Domingo, 06 Noviembre 2022 09:11

Argentina: Amiga De Todos Y Aliada De Ninguno - Por Felipe A. M. de la Balze

Escrito por Felipe A. M. de la Balze

I. Introducción.La Argentina en las últimas décadas perdió posición y prestigio en el escenario internacional.

En el ranking mundial del PBI per cápita pasó del lugar N°10 en 1950 al N°64 en la actualidad .

La situación se agravó durante las últimas dos décadas. Los síntomas son: una economía estancada, un aparato estatal quebrado, pobreza creciente y un sistema educativo en declinación. La decadencia facilita un clima político faccioso y una grieta que agudiza la desunión nacional.

Es difícil tener una política exterior exitosa cuando la política y la economía interna viven en crisis. Cuando predomina la inercia y el desconcierto, resulta difícil abrir mercados, atraer inversiones y obtener apoyos diplomáticos.

La Argentina es poco respetada, se desconfía de su palabra y no se toman en serio sus propuestas. Además, es vulnerable a las presiones de otras naciones y le cuesta sostener políticas de largo plazo.

Para desarrollar una política exterior efectiva y exitosa debemos primero introducir profundas reformas en el funcionamiento de nuestras instituciones internas. Restaurar la confianza y recrear una sociedad donde se valore el trabajo, la inversión y el estudio, demanda tener una moneda sólida, cuentas fiscales equilibradas y reconstruir un aparato estatal eficaz en materia de educación, justicia, asistencia social, defensa y que combata al crimen organizado.

En el marco de dichas reformas, la política exterior debe contribuir a convertir nuestro potencial en realidad. Debemos enfrentar tres grandes desafíos en el marco de un mundo en profunda transformación:

Primero, transitamos las primeras etapas de un enfrentamiento global entre China y los Estados Unidos que será largo y cuyo final aun no podemos descifrar. Necesitamos definir una estrategia de largo plazo para promover nuestra seguridad e intereses, preservar nuestros valores y relacionarnos provechosamente con ambos rivales.

Segundo, debemos definir una estrategia económica internacional que nos permita volver a crecer sostenidamente. Nuestra participación en la economía mundial es endeble. Exportamos poco y recibimos escasa inversión extranjera directa. Necesitamos abrirnos al mundo, conquistar nuevos mercados, diversificar las exportaciones, atraer inversiones productivas y facilitar el retorno de los argentinos y de los capitales que emigraron en las últimas décadas.

Tercero, nuestra política regional perdió la brújula. La relación privilegiada con Brasil no se convirtió en la gran apuesta internacional que esperábamos. El Mercosur no funciona como unión aduanera ni como zona de libre comercio ni como plataforma de negociación con el mundo. Necesitamos redefinir una nueva estrategia regional que favorezca la integración con nuestros vecinos y que simultáneamente promueva una inserción en el mundo que nos permita progresar.

Nuestra frágil situación internacional contrasta con el extraordinario potencial que no hemos aprovechado. Nuestra geografía nos protege de los ataques externos y vivimos en una región pacífica. Estamos protegidos por un vasto Océano Atlántico, la cordillera de los Andes, los vastos mares australes, la cuenca fluvial del Rio de la Plata, la selva chaqueña y la zona del altiplano.

Gozamos de las ventajas adicionales de ser autosuficientes en alimentos y energía, tener un enorme potencial en energías renovables y minería, no tener conflictos étnicos o regionales relevantes, gozar de un clima atractivo y de una geografía abierta que facilita, a bajo costo, las comunicaciones internas y el desplazamiento de recursos, bienes y personas dentro del país. Son muy pocos los países que gozan de tan extraordinarias circunstancias.

La lejanía geográfica de los principales centros económicos y políticos mundiales reduce, a veces, la calidad de nuestros contactos internacionales y genera en nuestra dirigencia visiones distorsionadas de lo que sucede en el mundo.

