Miércoles, 23 Junio 2021 13:09

Esta vez no habrá una salida rápida y mucho menos fácil - Por Rodrigo Álvarez

Escrito por Rodrigo Álvarez

Las sucesivas crisis cambiarias y la pandemia derivaron en una brutal contracción de la economía argentina. El PBI pasó de casi u$s 650.000 millones en 2017 a u$s 380.000 millones el año pasado, un desplome de casi 40% en sólo 3 años. En otros episodios de la zaga vernácula, a la retracción le sucedieron salidas rápidas como la dinámica post estallido de la convertibilidad. Esta vez será distinto; habrá que convivir con una lenta recuperación. Una economía que carretea pero que no despega. Las oportunidades no llegarán por la apuesta al conjunto sino por el contrario serán unos pocos sectores los que presenten elevado dinamismo.

La economía funcionará bastante tiempo a una escala mucho menor a la observada en años anteriores. El ajuste del mercado reduce los requerimientos de empleo e insumos por la menor demanda, mientras que el stock de capital sigue siendo el mismo. El desacople genera costos que reducen la competitividad en una estructura económica muy poco flexible para gestionar el achique. Tal es así que entre 2018 y marzo de este año se destruyeron 45.500 empresas (21.500 desde la pandemia), de las cuales 80% son Pymes de hasta 5 trabajadores. La nueva escala no admite espacio para todos: en un mercado mucho más pequeño y estancado sobreviven sólo aquellas empresas que se pueden adaptar, las que ya tienen entrenamiento en las crisis y las que saben y pueden ajustar el cinturón.

La flexibilidad se vuelve especialmente relevante en tiempos escasez, cuando se potencian las demandas sociales y el Estado tiene poco margen para ajustar porque 60% del gasto es social. La nueva ley de movilidad jubilatoria genera algo más de sustentabilidad fiscal, porque ata la suerte de las jubilaciones al salario y a la recaudación, pero lo poco que tracciona demanda es el consumo y la mejora en el ingreso disponible del esquema de subsidios, que se lleva otro 10% del gasto total. Es por ello que tanto el sector privado como el sector público tienen que hacer un esfuerzo para adaptarse al nuevo mercado. Precisamente, desde la irrupción de la pandemia uno de mis preocupaciones ha sido la gestión del downsizing y las dificultades del sector público para distribuir equitativamente los costos del ajuste.

¿Por qué no hay espacio para una recuperación rápida, incluso pensando más allá de la pandemia? La Argentina encuentra restricciones severas, principalmente asociadas a la disponibilidad de divisas. La salida exportadora de productos no agropecuarios no ocurre de la noche a la mañana y menos en este contexto. Al no haber crédito externo, todo el excedente de dólares debe incrementar las reservas para atender los compromisos externos. ¿Qué pasará entonces cuando desaparezca el viento de cola, una economía menos deprimida demande más importaciones y haya que empezar a pagar la deuda? La experiencia internacional muestra que sin crédito externo el proceso de recuperación es lento.

El apoyo externo y la capacidad de seducción a la inversión no sólo está condicionada por la macro sino también por la mirada sobre el gobierno. La coalición oficial todavía no genera un anclaje de expectativas y báscula entre la visión de una tecnocracia que aspira a imponer una agenda de centro y un ala política que no innova. Esta parálisis deja poco espacio para el optimismo en el corto plazo. Es cierto que toda la región enfrenta gran incertidumbre política en el corto plazo, pero con fundamentals macro mucho más estables.

El entorno poco competitivo también actúa como lastre de la inversión. A la falta de crédito se suma la presión impositiva elevada, un mercado mucho más pequeño y escaso margen de maniobra para políticas de estímulo. Es el problema de la sábana corta: las demandas sociales exigen gasto, la inversión pública está en mínimos históricos y habrá que mejorar el equilibrio en las cuentas públicas. Se le suman sectores con convenios laborales muy rígidos, que no permiten una rápida adaptación en un contexto volátil, lo que deriva en una mudanza lenta, pero firme del empleo formal hacia el informal, cuando no a la lisa y llana destrucción de puestos de trabajo.

Son demasiados frentes abiertos como para esperar el rebote amplio y bien distribuido. Crecer empujando el consumo no es posible por las limitaciones asociadas la pérdida de competitividad real de muchos sectores que no pueden incrementar el salario en línea con la inflación, por la escasa generación de empleo y porque el mercado interno también requiere divisas, el cuello de botella de siempre.

Mirando hacia delante hay margen para ser constructivos poniendo el foco en sectores clave, menos permeables a las condiciones locales de inestabilidad. En general son aquellos que se mantienen competitivos por las ventajas que otorgan ciertos recursos naturales entre los que se destacan el gas y petróleo, el agro, la minería y el talento argentino.

Por caso, el aprovechamiento de los recursos no convencionales permitiría la transición desde un país importador a uno exportador de energía, morigerando la restricción externa. Lógicamente se requiere de un nuevo marco regulatorio que le otorgue previsibilidad a la inversión en el corto, mediano y largo plazo.

En este sentido es clave que la nueva Ley de Hidrocarburos, que todavía no fue presentada en el Congreso Nacional, se adapte a las necesidades que plantea la producción no convencional. Un fuerte impulso a la actividad es posible a través de un nuevo marco regulatorio que otorgue certezas en la definición de los precios de los productos energéticos y genere la confianza necesaria para expandir sustantivamente los niveles de inversión. A diferencia de otros vectores de crecimiento, en este frente la Argentina ya cuenta con la infraestructura requerida para lograr un salto en las exportaciones de petróleo en el corto plazo.

Si bien el agro puede ofrecer materia prima a costo competitivos por la naturaleza de la pampa húmeda, el desafío es orientar esa productividad agregando valor. La agroindustria cumple un rol fundamental porque permite exportar y a la vez sumar empleo al círculo virtuoso.

La tecnología, como los servicios digitales, orientada a la exportación potenciada por el talento de los recursos humanos argentinos tiene un punto de partida con costos muy competitivos. El salario medido en dólares es el más bajo desde 2010, luego de haber caído 46% desde el máximo 2015, y los costos asociados a la logística (transporte, por ejemplo) no son un impedimento.

Además de apostar por el espíritu emprendedor privado es necesario que el Estado también juegue, ofreciendo estímulos a la medida. Sea a través de incentivos fiscales o generando un marco normativo inteligente que permita el desarrollo y que a la vez potencie al derrame hacia el resto de la sociedad. Avanzar en una nueva Ley de Hidrocarburos para el sector de energía es un buen ejemplo de algunas políticas activas. También lo es la coordinación con el Consejo Agroindustrial para la implementación de regímenes especiales de importación de bienes de capital y la simplificación tributaria provincial, el flamante blanqueo para la construcción, la movilidad sustentable y la integración de autopartes para potenciar la industria automotriz. Pese a que hay avances, es necesario mayor celeridad para que el Estado contribuya al despegue de los que están más próximos a reaccionar. Lógicamente, sin descuidar el resto de las actividades que enfrentan mayores dificultades.

Es el tiempo de hacer foco en la competitividad natural de algunos sectores para apuntalar la recuperación. Esta vez no habrá una salida rápida y mucho menos fácil, lo que se traduce en mucha complejidad ante la falta del gran ordenador que es el crecimiento vigoroso y generalizado.

Rodrigo Álvarez

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