Miércoles, 19 Enero 2022 09:49

20 años del euro – Por Manuel Ignacio Carreras

Escrito por Manuel Ignacio Carreras

Uno de los elementos más destacables entre los distintos países del mundo, son sus capacidades de integración. Existen dos tipos de integración posibles para las naciones. Una es la integración negativa, la cual significa la eliminación de barreras que restringen la movilidad de bienes, servicios y factores productivos. Por otro lado, la integración positiva, hace referencia a la creación de una soberanía común a través de instituciones. 

La Unión Europea representa el caso de mayor integración a nivel mundial, en todos los niveles, tanto comercial, político y económico. Desde sus inicios, con la creación de la Comunidad Europea del Carbón y del Acero en 1951, Alemania Occidental, Francia, Bélgica, Italia, Luxemburgo y Países Bajos, crearon un bloque supranacional que década tras década fue consolidándose y sumando miembros.

En 1992 a través de los Tratados de Maastricht se comenzó a dar forma a lo que actualmente conocemos como Unión Europea. Dicho tratado fue revisado en varias oportunidades: en el Tratado de Ámsterdam (1997), en el Tratado de Niza (2001) y en el Tratado de Lisboa (2007).

En el año 1995, el Consejo Europeo reunido en la ciudad de Madrid, decidieron que la unión monetaria sería una realidad y denominaron a la futura divisa como “euro”, el cual debía ser un nombre simple, que simbolizara al continente y sobre todas las cosas, que existiese una aceptación por parte de los ciudadanos europeos.

Para que una nación miembro pudiese adoptar a la moneda común, debía cumplir con ciertos criterios de convergencia: la tasa de inflación no debía superar en más de 1.5% respecto de la media de los tres estados pertenecientes a la eurozona con menor inflación; el tipo de interés nominal a largo plazo no debía superar en un 2% la media de los tres países con menos inflación; el déficit público no debía superar el 3% de su PIB; la deuda pública no debía superar el 60% del PIB; además, la divisa no debía ser devaluada ni sobrepasar las bandas de fluctuación establecidas por el Sistema Monetario Europeo durante los dos años previos a la selección de los integrantes de la Unión.

El antecesor directo del euro, fue la Unidad Monetaria Europea, la cual consistía en una unidad de contabilidad interna, utilizada por la Comunidad Europea con propósitos monetarios. Se conformaba por una canasta de monedas de los estados miembros de la Comunidad Europea. Creada en 1979, fue utilizada como unidad de cuenta del Sistema Monetario Europeo hasta 1999, siendo reemplazada por el euro.

En 1999, el euro comenzó a operar de forma virtual, pero no fue hasta el 1 de enero del año 2002, en donde comenzó a circular en doce países europeos la nueva divisa a nivel regional. Tanto Alemania, Bélgica, Finlandia, Francia, Grecia (se incorporó en el año 2001), Irlanda, Italia, Luxemburgo, Países Bajos, Austria, Portugal y España, comenzaron a utilizar de manera oficial la nueva moneda. En ese momento el euro cotizaba a 0,8892 dólares.

De esa manera la Unión Europea lograba consolidar la eurozona, superando niveles de integración regional como el Área de Libre Comercio (sin barreras arancelarias, como el Nafta entre México, Canadá y Estados Unidos), una Unión Aduanera (caracterizado por una tarifa arancelaria común y una legislación aduanera común) o un Mercado Único (supresión de todas las barreras comerciales, arancelarias y no arancelarias, libre circulación de capitales y trabajadores).

La Unión Europea se conformaba como una Unión Económica y Monetaria, con un Banco Central Europeo (con sede en Fráncfort del Meno, Alemania), encargado de la autorización de la emisión de billetes. Sin embargo, los bancos centrales nacionales de los países miembro también tienen derecho de emisión (así fue establecido en Maastricht). La responsabilidad sobre las monedas recae en los gobiernos nacionales, pero el Banco Central Europeo es el que aprueba el volumen de billetes a imprimir, con el objeto de evitar efectos inflacionarios sobre el continente.

El euro logró fomentar el comercio, la competencia y la estabilidad de precios, sobre todo en países que no se caracterizaban por ser estables en materia económica. Llegando a ser utilizada por 340 millones de europeos, a lo largo de diecinueve países miembros de la Unión Europea.

Actualmente, el euro representa la segunda moneda más utilizada a nivel mundial. Se afianzó como la segunda moneda más utilizada para reservas oficiales de divisas con un 20,5% del mercado, solo por detrás del dólar estadounidense (59,2%). Además, se encuentra casi a la par del dólar a nivel transacciones: el 38,1% de ellas son en euros, mientras que 39,1% son en dólares.

El euro fue consolidándose con el paso de los años. A nivel que logró demostrar ser un digno sucesor de la moneda más fuerte de la Unión: el marco alemán. Entre los años 1982 y 2002, el marco alemán perdió un promedio anual de un 2,4% de su valor; mientras que el euro en veinte años de existencia, perdió solo un 1,6% promedio.

A raíz de la gran solidez de la divisa, muchas naciones se incorporaron a la eurozona: Eslovenia en 2007, Malta y Chipre en 2008, Eslovaquia en 2009, Estonia en 2011, Letonia en 2014 y Lituania en 2015.

Ningún país salió de la eurozona hasta hoy en día. Sin embargo, existen algunas naciones que pertenecen a la Unión Europea pero que no han adoptado el euro aún. Tales son los casos de Bulgaria, Croacia, Hungría, Polonia, República Checa, Rumania y Suecia. El caso de Dinamarca es particular, ya que posee una cláusula de exclusión por lo que no está obligada a adherirse al euro en el futuro.

Asimismo el euro posee una gran influencia en países por fuera de la Unión. En los casos de Andorra, Mónaco, San Marino y el Vaticano, no forman parte de la Unión Europea, pero tienen acuerdos formales para utilizar el euro de forma oficial. En Kosovo (con un reconocimiento limitado entre las naciones balcánicas) y Montenegro, se adoptó el euro de forma unilateral, sin representación del Banco Central Europeo.

Mediante la creación de una moneda común, se sentenció la vida útil de muchas icónicas monedas europeas como el marco alemán, el franco francés, la lira italiana, el escudo portugués, el florín neerlandés, la peseta española o la dracma griega. La Unión Europea logró dar un colosal salto adelante en materia de integración regional, estableciendo un modelo único en el mundo, el cual difícilmente sea replicable en otros continentes.

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