Lunes, 15 Febrero 2021 12:12

Entre la convertibilidad y el Pacto de Olivos cambió todo - Por Rubén Rabanal

Escrito por

Una reforma económica inédita, aunque luego terminó luego en otra crisis. La corrupción, su detención y una senaduría para protegerse.

A Carlos Menem no le gustaban las cumbres internacionales. Curioso y casi imposible de razonar para un hombre que había hecho de la apertura al mundo una de las columnas centrales de su programa de gobierno. En el fondo había un secreto que escondía su enorme ego: le gustaba codearse con el mundo, pero siempre y cuando no hubiera otros mandatarios cerca en competencia. La anécdota, que detonó al conocimiento público en junio de 1999 cuando Menem se cansó de codearse con 50 jefes de Estado, desde Jacques Chirac a Fidel Castro y el Rey de España, y se retiró de una cumbre en Río de Janeriro, es una muestra más de un estilo que desembarcó en la política argentina en 1989 y, para gusto o disgusto de muchos, en el país cambió todo, la sociedad, la política y la economía.

Carlos Menem encontró una argentina encarnada en un modelo de país que claramente no tenía más camino por delante que avanzar hacia un cambio. La hiperinflación que noqueó a Raúl Alfonsín y que volvió a trompear en la cara al propio Menem cuando su mandato ya estaba iniciado era una prueba clara. Raúl Alfonsín lo sabía y de hecho hubo algún intento de modernización de ese país en el que había que esperar años para conseguir un teléfono o que sufría cortes de luz sin solución. Para el líder radical el razonamiento era otro: sabía que los cambios que se venían traerían un dolor social inevitable. “No es que no supe, no quise”, le dijo Alfonsín a sus amigos tras la salida del gobierno.

Menem llegó sin atadura alguna. La toma del mando anticipado en el final turbulento del gobierno de Alfonsín lo ayudó en eso. Mientras la interna del PJ mostraba una cara confusa con Antonio Cafiero personificando la Renovación Peronista y Menem aparentemente otra vuelta más del cacicaje del interior, los hombres de empresa y el mercado sabían antes de la elección que algo distinto podía pasar. El propio Menem trajinó en privado reuniones con ellos explicándole su visión de las reformas. Muchos igual no le creyeron.

Y vino el primer gabinete del riojano de la mano del proyecto de apertura que lideraba Néstor Rapanelli de Bunge & Born. El peronismo crujía por los cuatro costados; pero como siempre sucede con el PJ el olor a poder cercano y el placer de haberlo recuperado calmaba a la tropa. Esos mismos peronistas (muchos de los que ahora lo niegan) fueron los que “bancaron” todos los planes de privatización, (escandalosos algunos, imprescindibles otros) y las reformas que vinieron.

Tras el primer fracaso económico llegó Domingo Cavallo y la fundación mediterránea. Argentina vivió algo que parecía mágico (una sensación que reemplaza el esfuerzo y que tanto daño ha hecho en la historia a este país): la estabilidad de una nueva moneda de la mano de la Ley de Convertibilidad. Y el horizonte cambio, casi inmediatamente. En ese momento quedó en evidencia una virtud de Menem que pocos presidentes exhibieron: ya fuera porque no quería prestar a algunos temas o porque sabía delegar, lo cierto es que el riojano daba juego a sus ministros. Muchos de ellos tuvieron luego un paso complicado por la Justicia, pero no puede negarse que tenían una sólida formación y que los celos que podía tenerles Menem en ese momento por lo menos eran controlables.

La inflación fue amainando y de la mano de ese efecto apareció el crédito, inclusive y después de muchos años de ausencia, los préstamos a 20 años para comprar propiedades a una tasa que de a poco de iba acomodando a la normalidad. Argentina comenzaba en eso a parecerse al mundo. Y el mundo se acercó a la Argentina con inversiones y la expectativa de la llegada de una normalidad que fue real en muchos aspectos.

Casi al mismo tiempo avanzaba un proceso de reformas que intranquilizaba a muchos y hacía festejar a otros. Se rompieron barreras político-empresariales que parecían imposibles en el país. Mientras Erman González había llevado adelante una muy interesante reforma del Estado, quizás la más ambiciosa que se haya planeado. Después vinieron otros vientos con la privatización de YPF que terminó con un modelo de cotización en Bolsas que aun hoy, aunque con control estatal, sigue vigente. Solo esa operación de venta de la petrolera le aportó, por la buena vía, fondos a muchas provincias para que sus gobernadores cimentaran sin problemas sus carreras políticas.

Detrás vino el desaguace de todo un Estado que, aunque eminentemente ineficiente, hubiera necesitado un proceso de privatizaciones no tan plagado de sospechas y certezas de corrupción. Aerolíneas Argetinas, Ferrocarriles Argentinos, acerías, rutas, todo entro en la lista. Los cruces entre dos grandes del gabinete, Cavallo por un lado y Roberto Dromi por el otro, más la visión de Menem sobre el rol de algunos de sus amigos acrecentó el temor sobre todo ese proceso.

Llegó el final del primer mandato y con eso la necesidad política de Menem de seguir otros cuatro años más. Así se iluminó lo que parecía imposible, el Pacto de Olivos, una primicia que dio este diario. Quienes habían denunciado la corrupción del gobierno menemista se sentaron a negociar una reforma constitucional que aportó nuevas instituciones, que le dio autonomía a la Ciudad de Buenos Aires (algo que Fernando de la Rúa y Mauricio Macri deben agradecerle a Menem y Alfonsín), pero que consagró también errores peligrosísimos como haber elevado al rango constitucional el uso indiscriminado que hoy tienen los decretos de necesidad y urgencia, por mencionar solo el error más conocido de esta imperfecta Carta Magna que tenemos.

Menem pasó a un segundo mandato que nunca debió haber existido porque, por lejos, ni se pudo comparar al primero. El gasto no se controló y el déficit terminó dinamitando esa estabilidad que la Convertibilidad con el dólar prometió eterna. Nueva York, Londres y Paris, nunca había sido más baratos que Buenos Aires como en esos años. Y todo terminó estallando.

En el medio quedaron luces y sombras. A las reformas y el cambio de cara imprescindible del país ante el mundo, lo acompañaron el haber sufrido los dos atentados más terribles que el terrorismo islámico infligió en Latinoamérica. De hecho, ayer la AMIA emitió un comunicado recordando el escándalo que implica el que aún no tenga Justicia la muerte de todos esos argentinos. Vino también el tráfico de armas a Ecuador y Croacia: al primero se le vendió armamento cuando enfrentaba a Perú, el país que más apoyó a la Argentina en su gesta de Malvinas, Al segundo cuando el país integraba fuerzas de paz específicamente allí para frenar la barbarie de la guerra que vino tras la división de Yugoslavia.

Un ejemplo del blanco y negro que representó ese riojano, el mismo al que se acusó de prohijar militares firmando escandalosos indultos a los genocidas de las Juntas presos y también a unos pocos condenados por terrorismo, cuando disponía también el fin del servicio militar obligatorio.

Rubén Rabanal

Top
We use cookies to improve our website. By continuing to use this website, you are giving consent to cookies being used. More details…