Buenos Aires y el sistema educativo han contribuido a esa dislocación. Buenos Aires es bella y cosmopolita y sin duda una de las grandes metrópolis del mundo. Es a la vez la capital política, polo intelectual y el principal centro financiero, comercial y logístico del país. Es la capital de un imperio que en realidad no existe. Y eso puede llegar a confundir.

La educación argentina durante el Siglo XX se orientó a radicar a los hijos de los inmigrantes haciendo gala de atributos reales e imaginados y nunca fue cambiada a pesar de la dramática declinación que hemos sufrido desde mediados del Siglo XX. Esto también confunde.

Por eso, a veces las tácticas y los gestos de nuestra política exterior no se condicen con nuestra realidad. Buscamos un protagonismo que no se corresponde con nuestras capacidades y los resultados no son siempre los mejores. Como resultado de estos desvaríos, nuestra diplomacia a menudo deja de lado los principios básicos que deben guiar una política exterior pragmática e inteligente (ver Sección III “B”).

La geopolítica mundial se está partiendo en dos bloques rivales y el universo económico se está fracturando bajo la presión de esferas de influencia, regionalismos y relaciones preferenciales. Para sobrevivir y prosperar en un mundo turbulento e inestable la Argentina tendrá que ser “Amiga de Todos y Aliada de Ninguno”.

II. Una Nueva Era Mundial

Si queremos dejar atrás la política exterior de una Argentina “descompuesta” debemos encontrar respuestas a los desafíos que enfrentamos. Para ello es menester entender lo que está sucediendo en el mundo.

Transitamos una era turbulenta e insegura en la política y la economía mundial. Tres tendencias marcantes y duraderas dominan el presente: (i) el creciente conflicto hegemónico entre China y los Estados Unidos, (ii) el activismo de nuevos grandes actores regionales (Rusia, la India, Irán, Turquía y Brasil) y (iii) una desaceleración y fragmentación del proceso de globalización.

Acontecimientos recientes como la crisis del COVID-19 y la invasión de Ucrania confirman la incertidumbre reinante. La pandemia mostró una comunidad internacional sin liderazgos claros y sin mecanismos de coordinación entre las principales potencias. La crisis sanitaria fue global pero las respuestas fueron locales.

La Organización Mundial de la Salud no supo responder y las políticas nacionales impusieron su primacía en los procesos de producción y distribución de las vacunas. Además, prevaleció una agresiva diplomacia sanitaria donde las grandes potencias usaron las vacunas para promover sus intereses comerciales y realizar políticas de influencia en el resto de los países.

En el caso de la invasión rusa a Ucrania se violaron principios fundamentales del derecho internacional y se impuso la ley del más fuerte. El conflicto resultó en un choque entre el revisionismo ruso y una mala praxis diplomática por parte de Occidente, que no supo integrar a tiempo a Ucrania y a Rusia en un proyecto europeo de seguridad compartida.

Los acontecimientos recientes en Ucrania confirman la conformación de dos grandes bloques. La tradicional alianza de Europa con los Estados Unidos se fortalece, el desafecto entre Rusia y Occidente se profundiza y Rusia se acerca a China, como aliada militar y proveedora de energía y alimentos.

A. El Conflicto Hegemónico

La primacía mundial de los Estados Unidos está amenazada por el veloz surgimiento de China, una potencia revisionista con ambiciones globales. Los Estados Unidos defienden el “statu-quo” y la preeminencia que supieron obtener después de su triunfo en la Guerra Fría.

China tiene la escala demográfica, económica y militar para disputarle a los Estados Unidos su supremacía. Pero la sustentabilidad en el largo plazo de su proyecto mundial no está asegurada. Su forma de gobierno autocrático, su envejecimiento poblacional prematuro, su modelo de crecimiento desbalanceado y las dificultades para mantener la unión nacional en un país tan grande y diverso, suscitan dudas que solo el futuro podrá esclarecer.

