Miércoles, 09 Marzo 2022 11:14

El mito de que bajar el gasto público es recesivo - Por Roberto Cachanosky

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Se ha establecido la fábula de que equilibrar las cuentas fiscales equivale a un ajuste salvaje. Y, por el contrario, se insiste con que aumentarlo impulsa el crecimiento 

Un sector de la política argentina ha instalado la idea de que $100 gastados por el burócrata de turno tiene un efecto multiplicador de riqueza al estilo de la multiplicación de los panes y los peces. Creen que si Pedro gasta $100 la economía no crece, pero si los gasta don Burócrata es como si fueran $150. Mágicamente, por el solo hecho de cambiar el ejecutor privado por uno del sector público crece la economía. La realidad es que los $100 que gasta don Burócrata los deja de gastar Pedro por la mayor cantidad de impuestos que debe pagar para financiar esa transferencia de recursos. 

Pedro se iba a comprar una camisa con sus $100 y ahora deja de comprarla, con lo cual cae la demanda del producto, su actividad, y también de los puestos de trabajo. Ahora, si don Burócrata gasta los $100 en construir en un canal de televisión estatal, crece la demanda de equipamiento para estudios de TV, empleo en ese sector y expansión de todo lo ligado a ese rubro.

El aumento del gasto público es solo un cambio en la asignación de los escasos recursos productivos. En lugar de producir camisas, que es lo que demanda la gente, se producen programas de televisión que nadie quiere ver. Se produce lo que quiere el burócrata, no que lo que la gente necesita, con lo cual hay una pésima asignación de recursos que no genera riqueza.

En definitiva, terminan beneficiados los que viven de la televisión estatal y perjudicados los que trabajan en la industria de las camisas. Es un juego de suma cero. Pero en el ejemplo anterior se supone que solo se financia el aumento del gasto público con impuestos, cuando en realidad hay diferentes formas de financiar el gasto público.

Formas de financiamiento del Estado

A saber: impuestos; crédito interno; crédito externo; emisión monetaria, y confiscando activos.

Cuando se financia el gasto con impuestos debe tenerse presente el nivel de la presión impositiva, porque cuando crece sostenidamente aumenta el estímulo por trabajar en el mercado informal evadiendo la carga tributaria y se desestimula la inversión, por lo tanto, afecta el crecimiento de la economía en su conjunto.

Cuando se financia con crédito interno el Estado desplaza al sector privado del mercado crediticio, haciendo subir la tasa de interés y frena la inversión y los préstamos para el consumo.

Si se toma deuda externa para financiar el gasto público, es el único caso en que puede aumentar la actividad interna sin afectar en el corto plazo la demanda del sector privado.

Se puede gastar en el canal de televisión estatal usando ahorro de los japoneses y no necesita, en el corto plazo, cobrar más impuestos. Pero sí tendrá que cobrar más impuestos cuando haya que pagar los intereses de ese crédito, suponiendo que se renueva el capital; o bien tendrá que tomar más deuda, con lo que acumularía una bola de nieve imparable que en algún momento se transformará en un alud. Algo que se ha visto varias veces en Argentina, tanto en el caso de la deuda externa como interna.

Al respecto cabe recordar los depósitos indisponibles en los años 80 con el gobierno de Raúl Alfonsín cuando el stock de deuda del BCRA, algo parecido a las actuales Leliq, devengaban tal cantidad de intereses que llegaron a superar el gasto mensual de la Tesorería. Obviamente eso terminó en la hiperinflación.

Otro mecanismo de financiamiento del gasto público es la emisión monetaria por parte del Banco Central, instrumento utilizado intensamente en el país gobierno tras gobierno al punto de destruir 5 signos monetarios y actualmente no tener moneda en el estricto sentido de la palabra.

Al margen que a uno le guste o no le guste hacer política monetaria, lo concreto es que para poder hacer política monetaria primero hay que tener moneda y Argentina no tiene moneda porque el peso no es reserva de valor. Es solo un instrumento de intercambio indirecto que sirve para operaciones de muy corto plazo.

Finalmente, el Estado puede recurrir al camino menos deseado de las confiscaciones de activos, generalmente líquidos, para financiar el gasto. Lo hizo con los depósitos en el sistema financiero en 3 oportunidades: 1) plan Bonex en 1989, 2) pesificación asimétrica entre depósitos y créditos en dólares en 2002; y 3) los ahorros que muchos trabajadores habían acumulado en las AFJP hasta en 2008, cuando se dispuso el fin del sistema de capitalización previsional.

En definitiva, han atacado tanto el ahorro de los argentinos para financiar el gasto público que el mercado de capitales en Argentina quedó reducido a la mínima expresión por falta de seguridad jurídica. La gente opta por llevar sus ahorros al exterior, lejos de las garras de los políticos argentinos que suelen ser confiscadores seriales.

Considerando que solo en el corto plazo puede aumentarse el gasto público sin afectar al resto de los sectores si se utiliza ahorro externo, es claro que resulta absolutamente falso que una baja del gasto público vaya a generar recesión o, dicho de otra manera, que bajar el gasto público sea recesivo.

Aun con déficit fiscal, de alguna manera hay que financiar ese gasto: 1) emitiendo y cobrando el impuesto inflacionario, 2) tomando más deuda externa o 3) tomando más deuda interna.

En el caso argentino, dado que el país no tiene acceso al mercado financiero internacional, las opciones son emitir, aumentar impuestos o tomar más deuda interna. En cualquier caso, se afecta el poder de compra de los que pagan el financiamiento del déficit, con lo cual se contrae más la actividad que genera bienes y servicios que demanda la sociedad y se expande el gasto en bienes y servicios que la gente no demanda.

Es falso que el aumento del gasto público genere mágicamente más actividad económica, solo produce un cambio en la asignación de recursos en que unos sectores salen beneficiados a costa de otros sectores, pero los beneficiados no brindan ningún bien o servicio que la gente demande, o que lo demande a ese precio y calidad, sino votos y poder a la dirigencia política. Por el contrario, produce un deterioro en el nivel de productividad de la economía con caída del ingreso real y empobrecimiento progresivo.

De ahí que llegará un momento en que alguien tendrá que ponerse en serio a bajar el exceso del gasto público, o la economía seguirá languideciendo con cada vez menos sectores productivos sosteniendo el tamaño del Estado.

No voy a expoliar la Rebelión de Atlas, pero a los que se niegan a bajar el gasto público por razones de que generará recesión les sugiero que lean ese libro para ver lo que les espera si no ponen manos a la obra de inmediato y dejan de fantasear con que el gasto público tiene propiedades mágicas de crecimiento económico.

Roberto Cachanosky

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