Martes, 06 Abril 2021 12:53

La economía no está en condiciones de soportar otra cuarentena, por más leve que sea - Por Roberto Cachanosky

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Los índices de actividad están lejos de reflejar una mejora significativa mes a mes, y se mantiene muy heterogénea 

Ante el aumento de los contagios o lo que se llama segunda ola de covid-19, nuevamente empiezan a analizar en el Gobierno restricciones en ciertas actividades económicas y de traslado para evitar que colapsen los hospitales. En estos casos nunca se sabe si la preocupación oficial es la salud de la gente o que salga en los medios que los establecimientos de atención están colapsados. 

Lo cierto es que si se llega a este límite es por la pésima campaña de vacunación que encaró el Gobierno. De tener una vacuna que iba a inmunizar a la gente, pasamos a tener una vacuna que disminuye los efectos del covid-19. Es decir, el Poder Ejecutivo y algunos médicos “expertos” decidieron cambiarle el significado al verbo inmunizar como lo define la Real Academia Española luego de que el Presidente se vacunara y se contagiara el virus.

La pregunta es: ¿puede la economía soportar otra cuarentena, aunque sea leve? La realidad es que la economía argentina está estancada desde 2011, es decir, lleva 10 años de estancamiento económico y, encima, está por cumplir el tercer año consecutivo en recesión. La última crisis comenzó en abril de 2018 y ya se ingresó en abril de 2021 con una economía que no termina de recuperar los puestos de trabajo perdidos, en particular en los sectores marginales y cuentapropistas.

Es más, si se observa el último dato del Estimador Mensual de la Actividad económica, en su versión desestacionalizada, se verifica que todavía no se alcanzó el nivel de febrero de 2020 que es el mes anterior a la cuarentena que decretó el Aislamiento Social Preventivo y Obligatorio (ASPO), primero, y el Dispo después.

Es decir, a pesar de la flexibilización que tuvo la cuarentena en los meses posteriores a la parte más feroz que fueron los primeros meses de 2020, en particular abril, luego fue mejorando, pero todavía no llega a los niveles precuarentena y encima ni siquiera logró recuperar los puestos de trabajo perdidos por la cuarentena y tampoco la cantidad de empresas que cerraron a causa de las medidas restrictivas, por ser decretadas “no esenciales”.

De acuerdo con datos de la AFIP, las empresas que presentaron liquidaciones de salarios ante el Sistema Integrado Previsional Argentino (SIPA) disminuyeron en 20.000 entre febrero de 2020 y diciembre; y registraron 165.000 puestos de trabajo en el sector formal que no se recuperaron.

Los datos de pobreza que informó el Indec la semana pasada revelaron que en la Argentina hay 19 millones de personas por debajo de la línea de pobreza y 4,4 millones de personas que son indigentes, es decir, que no cuentan con los ingresos suficientes para poder alimentarse adecuadamente para no desnutrirse.

A eso hay que agregarle que 57,7% de los chicos hasta 14 años son pobres y encima casi no tienen clases. Y la mayoría de los niños vieron crecer a sus padres sin trabajar viviendo de planes sociales, con lo cual eso es lo que aprendieron y, como corolario, los mantienen en la ignorancia porque no los habilitan para ir a la escuela.

Pobres paliativos

En septiembre de 2019 se votó la Ley de Emergencia Alimentaria con legisladores que, muy compungidos mientras gastaban fortunas en el Congreso, llevaron el presupuesto de asistencia alimentaria a $21.000 millones. Para este año solo la Tarjeta Alimentaria tiene previsto asignar casi $94.000 millones, casi 4,5 veces más que en 2019 cuando los medios hablaban de la gente durmiendo en la calle y abrían los clubes de futbol sus puertas para darles un plato caliente de comida y un lugar donde dormir. Dos años después se ve más gente durmiendo en la calle, la crisis alimentaria es mucho más grave y la pobreza está en niveles insospechados.

¿Puede un país destruido económicamente darse el lujo de frenar la actividad económica con otra cuarentena? Otro frenazo implicaría caída en la recaudación impositiva, más gasto público para cubrir los planes de Asistencia de Emergencia al Trabajo y la Producción (ATP), y algún otro plan social.

Eso implicaría aumentar el déficit fiscal, financiarlo con emisión monetaria como ocurrió el año pasado, pero partiendo de un piso de inflación del 4% mensual que promedió en el primer trimestre 2021 y seguir disparando el endeudamiento del BCRA que ya supera los $3,2 billones en Leliq y Pases.

Por otro lado, se sabe que los nuevos pobres son en su mayoría sectores de clase media baja que se encontraron de golpe con cero ingresos. El dueño de un quiosco se quedó sin ventas, el mozo del restaurante o del bar dejó de percibir su principal recurso que es la propina, el señor que tiene su pequeño local en el aeropuerto no vende nada, en su momento el taxista o el remisero pasaron a tener cero clientes y así se puede seguir con los ejemplos.

Último recurso

Como reveló el informe que presentó ayer el Indec sobre el impacto del covid-19 en el Gran Buenos Aires, la gente tuvo que recurrir a sus ahorros para sobrevivir, vendió algunas de sus pertenencias para subsistir y otras se endeudaron.

Ni la macroeconomía está en condiciones de sobrevivir a una nueva cuarentena, por más leve que sea, ni la microeconomía de muchas familias puede soportarla.

Tantas décadas de mala praxis económica, repleta de populismo redistribucionista que ahuyenta las inversiones productivas, han dejado la economía exhausta, una desocupación del 11% sin contar el desempleo encubierto en empleo público a puro ñoqui, ni la caída de la oferta laboral y los inactivos considerados como “ocupados”, y consecuentemente un nuevo pico de pobreza e indigencia.

Ya buena parte de la población trabaja desde su casa. Basta caminar el microcentro para advertir el desierto en que quedó. Los dueños de locales dejaron de percibir ingresos porque sus inquilinos ya no pueden pagar alquileres.

Se entiende que a muchos funcionarios públicos les cueste entender este problema de tener que generar ingresos porque sus vidas han transitado por el Estado y desconocen lo que es ganarse el favor del consumidor. Solo esperan a que la AFIP cobre impuestos a los que producen para transferírselos a ellos. Pero la realidad es que la naranja se quedó sin jugo y ya no queda más para exprimir. Establecer nuevas restricciones a la actividad económica puede tener derivaciones inesperadas en una población agotada de tanta decadencia.

Roberto Cachanosky

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