Sábado, 29 Agosto 2020 21:00

¿Dónde está la reactivación que no se ve? - Por Alcadio Oña

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El Gobierno hace comparaciones que no siempre lo dejan bien parado con la gestión anterior. Empleo, actividad e inversión, muy afectados por la crisis.

 

Así sea antigua y trajinada, no parece una gran estrategia comparar malo con malo y querer sacar alguna ventaja de ahí. Por definición, el resultado de esa cuenta debiera ser siempre malo o, en el mejor de los supuestos, arrojar un menos malo o un menos peor; nunca un bueno. Pero en ningún caso el problema desaparecerá, ni dejará de cargar sobre las espaldas de quien ya carga.

Sin detenerse en pruritos, ese jueguito ensayó Alberto Fernández con una frase que todavía suena a provocación pura. Afirmó: "Si revisamos los primeros cinco meses de 2020, en términos laborales, producto del ATP y de todas las medidas como la prohibición de despidos y la doble indemnización, a la Argentina le fue mejor con el coronavirus que con el gobierno de Mauricio Macri".

Ya es mucho decir que algo nos fue mejor con el coronavirus, viendo cómo nos va con la pandemia y la cuarentena juntas. Y resulta decir muchísimo si, encima, semejante discurso choca de frente contra la realidad que informan los propios organismos oficiales.

Según datos del Ministerio de Trabajo, entre enero y mayo de 2020 se perdieron 440.000 empleos registrados, en blanco y protegidos por normas laborales. Suman cerca de cuatro veces más que los 112.000 que se habían caído durante el mismo período del año pasado, o sea, gobierno de Fernández versus gobierno de Macri.

Hacia fines de septiembre el INDEC difundirá la desocupación del segundo trimestre del año, pero ya existe un indicio similar a un anticipo originado en la Dirección de Estadística porteña: dice 14,7% para la Ciudad de Buenos Aires, casi 4 puntos porcentuales por arriba del primer trimestre. Un aumento grande en poquísimo tiempo y más grande todavía en la postergada Zona Sur, donde la tasa escaló del 15,9 al 21%.

El Ministerio de Trabajo también ha revelado que en los primeros cinco meses de 2020 hubo 740.000 suspensiones y aun cuando los informes no incluyen las cifras de 2019, hay sí un par de indicadores que permiten ver qué dice acá el ejercicio de la comparación. Con forma de curva, uno de ellos muestra que las suspensiones bajaban desde septiembre de 2019 hasta que, abruptamente, a partir de marzo pegaron un salto enorme. Bien directo, el otro indicador agrega que es récord histórico el número de empresas que este año apelan a una medida que recorta salarios.

Tendríamos entonces despidos y suspensiones en cantidad, pese a prohibiciones, a indemnizaciones dobles y a un paquete de subsidios millonario. Seguramente todo habría sido peor sin los recursos del Estado, pero los datos son los datos y no coinciden con el discurso oficial.

Existe sin embargo un punto donde el relato de Fernández y la información de Trabajo no chocan: en lo que va de 2020 la caída del salario real fue la mitad de la que hubo durante el mismo período del año pasado, esto es, 4% contra 9,8%.

Aquí entraríamos a la categoría de lo menos malo, solo que pasamos definitivamente a la de muy malo si al deterioro del 4% le añadimos el 17-18% anotado entre 2016 y 2019. Ahí tenemos una pérdida de ingresos reales monumental, a la cuenta de los trabajadores y con independencia de colores políticos.

Con esa búsqueda de acomodar las cosas a sus necesidades políticas que despliega todo el tiempo, el Presidente también ha dicho que la actividad industrial ya supera los niveles que registraba en marzo, el momento cuando fue lanzado el aislamiento social obligatorio. De nuevo, relato a la carta.

Es cierto que junio respecto de marzo el índice que mide la producción fabril sube 8,4%, pero después de desplomarse 33% en abril y 26% en mayo. Sube digamos desde el quinto subsuelo y si la comparación es primer semestre 2020-primer semestre 2019, el resultado marca derrape del 14,6%, o sea, la caída acumulada durante este tiempo del kirchnerismo.