Su economía es del mismo tamaño que la norteamericana (aproximadamente 18% del producto bruto mundial) pero su presencia en el comercio mundial es mayor. China utiliza agresivamente el acceso a su mercado para promover sus intereses, punir críticos y cimentar relaciones de largo plazo.

En el campo tecnológico, China muestra la disposición a competir con los Estados Unidos. Su nivel es inferior, como lo confirmó el tema de las vacunas COVID-19 y su notorio atraso en la industria de los semiconductores. Pero la carrera está lanzada y en muchos sectores la competencia está abierta.

La Ruta de la Seda propone unir el espacio euroasiático a través de una ambiciosa red de proyectos de infraestructura y energía. China promueve dichos proyectos para introducir sus empresas en las economías locales, sellar relaciones con los gobiernos y crear una red de países asociados.

China es una gran importadora marítima de energía, minerales, alimentos, así como de bienes intermedios que alimentan su industria manufacturera. El trasfondo geopolítico de la Ruta de la Seda es reducir su dependencia respecto al poderío naval norteamericano en los mares del sudeste asiático y diversificar sus fuentes de aprovisionamiento hacia conexiones por tierra.

La modernización de sus fuerzas militares avanza a paso sostenido. El reciente lanzamiento de su segundo portaviones y la concreción de un ramillete de bases navales en el Océano Indico y en las costas del este de África alientan sus ambiciones.

Sus dirigentes están convencidos de que los Estados Unidos desean obstaculizar su ascenso pero que su creciente participación en el comercio mundial, sus avances tecnológicos y la concreción de la Ruta de la Seda, le brindarán la oportunidad de consolidar su liderazgo.

Por su parte, los Estados Unidos siguen siendo la primera potencia mundial, pero ya no tienen las ventajas de escala que tenían hace 20 años y la brecha que los separa de China se achica cada vez más.

Los fracasos políticos y militares que cosechó en el Medio Oriente (Afganistán e Iraq) y las oscilaciones que sufre su posicionamiento internacional entre una tendencia internacionalista/liberal (Biden/Obama) y un nacionalismo más aislacionista (el “America First” de Donald Trump), le quitan cierta flexibilidad a su política exterior.

Sin embargo, decisiones tomadas en los últimos años confirman que China es considerada por el conjunto del “establishment norteamericano” como un rival que debe ser enfrentado. Aranceles comerciales específicos, propuestas para reformar la OMC y limitar el mercantilismo chino, restricciones a la transferencia de tecnología, otorgamiento de subsidios para relocalizar proveedores claves en su territorio, la aprobación de leyes que promueven el desarrollo tecnológico, el traspaso de fuerzas militares hacia el sur de Asia, la venta de armas a Taiwán y a Japón y, el uso de sanciones financieras respecto a la violación de derechos humanos en Hong Kong, el Tíbet y Xijiang, son algunas de las numerosas medidas puestas en marcha.

Previsiblemente, la tasa de crecimiento china se mantendrá, por un tiempo, superior a la norteamericana y la posición “relativa” de los Estados Unidos continuará declinando. Pero los Estados Unidos están compensando dichas circunstancias con la concreción de una vasta red de países aliados -mayoritariamente democráticos- en Europa, Asia y el hemisferio occidental.

La guerra en Ucrania ha contribuido a renovar la antigua asociación militar y estratégica de los Estados Unidos con Europa. Los hechos confirman un antiguo principio de la política internacional: “nada mejor para fortalecer una alianza que el recrudecimiento de una amenaza compartida”. 

Indudablemente, el antagonismo entre los dos grandes rivales se intensificará en el tiempo, transformándose en rivalidad para atraer aliados y debilitar las alianzas del otro. La carrera se proyecta al campo del comercio, la conquista de mercados y la competencia tecnológica (en particular la fijación de estándares internacionales en telecomunicaciones y servicios de internet).

La reciente conferencia del secretario de estado Antony Blinken en la Universidad de George Washington sintetiza el pensamiento de los Estados Unidos respecto a China .

