Domingo, 19 Septiembre 2021 09:14

Cincuenta y seis días para enamorar al votante y cuatro meses para enamorar al FMI - Por Enrique Szewach

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Cualquiera fuera el resultado de la elección en noviembre, para evitar un descontrol macroeconómico el Gobierno deberá aceptar un acuerdo con el Fondo

La vicepresidenta Cristina Fernández dedicó toda la semana a dejar en claro que ella no es la madre de la derrota electoral del domingo pasado, y que si no pudo garantizarle a sus socios de la coalición que no coaliciona, el piso de votos que aportaba habitualmente al oficialismo fue, básicamente, por una combinación del ajuste fiscal que recayó sobre sus votantes y por la poca eficiencia de los funcionarios que no funcionan.

Con ese diagnóstico, la “solución” que proponía es la que finalmente se impuso, “desajuste fiscal” para los próximos cincuenta y seis días y cambio de gabinete para incorporar funcionarios que funcionen.

En otras palabras, es cierto que ella no pudo hacer el “delivery” de votantes necesario en la Provincia de Buenos Aires, para darle el triunfo al oficialismo y eventualmente compensar los votos que se perdieron en otras regiones del país. Pero el padre de esa pobre perfomance es el gobierno de Alberto Fernández que no puso el dinero requerido en el bolsillo de la gente, mientras sus ministros no trabajaban en el resto de las áreas.

Por supuesto que los argumentos esgrimidos por la Vicepresidenta se pueden refutar. Se podría argumentar que el Gobierno puso dinero en el bolsillo de la gente, pero después se lo sacó con un impuesto inflacionario superior al 50% anual, y que la magnitud de semejante impuesto es la consecuencia de la mala praxis económica que incluyó la emisión sin control del segundo y tercer trimestre del año pasado, la falta de un acuerdo estabilizador de expectativas con el FMI, y una errática política cambiaria, con idas y vueltas en cepos y recontra cepos. También podría incorporarse al análisis el hecho de que los confinamientos eternos del año pasado, destinados a combatir la pandemia del COVID 19, dejaron con magros o nulos ingresos a la mayoría de los trabajadores informales que se desempeñan en la presencialidad. Y, obviamente, no puede omitirse la política sanitaria. En particular, la falta de vacunas suficientes, producto también de la miopía del gobierno que concentró sus provisiones de inmunizantes en países con incapacidad de armar la cadena de valor global que se requiere para un abastecimiento adecuado en tiempo y forma.

A esto hay que agregarle la nueva pelea con el campo, en particular en las provincias ganaderas, y los escándalos varios en torno a vacunatorios VIP y festejos de cumpleaños.

La decisión del voto es individual y cada votante habrá tomado su decisión en base a sus propias convicciones, pero dado el inventario anterior, resulta extremadamente simplista imputarle sólo al “ajuste” la derrota electoral.

De todas maneras, el diagnóstico consensuado en el oficialismo es el ya explicitado y los cambios en el gabinete y las medidas que se anunciarán estarán en línea con ese razonamiento.

Con todo respeto, no creo que los cambios en el gabinete modifiquen en algo el resultado electoral de noviembre, a menos que los nuevos funcionarios tengan mucho más parientes y amigos que los salientes, de manera que voy a concentrarme en los aspectos vinculados con el aumento del gasto público y en las potenciales medidas para poner plata en el bolsillo de la gente.

En rigor de verdad, este aumento del gasto ya estaba previsto en el presupuesto anual. Pero falló el “timming”. El Gobierno confió en que sin la ayuda fiscal ganaba, aunque fuera por un voto, la provincia de Buenos Aires y perdía por poquito en el total país. Después, inyectando unos 400-500 mil millones de pesos en los tiempos post PASO lograba acelerar y ganar la elección general.

Pero, como decía al comienzo de esta nota, el kirchnerismo de la provincia de Buenos Aires fracasó, aunque no lo reconozca, y ahora habrá que inyectar un poco más de pesos para intentar revertir el resultado (serán 600-700 mil millones, quizás). Cuánto de este dinero terminará presionando sobre la brecha cambiaria y sobre las reservas del Banco Central, no lo sé. Cuánto sobre la inflación y cuánto sobre el consumo, tampoco. Pero es probable que en el “neto”, en estos cincuenta y seis días, algo quede en el bolsillo de la gente. El interrogante mayor es si esos bolsillos que se engrosarán en algo son los bolsillos de aquéllos que no fueron a votar, o votaron por alguna variante de oposición el domingo pasado o sí, por el contrario, corresponden a votantes que ya votaron al oficialismo. Puesto en términos cínicamente electorales, el problema para los socios de la coalición que no coaliciona podría ser que mucho de ese dinero fuera a parar a quienes ya la votaron, con poco efecto sobre los otros. Pero esa es la apuesta, no tienen otra.

Y esto me lleva al post 14 de noviembre.

Recuérdese que, en total, sumando el déficit estacional de diciembre, el Banco Central deberá emitir más de 1,5 billones de pesos hasta fin de año y luego colocar deuda, engrosando la pelota de Leliqs. Es decir, el 2022 “hereda” un contexto macro monetario peor que el actual y el Presupuesto 2022 (tema para otra nota), no modifica mucho este escenario.

Por lo tanto, cualquiera fuera el resultado de la elección, para evitar un descontrol nominal terminal, el oficialismo deberá aceptar un acuerdo con el FMI.

Pero una cosa es querer o necesitar acordar y otra cosa son los términos del acuerdo. Una cosa es negociar ante el Fondo sin programa y sin poder, y otra, muy distinta, es tener un programa y tener la firma.

En síntesis, el Gobierno emitirá pesos para poner en el bolsillo de la gente, y buscará comprar los votos que le fueron esquivos el 12 de septiembre, esperando que las consecuencias de cortísimo plazo sobre la brecha cambiaria y la tasa de inflación sean mínimas.

Pero más allá de las consecuencias de muy corto plazo, está claro que el desorden macro generado en estos dos años se ampliará.

Y su corrección no sólo dependerá del resultado de la elección en materia política, sino de la capacidad de convertir el no-programa que caracterizó a la primera mitad del mandato del presidente Fernández en un programa coherente y creíble en materia fiscal, monetaria y cambiaria, en donde el acuerdo con el Fondo no será un tema menor. 

Enrique Szewach

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