Domingo, 16 Enero 2022 01:39

Los enemigos de Boris Johnson tienen la mitad de las firmas para una moción de censura - Por Rafael Ramos

Escrito por Rafael Ramos

Si Ernest Hemingway hubiera vivido un siglo más tarde, y en vez de a orillas del Sena en el periodo de entreguerras (los dorados veinte) se hubiera instalado a orillas del Támesis durante la pandemia, se habría codeado con Boris Johnson y sus ministros en lugar de con James Joyce, Picasso, Ezra Pound, Gertrude Stein, Cole Porter y otros artistas e intelectuales de la época. Y su novela no se habría titulado París era una fiesta, sino Downing Street era una fiesta . 

Porque es que Downing Street, por lo visto, ha sido una fiesta permanente en los dos últimos años. A los jolgorios de mayo y noviembre del 2020 que ya estaban siendo investigados en medio de una considerable conmoción política, se ha sumado ahora otro a mediados de abril del año pasado, la víspera del funeral del duque de Edimburgo.

Mientras la reina se despedía de su marido en la soledad más absoluta, sin nadie a su alrededor para mantener la distancia social, en el sótano de Downing Street sonaba la música a todo trapo y corría el alcohol hasta altas horas de la madrugada para despedir a un fotógrafo privado de Boris Johnson y a su director de Comunicaciones. Incluso hay testigos de que un funcionario acudió bien entrada la noche a una tienda del barrio con una maleta vacía, y regresó con ella cargada de botellas de todo tipo.

Si antes Boris Johnson se había comportado como sintiéndose por encima del resto de británicos, ahora ha logrado actuar como si estuviera por encima también de la reina y la institución de la monarquía. Si el otro día había tenido que disculparse de boquilla por haber acudido a un fiesta en el jardín de su residencia con vino y rollitos de salchicha, ayer pidió perdón a Isabel II por la falta de sensibilidad de su gente al montar una party la noche antes del entierro de Felipe de Edimburgo. Él personalmente nunca tiene la culpa de nada, son sus ministros y asesores. “Errores han sido cometidos”, dice en pasiva, como si se hubieran cometido solos.

El Labour consigue una ventaja de diez puntos en los sondeos en pleno descrédito del actual gobierno inglés

La Casa Real no hizo comentario alguno sobre el episodio, pero va aumentando el montón de cartas pidiendo su dimisión en el despacho del “comité 1922”, encargado de reunir las firmas para una moción de censura llamado así porque ese año, después de la independencia de Irlanda y la partición del Ulster, diputados conservadores consiguieron que su partido abandonase la coalición con David Lloyd George y forzasen unas elecciones generales que abrieron las puertas al breve gobierno laborista encabezado por Ramsey MacDonald.

Fuentes parlamentarias estiman en 25 o 30 el número de cartas ya reunidas, de un total de 54 que son necesarias para someter a votación entre los parlamentarios tories la continuidad o no de Johnson como líder. Públicamente media docena se ha pronunciado en su contra, pero la inmensa mayoría de los diputados están a verlas venir, a la espera del resultado de la investigación sobre las fiestas, de la evolución de las encuestas (la última da una ventaja de diez puntos al Labour, 38% a 28%) y del pulso de la opinión pública.

Una serie de filtraciones apuntan a que el informe no va a ser devastador para Johnson, motivo de dimisión, y se limitará a criticar la “cultura de fiestas” no sólo en Downing Street sino también en la mayoría de ministerios mientras la policía multaba a dos amigos por salir juntos a hacer jogging, y drones de Scotland Yard patrullaban los cielos buscando criminales que hubieran salido de casa para actividades prohibidas. Pero parece que no va a afirmar que se cometió delito alguno, ni a remitir el asunto a la policía, ni a decir que el premier ha mentido o violado el código de conducta parlamentaria. Un currito en vez de una sentencia de muerte.

El equipo de Johnson estuvo de fiesta hasta la madrugada en vísperas del funeral del duque de Edimburgo

Pero eso no quiere decir que los problemas de Johnson hayan acabado. Tal vez no hayan hecho más que comenzar. El regicidio de sus líderes es el deporte favorito de los tories, pero es impensable que, de su gabinete de sumisos, escogidos precisamente por su mediocridad y para no hacerle sombra, salga un grupo de hombres y mujeres de gris que se presenten en el despacho para decirle que se marche, como le ocurrió a Margaret Thatcher. Pero el grupo parlamentario es otra cosa, y si un día la mayoría piensa que les iría mejor sin él al frente, estará acabado.

Hemingway organizaba buenas fiestas en su piso del número 72 de la rue du cardinal Lemoine mientras articulaba con John Dos Pssos y Scott Fitzgerald la generación perdida de escritores norteamericanos de los veinte. Johnson espera que las del 10 de Downing Street no sean su perdición. Desde luego no tiene intención de quitarse la vida como el escritor.

Nadie quiere ser el primero en clavar el puñal

La gran ventaja de Johnson, a pesar de sus tribulaciones, es que hay muchos candidatos teóricos a sucederle, pero ninguno de ellos goza de suficientes apoyos entre el grupo parlamentario para tener medianamente garantizado el éxito. Históricamente, el primero en clavar el puñal ha salido trasquilado, como Michael Heseltine en la caída de Thatcher, o Michael Portillo cuando conspiró contra John Major.

Los dos principales candidatos a la corona tory si queda vacante (el ministro de Economía, Rishi Sunak, y la titular de Exteriores, Liz Truss) no quieren correr esa suerte, y por el momento están a verlas venir. Ambos son de la escuela thatcherista y tienen reservas a la política de inversiones financiadas con deuda pública que patrocina Johnson.

El primero es popular por haber firmado las ayudas masivas de la pandemia, mientras que la segunda lidera el ala libertaria tory, opuesta a las restricciones y recortes de libertades. Otros candidatos posibles son los actuales ministros de Justicia (Dominic Raab), Interior (Priti Patel), Negocios (Kwasi Kwarteng) y Vivienda (Michael Gove), así como el ex titular de Sanidad y el Foreign Office, Jeremy Hunt.

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