Lunes, 02 Marzo 2020 21:00

Los planes sociales agravan la pobreza - Por Roberto Cachanosky

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La política de asistencia fiscal sin contraprestación laboral se ha convertido en un obstáculo para la superación de un flagelo que ya adquiere el carácter de estructural

 

Si hay algo que este sistema de democracia ilimitada, como la denominaba Friedrich Hayek, no ha logrado desde que se volvió a votar en democracia en la Argentina, es quebrar la pobreza. Por el contrario, la tendencia es a aumentarla y a consolidarla, agravando algunos aspectos que hacen a la viabilidad del un país, con algunas chances de progresar.

En la Argentina se ha instalado la cultura de la dádiva y mucha gente se ha acostumbrado a vivir del trabajo ajeno, considerando esa forma de vida como un derecho adquirido. Hay gente que se siente con derecho a no trabajar y a que otros los mantengan. Y ya van generaciones que crecen viendo a sus padres sin trabajar viviendo de planes sociales, con lo cual toman como algo normal que otro los tenga que mantener.


Si bien es complicado armar una serie histórica de la pobreza en Argentina dado que en una época el indicador no se publicaba en forma sistemática porque se consideraba “estigmatizante”, durante el segundo gobierno de Cristina Fernández de Kirchner; y, finalmente, también fue cambiando la metodología de medición, lo cierto es que, juntando los datos disponibles con son más consistentes, la tendencia es al alza, más allá de los picos inflacionarios de 1989 y del salto inflacionario de principios de 2002, cuando la pobreza alcanzó niveles del 54% de la población.

Estos problemas de pobreza fueron encarados con crecientes planes sociales de todo tipo. Desde AUH, pasando por pensiones no contributivas que incluye a la aparición de más de 1 millón de inválidos más sin que hubiese una guerra, un terremoto o un tsunami y ahora la tarjeta alimentaria para llegar a la tarjeta alimentaria actual.

Respecto al tema de la crisis alimentaria, el dato que mejor puede acercarse a una estadística seria es la de indigencia, mide a la cantidad de familias que no tiene ingresos suficientes para comprar una canasta básica para su grupo familiar.

Sobre este dato, se escucha en algunos medios comentarios de todo tipo sin comparar estadísticas que permitan tener una dimensión de la situación. Por ejemplo, en la crisis del 2002 la indigencia golpeaba al 27,5% de la población urbana. El último dato del Indec marca un 7,7% de población urbana indigente.

El presupuesto destinado a emergencia alimentaria fue, en 2002, de $13.000 millones a precios de hoy. Llama la atención que, ahora, el Gobierno destine $70.000 millones en tarjetas alimentarias para una indigencia que es menos del 30% de la que había en 2002, es decir 5 veces más recursos a valores constantes.

Pero volviendo al punto inicial: ¿más planes sociales resuelven el problema de la pobreza o lo agravan?


De acuerdo a los datos del Observatorio de la Deuda Social de la UCA, en 2019 el 33,4% de los hogares recibía algún plan social. Puede observarse que entre 2010 y 2015 el gobierno kirchnerista pasó de darle planes sociales del 24,4% de los hogares al 30,8%, es decir, 6,4 puntos porcentuales más. Cambiemos aumento ese porcentaje 2,6 puntos porcentuales. En total, se pasó de entregarle planes sociales al 24,4% de los hogares en 2010 al 33,4%. 9 puntos porcentuales más y a pesar de ello más pobreza.

Si se toman los datos por población, se verá que en 2019 el 44% de la población recibía algún plan social. ¡Estamos hablando de 21 millones de personas!


O sea, casi 11 puntos porcentuales más de la población reciben planes sociales. Con estas políticas que no tienen límites en el tiempo y no se exige ninguna contraprestación laboral seria a cambio, es lógico que se estimule el no trabajar y el pretender vivir del trabajo ajeno.

Al mismo tiempo, las políticas económicas con fuerte redistribución del ingreso y abundante burocracia generan todos los estímulos posibles para que la gente no produzca o bien tenga bajos grados de productividad, y en muchos casos se crean puestos de trabajo en el estado en oficinas que entorpecen el trabajo del sector privado quitándole productividad.


Si al crecimiento de los planes sociales que muestran los gráficos anteriores se le suma el aumento del empleo público en las provincias, que entre 2003 y 2017 creció, en promedio, el 70%, tenemos que el 46% de la población recibe plata de 12 millones de personas que trabajan en blanco. Esto y pavimentar el camino a la pobreza es exactamente lo mismo.

Con semejante peso del Estado sobre el sector productivo, las inversiones seguirán brillando por su ausencia. No hay manera de atraer inversiones con la carga tributaria que exige semejante cantidad de gente recibiendo plata del contribuyente, y menos con la maraña de regulaciones actuales, legislación laboral e intrincado sistema tributario.

Es definitivamente falso que este “asistencialismo” basado en planes sociales esté paliando la pobreza. Claramente la aumenta porque crea las condiciones para que la cultura de la dádiva prevalezca sobre la cultura del trabajo.

Este asistencialismo, no solo genera más pobreza, sino que va creando una perversa cultura por la cual hay gente que se siente con derecho a ser mantenida por un reducido grupo de personas que todas las mañanas se levanta para ir a trabajar, haga frío, calor, llueva, haya piquetes o paro de transporte.

En síntesis, queda claro que esta maraña de planes sociales y empleo público no son el camino indicado para terminar con la pobreza, por el contrario, condena a la Argentina a ser cada vez más pobre y, tal vez, hasta un estado fallido si seguidos por este camino.

Lejos están los planes sociales de ser la solución al problema de la pobreza, por el contrario, la agravan.

Roberto Cachanosky

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