Blinken propone “defender un sistema internacional abierto, basado en normas, principios e instituciones que el mundo estableció después de dos guerras mundiales, para gestionar las relaciones entre los Estados, prevenir conflictos, promover la soberanía, la autodeterminación, la solución pacífica de los conflictos y los derechos humanos”.

Sostiene que los cimientos de ese sistema sufren embates por parte de China y Rusia, quienes se han vuelto más represivos en el orden interno, y más agresivos en lo externo. Asegura que la respuesta de los Estados Unidos se concentrará en una renovación doméstica que incluye modernizar la industria y la infraestructura y fortalecer las cadenas de suministros para incorporar mayor autosuficiencia a su economía.

En el área internacional, propone vincularse más activamente con todas las organizaciones internacionales y regionales, así como fortalecer sus relaciones con los miembros del G7, el G20, y con sus países aliados y amigos en el resto del mundo.

El desenlace final del conflicto hegemónico es imprevisible e inescrutable. Lo más probable es que en el largo plazo no se imponga la potencia más poderosa sino la que haya sabido crear la coalición más amplia y sólida en términos económicos y militares y que además ofrezca un modelo de organización social y político más atractivo.

Debemos preguntarnos si, en el largo plazo, el modelo autoritario y de capitalismo de estado que promueven China y Rusia se impondrá al modelo democrático y de capitalismo de mercado que se edificó en Occidente durante los últimos dos siglos.

En el ínterin, la Argentina deberá instrumentar una política pragmática de “Doble Vía” para asegurar su defensa, promover sus intereses económicos y defender sus valores (ver Sección III “A” y “B”).

B. Las Grandes Potencias Regionales

Somos también testigos del surgimiento de potencias regionales que rechazan el statu-quo y promueven un sistema internacional diferente al que prevaleció en las últimas décadas.

Las más relevantes son, además de China, Rusia, India, Irán, Turquía y Brasil. Cada una “juega su juego” y lo que realmente comparten es el deseo de extender sus esferas de influencia y concretar sus ambiciones nacionales. Pero sus temores e intereses a menudo son divergentes.

Sin duda, China, Rusia e Irán desafían directamente el liderazgo norteamericano y rechazan su pretensión de promover la “democracia liberal” como forma de gobierno. A la India le preocupa sobre todo la amenaza China y, con Turquía y Brasil, imaginan una “tercera vía” para mantener una cierta equidistancia entre los dos grandes contendientes.

Es particularmente ilustrativa la “Declaración Conjunta” que firmaron los presidentes XI Jinping y Putin en Pekín el 4 de febrero 2022, pocos días antes de la invasión a Ucrania , donde rechazan la hegemonía de los Estados Unidos y la injerencia de las democracias occidentales en los asuntos internos de otros países. Sostienen que hay diferentes formas de democracia y que ellos consideran a sus países “democracias exitosas”.

En el orden interno, proponen la primacía del Estado/Partido y se oponen al sistema democrático liberal, al intervencionismo humanitario, a la promoción de los derechos humanos en terceros países y a la gestión del internet sin control del Estado.

También objetan la ampliación de la OTAN hacia el este de Europa, así como las alianzas militares que los Estados Unidos están extendiendo en Asia (Australia, Corea del Sur, Japón y la India), para contener a China y proteger la autonomía de Taiwán.

También se resisten al apoyo que brinda Occidente a las llamadas “revoluciones de los colores” como las que ocurrieron durante la primavera árabe en el 2011, en Ucrania en el 2014 (que detonó la invasión rusa a Crimea) o en Bielorrusia y Kazajstán más recientemente.

Para Rusia, se trata de recuperar la esfera de influencia perdida después del derrumbe de la URSS y rediseñar el sistema de seguridad europeo debilitando la OTAN y la presencia militar de los Estados Unidos en el continente.

