecuario, es uno de los que apuestan a un rebote en las valuaciones de empresas argentinas si se cierra el canje de la deuda. Y se muestra convencido de que la economía nacional se podrá beneficiar de un mundo con mayor inflación.

“Argentina debería cerrar el acuerdo con los bonistas lo más rápido posible, ya que un mundo con más tasa de inflación va a licuar nuestras deudas en forma rápida. Si hay inflación, las materias primas subirían de precio y sería más fácil repagar la deuda pública”, argumenta.

Las ventajas de un mundo “argentinizado”

Lo cierto es que situaciones que antes parecían prohibidas en el mundo desarrollado, hoy son moneda corriente. Por ejemplo, el Banco de Inglaterra acaba de anunciar que continuará inyectando dinero en el mercado mediante la compra de activos financieros. Será una inyección por 100.000 millones de libras, hasta completar a fin de año una expansión de 740.000 millones.

Y los editorialistas del Financial Times, habitualmente abanderados de la disciplina monetaria y fiscal, no sólo no critican, sino que afirman que es lo correcto para este momento y que el efecto será una reducción en el costo del endeudamiento gubernamental.

"La magnitud de la actual crisis significa que incluso la financiación monetaria más directa, como la entrega de dinero en efectivo a la gente, debería seguir siendo una opción. El debate no debería centrarse en si puede haber financiación monetaria sino en mantener controlado el proceso mediante bancos centrales independientes", dice el Financial Times.

En realidad, lo que los economistas están previendo que ocurra a nivel internacional no sonaría extraño a ningún argentino, porque se parece bastante a lo históricamente se ha hecho aquí para corregir los grandes desajustes: devaluar y licuar las deudas y los déficits mediante la inflación.

La revista The Economist le dedicó un número al tema, con el título de “Tras la pandemia, la deuda”. Recuerda que, en el primer mundo, la relación deuda/PBI pasó abruptamente de 105% a 122% y que hay altas chances de que vengan años de alta inflación.

“La mayoría de los economistas están menos preocupados por el déficit que por la posibilidad de que, ante un temor irracional al gasto público, los gobiernos sean ‘demasiado tímidos’ y empujen la economía a un espiral recesivo por falta de apoyo fiscal”, escribe la revista inglesa.

La consecuencia de esta situación, según empieza a ser el consenso global, es que vienen años de alta inflación en el mundo desarrollado. Pero la condición para que esa inflación sea beneficiosa es que las tasas de interés deben seguir siendo bajas, porque es de esa forma que las deudas se van “licuando” con el correr del tiempo.

En otras palabras, que se puede confiar en una era de crédito barato. The Economist lo puso en términos contundentes: “La buena noticia es que en los mercados financieros se percibe que las tasas de interés estarán confortablemente bajas durante décadas”.

Un toque de los ’70, ¿y otro de los 2000?

Claro que la situación no deja de ser ambigua. El influyente Kenneth Rogoff, ex economista jefe del Fondo Monetario Internacional, pronosticó "un toque de los años ‘70" para calificar al panorama que viene en la economía global. Afirma que, por las posibles dificultades para reactivar los aparatos productivos, se tenderá a niveles más altos de inflación no solamente por problemas fiscales, sino por escasez en la oferta de productos.

La sola mención de los ’70 resulta inquietante: fue en esa época que el mundo desarrollado, que venía de niveles de 3% de inflación anual, pasó a 13% tras la crisis del petróleo y se acuñó el término "estanflación". El correlato la inflación de dos dígitos en los países con moneda dura fue la llegada de la inflación de tres dígitos a países como la Argentina.

Por esos años, los países desarrollados usaron algo conocido como "represión financiera", que consistía en forzar a los inversores a comprar bonos con tasas reales negativas. Funcionaba, en los hechos, como un impuesto, que en el caso de Estados Unidos llegó a 2% del PBI y en extremos como el de Japón al 7%.

Todavía no está tan claro que un escenario como el de los años 70 se pueda replicar. Por lo pronto, nadie espera que el petróleo –cuyos precios están sufriendo un desplome histórico- juegue el rol determinante a la hora de presionar subas de precios.

Pero en todo caso, lo que creen que los economistas es que aun si no hubiera la suficiente presión inflacionaria, los gobiernos se las ingeniarán para crearla, porque lo peor que puede pasar en un momento como este es una deflación. "Mi instinto es que una mayor inflación va a ser necesaria para licuar parte de la deuda", afirma Maurice Obstfeld, también un ex economista jefe del FMI.

Lo cierto es que mientras en el primer mundo se repasan las semejanzas y diferencias con los ’70, en Argentina se focaliza la atención en si se pueden recrear las condiciones de los 2000. En ese momento, la confluencia de circunstancias extraordinarias llevaron al gran ciclo alcista de las commodities que le permitieron al país un crecimiento a "tasas chinas" sin la necesidad de realizar inversiones como las que hacen los chinos.

Básicamente, lo que ocurrió en aquel momento fue un debilitamiento del dólar por la inflación generada durante la gestión de George W. Bush, lo cual tuvo la contraparte de un alza en el precio de materias primas. Además, se produjo el gran aumento de la demanda china por productos como soja. Y, para completar, hubo factores que aceleraron el proceso, como el hecho de que Estados Unidos en 2008 fomentó el uso del maíz como insumo del bioetanol, lo cual llevó a una caída en la oferta de maíz para uso alimenticio y que la demanda de soja –un sustituto del maíz- explotara.

¿Se puede repetir este escenario? Posiblemente no en los mismos términos, pero algunos de los factores parecen volver. En Estados Unidos, con una relación deuda-PBI que llega al 250%, la probabilidad de un debilitamiento del dólar –con la consecuente alza de las materias primas- no es una posibilidad descabellada.

Y, en lo que respecta a la demanda de productos como la soja, ya se están viendo señales tempranas de recomposición. Como destaca un informe de la Fundación Mediterránea, el precio de la soja, que a fines de abril cotizaba en Brasil a u$s310, ya llegó al nivel de u$s353. Esto implica un precio similar al del año pasado, pero con el detalle de que ahora el mundo está sumido en una recesión.

El factor que explica la suba es la demanda china. Lo cual pone una perspectiva interesante para Argentina en el sentido de que la tendencia se afirme a medida que el mundo vaya superando la pandemia.

En definitiva, mirando el mediano plazo no todo luce malo para la Argentina: inflación en el primer mundo, tasas de interés bajas, más demanda por alimentos, todo puede confluir en un escenario global que juegue a favor. Como para reafirmar la vieja creencia de que el país puede salir adelante con una buena cosecha.

Fernando Gutiérrez

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