Miércoles, 21 Julio 2021 11:10

La rebelión de los nietos - Por Pascual Albanese

Escrito por Pascual Albanese

Lenin decía que “una chispa puede encender la pradera”. Los comunistas cubanos debieron recordar aquella enseñanza de su ilustre maestro al verificar cómo un incidente menor ocurrido en San Antonio de los Baños, una pequeña localidad de 50.000 habitantes situada a 26 kilómetros de La Habana, generó una gigantesca onda expansiva cuyos alcances todavía resulta imposible precisar, pero que marca, sin duda, un “antes” y un “después” en las seis décadas de absolutismo político iniciado con el ascenso al poder de Fidel Castro en enero de 1959. San Antonio de los Baños es considerada en Cuba como “la capital del humor”, en la que se encuentra el Museo del Humor de Cuba y se celebra el Festival Internacional Bienal del Humor, pero la furia de sus habitantes parece indicar que no están para chistes. 

La dimensión de las movilizaciones superó con creces al ”Maleconazo” de 1994, una célebre manifestación de protesta en el centro de La Habana en medio de las penurias del denominado “período especial” que sucedió a la desaparición de la Unión Soviética y la consiguiente suspensión de la ayuda de Moscú a la anémica economía cubana, un acontecimiento disruptivo que quedó grabado de una manera indeleble en la memoria colectiva como la única movilización opositora verdaderamente multitudinaria registrada en la isla caribeña.

Un hecho inédito en la eclosión popular es el cuestionamiento de fondo al régimen político. La consigna “abajo la dictadura” jamás se había escuchado en las calles cubanas en los últimos 62 años. No se trata de una expresión de insatisfacción ante las dificultades económicas surgidas de la pandemia, cuyos efectos hicieron casi desaparecer los ingresos por turismo (principal fuente de divisas de la isla) y provocaron una caída del 11% del producto bruto interno, con una secuela de desabastecimiento que incluye desde alimentos hasta medicinas.

Tampoco es una reacción ante la incapacidad del otrora ensalzado sistema de salud pública para detener la expansión del virus. En todo caso, es una sumatoria de ambos factores lo que creó el clima para que las reivindicaciones políticas contenidas durante largo tiempo encontraran una oportunidad para salir a la superficie.

El primer eslabón de la cadena fue la constitución del Movimiento San Isidro (MSI), fundado en diciembre de 2018 por un grupo de intelectuales y artistas de prestigio que aunaron esfuerzos para expresar sus reclamos ante las restricciones a las libertades públicas. En noviembre de 2020, la policía arrestó a varios de los animadores del MSI, entre ellos al popular rapero Denis Solís, lo que promovió el estallido de una indignada protesta juvenil para exigir su liberación.

Significativamente, ese reclamo fue respaldado por personalidades consideradas afines al régimen, como el cantautor Silvio Rodríguez, uno de los íconos de la “Nova Trova Cubana”, que durante mucho tiempo fue utilizada por Fidel Castro para promover en el exterior la imagen internacional del régimen. Incluso varias secciones regionales de la Unión de Artistas y Escritores de Cuba (UNEAC) publicaron en Facebook un mensaje de solidaridad con el MSI.

El episodio desembocó en la creación del 27-N (alusivo a la fecha de esa movilización de protesta), un movimiento de tinte más decididamente político conformado por varios centenares de jóvenes que concitaron las simpatías de una franja aún más amplia del mundo cultural. En abril pasado, el 2-N difundió un manifiesto que cruzó la raya de lo tolerable para el régimen: “queremos un país inclusivo, democrático, soberano, próspero, equitativo y trasnacional”. En esa línea confrontativa y bajo esas consignas, los manifestantes de San Antonio de los Baños fueron, en términos de Lenin, la chispa que encendió la pradera.

TRES GENERACIONES

Los medios periodísticos coincidieron en señalar que la inmediata amplificación de las protestas estuvo asociada al vertiginoso desarrollo de internet, cuya utilización en Cuba se generalizó recién en 2018, y al rol protagónico desempeñado por las redes sociales. Algunos analistas compararon el fenómeno con la “primavera árabe”, cuando en Egipto desde un grupo de Facebook comenzaron a irradiarse las consignas que desencadenaron el levantamiento popular que derrocó al régimen de Hosni Mubarak. Lo cierto es que las nuevas tecnologías de la información permitieron traspasar las rígidas barreras de la censura gubernamental y facilitaron también la interacción entre los núcleos disidentes y su contacto con la comunidad cubana exiliada en Miami.

Este cambio tecnológico posibilitó la configuración política de un fenómeno social emergente, ya advertido desde hace años en los sondeos de opinión: los jóvenes son ajenos a la tradición mítica de la Revolución Cubana. Para las nuevas generaciones, el romanticismo guerrillero que encandiló a sus abuelos se asemeja a un cuento de hadas. Su escepticismo y su visión crítica del presente chocan abiertamente con la retórica socialista.

La canción entonada en las marchas, a modo de himno, es “Patria y Vida”, casi una mofa de la vieja consigna de “Patria o Muerte” que enardecía a las multitudes que en la década del 60 aclamaban los discursos de Fidel Castro en la Plaza de la Revolución. En 2010, Carlos Montaner, un intelectual disidente exiliado en Madrid, estrenó una película documental titulada “Los nietos de la Revolución”, que reproduce los testimonios de jóvenes de esa generación que hoy es protagonista de la revuelta.

Simbólicamente, esta aparición de las nuevas generaciones coincidió con el retiro de la vieja guardia comunista. En abril pasado, la asunción de Miguel Díaz Cané a la secretaría general del Partido Comunista, en reemplazo de Raúl Castro, de 89 años, fue acompañada por el recambio de los otros dos integrantes de esa vieja guardia que permanecían en la conducción partidaria: José Ramón Machado Ventura, de 90 años, y Ramiro Valdez, de 88. En una causalidad cargada de sentido, las crónicas periodísticas de estos días narraron un incidente callejero protagonizado por Valdez y un grupo de manifestantes que lo increpaban. El pasado y el futuro chocaron en una esquina de La Habana.

La actual conducción cubana está configurada por una burocracia que no fue partícipe de la revolución, sino que se limitó a usufructuarla. Como su ascenso al poder fue el resultado de la obediencia, su pragmatismo va de la mano de su mediocridad. Sorprendida por el estallido, apeló de entrada a sus reflejos dictatoriales y para acallar las protestas puso en movimiento al aceitado aparato represivo del régimen.

Pero rápidamente, pudo verificarse que la “hipótesis de conflicto” con su propio pueblo genera cierto escozor en una franja de la oficialidad. Esa comprobación forzó a Díaz Canel a adoptar medidas de apaciguamiento que de ningún modo brindaron respuesta a los reclamos, sino que en todo caso apuntan a aislar a los sectores más beligerantes de la protesta del conjunto de la sociedad cubana.

En el imaginario de Díaz Canel y los suyos está la idea de mantener los privilegios de la cúpula gobernante mediante una reproducción del modelo chino o vietnamita: un comu-capitalismo con partido único. El problema reside en que los cubanos no tienen la estoica disciplina de los pueblos de Oriente sino la eufórica alegría de las culturas tropicales. Esta vez, el grito de protesta que recorre la isla tiene estampada la palabra libertad, una demanda que el régimen no está en condiciones de satisfacer.

Fuente: www.fotopatriotico.com

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