Sábado, 22 Agosto 2020 21:00

La economía argentina necesita hacer lío - Por Enrique Szewach

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Todo indica que, si el diablo no se mete en los detalles jurídicos, en pocos días más se habrá cerrado la primera temporada de nuestra serie "Negociación de la deuda", y ya se anuncia la segunda, con el FMI como protagonista y algunos actores de reparto, como el Club de París y otros organismos multilaterales de crédito.

 

El final de esta saga determinará el recorrido de la economía argentina de 2021 (siempre con el contexto omnipresente de la pandemia del Covid-19 y sus consecuencias). Como economista profesional, tengo la obligación, aun a riesgo de spoilear, de presentar una síntesis de dicho final o, mejor dicho, "finales", dado que, como en algunas series y films, la producción preparó dos finales para testear en los focus groups.

El primer final es el "benigno": el Gobierno reencauza el programa fiscal prepandemia, con desindexación de jubilaciones y salarios públicos, y reducción gradual de los subsidios Covid y no Covid. Refuerza el control de precios, lanza un "novedoso" acuerdo social, para tratar de anclar expectativas y "moderar la puja distributiva", tratando de alinear la tasa de devaluación con la tasa de aumentos de salarios privados. Y le reza al Dios demanda de dinero y pesificación forzada, para ir desarmando de manera no explosiva la deuda remunerada del Banco Central. Mantiene el cepo, con mayor o menor intensidad, dependiendo del flujo de exportaciones que se consiga y del freno al turismo que genere el entorno sanitario y regulatorio. Algunos planes de obra pública financiada con deuda en pesos y con la mejora de la recaudación por el rebote de la economía poscuarentena, algunas líneas de crédito dirigido financiadas con menos líneas de crédito no dirigido (la frazada es corta): 60 balcones y ninguna flor.

En este escenario, la burocracia del Fondo acepta la planilla de Excel, con la excusa de que, dado que no hay requerimientos de pagos de deuda externa importantes en 2021 y resulta socialmente imperioso superar las graves consecuencias globales de la pandemia, se puede lograr una especie de "esperar hasta que aclare" para recién encarar un programa más exigente en 2022. Y el board del Fondo aprueba todo, por pedido de mi amiga Kristalina Ivanova y de Trump o Biden o los dos. Si quiere los "números" de este escenario, usted ya lo sabe, eso es otro precio, pero básicamente estaríamos ante un típico crecimiento de año electoral, como desde hace casi una década, solo interrumpido en 2019, por la disrupción que las PASO introdujeron en el ya modesto marco del programa fallido con el FMI, que redujo la épica de Cambiemos a evitar un descontrol final de las variables (que no fue poco) y a que Macri fuera el primer presidente no peronista en terminar su mandato normalmente en casi un siglo (que no es mucho, dado el objetivo inicial de su gobierno, y que debería avergonzarnos a todos como sociedad).

El final benigno es muy parecido al de otros años, y no podría ser de otra manera, porque responde a los mismos instrumentos ya gastados en esos otros años. Pero lamentablemente también es posible un final "traumático", porque el programa benigno se construye sobre flujos, pero el problema es que se están acumulando stocks. Un stock de sobrante de pesos en el sector privado, que podría eliminarse como siempre, con licuación inflacionaria. Un stock de pasivos remunerados del Banco Central, que también podría licuarse inflando el escaso stock de reservas (salto en el tipo de cambio), y un stock de desorden de precios relativos, que podría no solucionarse con un acuerdo social o con un estricto control de precios. En síntesis, otro final que ya conocemos.

Obviamente, es mejor el primer final que el segundo, pero aun el primero deriva en la mediocridad y el retroceso que han caracterizado a la economía argentina de las últimas décadas. Parafraseando al Papa, la economía argentina necesita "hacer lío", no tranquilizarse. Necesita subir el techo del producto bruto potencial y acercar el real al potencial rápidamente. Necesita un verdadero cambio de régimen. Un cambio de régimen, en su marco fiscal por el lado del gasto. Hemos tenido millones de empleados públicos en la Nación y las provincias en sus casas sin trabajar durante meses y. ni se notó. O puesto de otra manera: los bienes públicos costaban en la Argentina de hace dos décadas mucho menos que ahora, con la misma calidad. Por el lado de los ingresos, todos sabemos que estos impuestos son impagables, que destruyen la competitividad, que están mal diseñados, etc. Existen innumerables y valiosas propuestas de reforma, pero lo único que producimos, cada tanto, es algún pacto fiscal para reducir modestamente Ingresos Brutos y algún impuesto al trabajo, pacto que se desactiva en cuanto sopla el primer viento en contra.

Cambio de régimen en materia monetaria y cambiaria. ¿Hasta cuándo vamos a seguir fantaseando con la pesificación forzada, mientras se acumulan fuera del sistema financiero argentino ahorros líquidos superiores al 50-60% del PBI? ¿En serio piensan financiar las inversiones sin ingreso de capitales de los argentinos? ¿En serio piensan que los argentinos -acreedores netos del resto del mundo- van a ingresar capitales en cantidad, en un contexto de prohibición de la salida y con un sistema impositivo que sesga contra el aporte de capital y favorece el endeudamiento? Cambio de régimen en legislación y contingencias laborales, en particular para las pymes. La ley de teletrabajo, apoyada por casi todo el espectro político, es solo una muestra.

Cambio de régimen en la educación y formación para el trabajo, reconvirtiendo los actuales subsidios a la permanencia en la indigencia en verdaderos instrumentos de progreso social. Cambio de régimen, principalmente, en el sistema político, que le dé marco y permanencia al resto de los cambios. Sin hacer lío en serio, para convertir las extraordinarias islas de crecimiento, productividad e innovación de algunos sectores en continentes de masa crítica, la Argentina seguirá deambulando como un zombi en esas series que pretenden ser de terror y terminan siendo bizarras.

Enrique Szewach

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