Un informe del Centro de Estudios de la UIA explica y baja a tierra el rebote de junio. Lo atribuye a "una recomposición de stocks luego del freno a la actividad", a mejoras muy puntuales en la demanda y a las oportunidades para adquirir bienes durables (electrodomésticos y electrónicos) "derivadas de la brecha cambiaria". Falta agregar el impacto de las decisiones empresarias que adelantaron importaciones "baratas" cuando venía cantado que el Banco Central iba a reforzar las restricciones.

Nada definitivo, al fin. O una nube pasajera, como señala un relevamiento del Estudio Ferreres: en julio, la actividad industrial retrocedió 0,5% contra junio.

Subido con pitos y matracas al tren de las buenas ondas, aunque un poco temerariamente, el jefe de gabinete, Santiago Cafiero, acaba de sentenciar: "Argentina está empezando a repuntar en tiempo récord. Créannos, estamos en el sendero de la reconstrucción de la actividad económica". Música triunfalista a toda orquesta, salvo ese dudoso "créannos" que desentona.

¿Llamará Cafiero reconstrucción a algo de aquello que cuenta el informe de la UIA? Esto es: empresas que, enfrentadas al cepo, compran y arman stocks con bienes e insumos de producción que resulten lo más parecido al dólar y que, además, sirvan para defender sus balances y tomar posiciones ante un escenario poblado de incertidumbres. "Inflación, riesgo cambiario, estrategias defensivas clásicas", le ponen los consultores a estos comportamientos.

¿El jefe de Gabinete le dirá repunte del consumo a las compras de materiales de construcción que hoy mejoran las ventas de las empresas del sector? En realidad, eso se asemeja bastante a movimientos de ocasión, a oportunidades, a un más vale tarde que nunca, pero por ahora no da para mandarse con la palabra reactivación.

Con un derrumbe del 37,8% en el acumulado del primer semestre y 22 meses consecutivos en picada, este sector no califica para ningún repunte récord. Tampoco entra la actividad económica global, que en el acumulado del primer semestre señala un rojo del 14,6%.

¿Y qué pasa con la inversión privada real?, le preguntó Clarín a un conocido, histórico asesor de empresas.

Respuesta: "No pasa nada. O peor, sigue hundiéndose". Según sus cálculos, este año la inversión caería alrededor del 30% y así, de caída en caída, terminaría en el mínimo histórico del 14% del PBI.

"Sin hoja de ruta, con cambios permanentes en las reglas de juego, divisiones serias en la cúpula del poder y ahora la amenaza de aumentar el Impuesto a las Ganancias, cuesta encontrar quien esté dispuesto a poner plata acá", dice el consultor.

Tampoco resultan muy estimulantes tres datos tomados de una muy reciente encuesta de la UIA. Dicen que más del 30% de las empresas están atrasadas en el pago de impuestos; que a más del 20% les pasa lo mismo con los bancos y que arriba del 15% anda en mora con proveedores y empleados. Y un cuarto, que el 32% de las compañías produce con caídas mayores al 25%.

Ahora dos números bien frescos del Banco Central: entre mayo y julio, los particulares o las llamadas "personas humanas" se llevaron reservas por US$ 1.833 millones, de los cuales 740 millones partieron durante el mes pasado. ¿Anticipo de un cepo más duro?

Fin de la serie, la pimienta que hay en el sintomático acercamiento del Gobierno al Fondo Monetario. Hasta no hace mucho, el ministro de Economía hablaba de un convenio que pensaba cerrar hacia marzo de 2021, pero el propio Martín Guzmán acaba de mandarle una carta a la directora del FMI en la que le requiere, "formalmente, la iniciación de las consultas para acordar un nuevo programa".

De aquí a marzo hay siete meses. Suena a negociación demasiado larga, a menos que el pedido a Kristalina Georgieva signifique lo que parece: el intento de acelerar los pasos hacia el acuerdo.

Alcadio Oña

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