Domingo, 15 Agosto 2021 11:18

“Cultura” y “bolsillos” rumbo a las elecciones de medio término - Por Enrique Szewach

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Nos encaminamos a unos comicios en donde se juegan las condiciones institucionales de largo plazo, pero se vota pensando en las necesidades económicas inmediatas

Arranco con una cita de mi admirado Marx (Groucho): “Bienaventurados los sedientos de cultura, porque es señal que ya comieron”.

Los argentinos nos encaminamos a votar en las PASO y luego en las elecciones de medio término. Para muchos de nosotros está en juego algo más que el control del Congreso o, mejor dicho, el control del Congreso por parte del actual oficialismo (el único con chances de obtener mayorías propias). Está en juego la “cultura”, cuya prolongación y consolidación determinará cuánta “comida” habrá en los próximos años. Cultura, en este caso, definida como condiciones institucionales, en sentido amplio.

Lo pongo de otra manera, aquí, como en casi todos los países con elecciones libres, se vota con el bolsillo: “Es la economía, estúpido” no fue sólo el marco de la campaña presidencial de Bill Clinton, sino de la mayoría de las campañas electorales. Pero sucede que los populistas, los autoritarios, los que desprecian los límites institucionales de la democracia, se encargaron de “vender” que no había ninguna relación de largo plazo entre instituciones y bolsillo. Y ese pensamiento no sólo permeó en los hambrientos, sino también en aquellos supuestamente mejor pertrechados para entender que esa falta de relación es falsa. Recuerdo el caso de un conocido empresario argentino que manifestó suelto de cuerpo, en el 2011, que había votado a Cristina Fernández porque “nunca había ganado tanta plata” y que pocos años después, lamentablemente quebrado, tuvo que entregar la mayoría accionaria de su empresa a sus acreedores.

Lo cierto es que, como mencionaba, nos encaminamos a otra elección en donde se juega la cultura de largo plazo, pero se vota con el bolsillo. Es por ello, que el Gobierno se está encargando de poner plata en el bolsillo de la gente, en estos meses.

En este contexto, surgen varios interrogantes. Algunos propios de la situación económica en sí misma y otros de la particular coyuntura sanitaria que la pandemia y sus consecuencias han impuesto sobre la sociedad argentina.

Empiezo por la cuestión sanitaria. En esta oportunidad, la “cultura” no es algo abstracto para los votantes. En la calidad (o falta de) de las instituciones, estuvo y está en juego la vida propia y la de seres queridos. En las vacunas (o falta de, como expliqué largamente desde esta columna la semana pasada), se esconde una gestión ineficiente y extremadamente ideologizada. En los vacunatorios VIP, y en la desigualdad ante la ley, se percibe mucho más claramente cómo la “cultura” ha generado más muertos que los que hubiéramos tenido que lamentar con otras políticas públicas. Se puede hilvanar un discurso anti privado, con falacias, para justificar la inflación, o la falta de inversión o la falta de empleo o de buenos salarios. Pero resulta imposible culpar a los privados de los enfermos y los muertos, habiendo monopolizado, desde el Estado, el manejo de la pandemia y sus consecuencias (incluyendo los confinamientos y las prohibiciones de circular). En este caso queda expuesto muy claramente el fracaso del estatismo y la abundancia de privilegios autocráticos.

En qué medida esta situación inédita modifica la ponderación entre “cultura” y “hambre” lo ignoro, pero tampoco puedo descartar que, aunque sea marginalmente, haya algún cambio.

Pasando ahora a la economía propiamente dicha, las preguntas claves son cuánto mejorará el bolsillo en estos próximos meses, y cuánto de esa mejora será percibida como duradera.

Acá también estamos frente a un escenario inédito. Como ya le conté, el problema no son los pesos sino los dólares. Poner en el bolsillo de la gente, papelitos que se desintegran a un ritmo del 50% anual implica, al final del día, alentar la demanda de dólares. Porque es probable que la gente con inseguridad alimentaria demande más alimentos y que los que tengan otro poder de compra, demanden electrodomésticos o autos o realicen alguna mejora en la casa. Pero los que venden alimentos, o autos, o electrodomésticos, querrán cambiar los papelitos que reciban por dólares para reponer stocks o para ahorrar sus utilidades. Y esto se vincula con la segunda pregunta, dado que las distorsiones en los precios relativos (precio del dólar oficial creciendo muy por debajo de la inflación, tarifas cuasi congeladas, licuación inflacionaria del gasto público), la necesidad de un acuerdo con el FMI, y la poca probabilidad de ganar otro loto con la soja, hace percibir que cualquier mejora presente, no resulta sostenible “el día después” sin un verdadero cambio de régimen.

Cambio en la “cultura” que, con alta probabilidad, no estará, al menos en el corto plazo, disponible. Y sin un cambio en la cultura, los bolsillos que mejoran hoy empeorarán mañana. Pero si esta expectativa de empeoramiento futuro se descuenta en el presente, el consumo crecerá menos de lo esperado por el oficialismo y la presión sobre la brecha, y por lo tanto sobre la tasa de inflación, obligará a limitar cada vez más la disponibilidad de dólares.

En síntesis, vamos camino a una elección a la que los sedientos de cultura irán angustiados, mientras ignoramos cuánto mejorará realmente el bolsillo de los que siguen hambrientos.

Cómo se traduce ese escenario relativamente novedoso en el resultado electoral es tema para politólogos, yo soy, apenas, un economista.

Enrique Szewach

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