Sábado, 28 Diciembre 2024 12:44

Las ramificaciones regionales de la nueva era en Siria tras el colapso del régimen de Al-Assad - Por Ricard González

La incertidumbre sobre el futuro del país bajo el gobierno de los islamistas de HTS es enorme; el impacto para Irán, Turquía, Rusia, el Líbano y otros actores. 

 Con una población de unos 24 millones de personas y unos recursos naturales limitados, Siria no es una de les grandes potencias de Medio Oriente. No obstante, por sus alianzas y posición geoestratégica, la caída del régimen del clan de los Al-Assad 53 años después de su advenimiento puede representar todo un terremoto político que traspase las fronteras del país.

De momento, la incertidumbre sobre el futuro del país es enorme. Aunque la milicia que lideró la ofensiva contra el régimen, Hayat Tahrir al-Sham (HTS), es de ideología islamista y ultraconservadora, la oposición es diversa y con objetivos contradictorios. Según los analistas, cualquier escenario de futuro es posible, desde la creación de un sistema más o menos representativo, a una dictadura de corte islamista, pasando por una vuelta a la guerra civil. Sea como fuere, se pueden ya esbozar algunos efectos sobre sus vecinos.

Irán, una potencia seriamente debilitada

Sin duda, el gran perdedor del cambio político en Siria es Irán, y difícilmente nada de lo que pase cambiará esta realidad. La alianza entre el clan de los Al-Assad y la República Islámica se gestó poco después de la Revolución liderada por Ruhollah Khomeini en 1979. En un primer momento, nació de la existencia de un enemigo común, Saddam Hussein, y luego se solidificó con la creación de la milicia terrorista libanesa Hezbollah. A través de Siria, Teherán podía hacer llegar fácilmente armas a su protegido libanés, una pieza clave del llamado “eje regional de la resistencia”.

Sin un gobierno aliado en Siria y con un Hezbollah seriamente debilitado por su guerra con Israel, Irán aparece como aislado, y deberá revisar a la baja sus aspiraciones de gran potencia regional. Ante un creciente malestar interno, y la posibilidad de un Donald Trump más hostil aún que el presidente Joe Biden, el régimen deberá concentrarse en su supervivencia, dejando de lado aventuras internacionales. Israel le ha ganado esta partida.

Turquía, ante una oportunidad de oro

Si Irán es el gran perdedor, Turquía es, sin duda, el gran ganador. El tiempo ha dado la razón a Erdogan en su apuesta por enviar soldados a Siria y patrocinar diversas milicias islamistas. Si bien entre ellas no figura HTS, sus relaciones son más que correctas y Ankara tiene unas buenas cartas para convertirse en un socio primordial de Damasco, lo que realzará su influencia en el mundo árabe. El sueño de hacer renacer una especie de neo-Imperio otomano está un poco más cerca.

Gracias al volumen de su economía y proximidad, Turquía puede convertirse en un socio esencial en la reconstrucción del país, lo que reportará abundantes beneficios a las empresas de construcción turcas. La única amenaza para Turquía es que la nueva Siria sea un Estado descentralizado y cuente con una entidad regional kurda, lo que daría alas a las aspiraciones de su minoría kurda. Por ello, ya está intentando neutralizar esta amenaza a través de sus milicias afines en Siria, que no cesan en sus ataques contra el experimento de autogobierno kurdo en el nordeste, conocido como Rojava.

Rusia, ¿una potencia regional en declive?

Junto a Irán, Rusia era el gran aliado del clan Al-Assad. Sin el robusto apoyo militar de ambos, su caída podría haber llegado una década antes. Para Moscú, Siria era un aliado muy importante porque le permitía extender un firme tentáculo en una región dominada por Estados Unidos. El fruto más precioso de este relación son la base naval de Tartús, la única rusa en el Mediterráneo, y la base aérea de Khmeimim.

Estas instalaciones militares son claves para Moscú, no solo para mantener su posición en Medio Oriente, sino también en el continente africano. Sin ellas, Rusia difícilmente podrá continuar proyectando su influencia en Libia, el Sahel o Sudán. O, al menos, deberá buscar una nueva base en la que puedan repostar sus aviones.

Ahora bien, el presidente Vladimir Putin aún no da las bases por perdidas, y está buscando un entente con las nuevas autoridades. Ello no será fácil, pues años de crueles bombardeos rusos han suscitado una gran hostilidad en buena parte de la población. A cambio de mantenerlas, Putin podría entregar a Al-Assad, u ofrecer petróleo a precio de descuento a un país sediento de energía -en Damasco solo hay cuatro horas de electricidad al día-. ¿Le echará una mano Trump para conseguir sus propósitos?

El Líbano, hacia un nuevo equilibrio

Aunque ya hace un siglo de la creación del Líbano como entidad independiente, el nacionalismo sirio nunca ha llegado a digerir un territorio que considera una provincia propia. En parte, ello explica la obsesión de Hafez al-Assad por intervenir en la política libanesa. De hecho, tras el fin de la guerra civil libanesa en 1991 y hasta 2005, el Líbano se convirtió en poco menos que un protectorado sirio. Y luego, su influjo se mantuvo a través de Hezbollah.

El debilitamiento de la milicia chiita, descabezada por Israel, y la caída del régimen del partido Baaz en Siria ofrece una oportunidad a la clase política libanesa para recomponer sus equilibrios. El próximo 9 de enero se sabrá si Joseph Aoun, un militar cercano a Estados Unidos, es el nuevo presidente del país en una sesión del Parlamento. De ser así, la posibilidad de que Hezbollah pierda el control del sur del país, o incluso de que entregue parte de su arsenal militar, parecerá más real. Y es que una mayoría de libaneses resienten el hecho de que Hezbollah decidiera de forma unilateral hacer entrar al país en una guerra con Israel que ha tenido un alto coste.

El islamismo sirio, un reto para los regímenes árabes

Aunque no se sabe qué perfil político adoptará la nueva Siria, todo indica que el islamismo gozará de una posición privilegiada, sino de una hegemonía política. Este hecho marca un punto de inflexión en la región, que experimentó un rápido ascenso y caída del poder de los partidos islamistas a raíz de las llamadas primaveras árabes.

En 2013, los partidos islamistas gobernaban en Marruecos, Túnez, Egipto, Libia y Sudán, algo que representaba toda una amenaza para las élites tradicionales de países como Arabia Saudita y Emiratos Árabes Unidos. Por ello, pergeñaron una estrategia contrarrevolucionaria de alcance regional. Un exitoso experimento islamista en Siria podría representar una amenaza de futuro.

Ahora bien, en este caso, resucitar el régimen de Al-Assad no es una opción, por peliagudo y por su alianza con el odiado régimen de Teherán. De momento, estos países parecen estar todavía en la fase de reelaborar su política hacia Damasco, pues ni tan siquiera habían considerado el escenario del colapso de Al-Assad. Bueno, ni ellos, ni nadie. De ahí, también, la enorme dimensión del terremoto geopolítico sirio.

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