La creación de un área de integración económica euroasiática que incluye a la mayoría de los ex estados soviéticos del Este de Europa y de Asia Central, la incorporación de Crimea al Estado ruso (2014), la intervención militar en Georgia (2018), son pasos en el proyecto de reconstitución del viejo proyecto imperial ruso.

La reciente invasión a Ucrania confirmó dichos propósitos, pero los logros obtenidos han sido ingratos para las ambiciones rusas. Rusia anexa parte del este y sur de Ucrania, pero paga altos costos. Refuerza la independencia del resto de Ucrania, vigoriza a la OTAN (que amplía su cubertura a Suecia y Finlandia), pierde su principal mercado de exportación (gas natural a Europa) e incrementa su dependencia de China.

Para la India, se trata de fortalecer su proyecto de desarrollo, mantener a raya a Pakistán (un viejo enemigo con el cual tiene una disputa militar respecto al control de Cachemira) y competir cabeza a cabeza con China, con quien tiene un grave conflicto fronterizo en la región del Himalaya y una rivalidad de largo plazo en el Océano Índico, que no cesará de agravarse durante los próximos años.

La presencia naval en el Océano Índico y cuidar la alianza con Rusia (su principal proveedor de armas) fueron políticas tradicionales de la India. Pero su acercamiento reciente a los Estados Unidos, Japón y Australia confirma las graves suspicacias que le suscita el fortalecimiento de China.

Para Irán, se trata de legitimar su sistema político/teocrático en el escenario mundial y establecer un liderazgo regional en el Medio Oriente enfrentando a la monarquía saudita, los emiratos sunitas del Golfo Pérsico y a Israel. 

Proyecta su poder a través de la influencia privilegiada política, militar y religiosa (chiita) que detenta en Iraq, Siria y el Líbano y extiende su influencia a través de los movimientos políticos/militares del Hezbollah (en el Líbano), del Hamas (en Palestina) y de los Houties (en Yemen).

Sus avances en el área nuclear provocan temores tanto en la región como en los Estados Unidos respecto a sus intenciones de desarrollar el arma atómica. Dichas preocupaciones han expuesto a Irán a numerosas sanciones que dificultan su crecimiento económico. La negociación de un acuerdo ha sufrido avances y retrocesos y ahora está empantanada. El riesgo de un ataque preventivo de Israel para decapitar el programa nuclear iraní, con graves consecuencias regionales, está presente en el horizonte.

Para Turquía, se trata de apalancar su extraordinaria posición geográfica (a caballo de dos continentes y en control de los estrechos que unen al Mediterráneo con el Mar Negro), una economía industrial relativamente avanzada y las fuerzas militares más grandes y organizadas de la región para restablecer una esfera de influencia en antiguas regiones del imperio otomano, en particular los Balcanes, el Medio Oriente, África del Norte y el Mediterráneo Oriental.

Sus ambiciones se enfrentan a las de Arabia Saudita y Egipto en el Medio Oriente y África, y a las de Grecia en el Mediterráneo y los Balcanes. Además, enfrenta internamente un movimiento kurdo separatista que debilita su posición internacional.

C. El caso de Brasil

La idea de ejercer un liderazgo en América del Sur y de ser reconocida como una gran potencia mundial está enraizada en sectores de la elite brasileña, sobre todo en su cuerpo diplomático (Itamaraty). El deseo de incorporarse como miembro permanente del Consejo de Seguridad de las Naciones Unidas es el signo más claro de esa ambición.

La posición de Brasil se robusteció durante las presidencias de Cardozo y de Lula entre los años 1995 y el 2010. La conjunción de dos presidentes con buena imagen internacional, una estabilidad económica e institucional sostenida, la creación del Mercosur (1991) así como el lanzamiento posterior del UNASUR (2005) -para promover la integración política/militar- crearon circunstancias favorables para consolidar su liderazgo.

Desafortunadamente, los resultados no se correspondieron con las expectativas. Para Brasil, tanto el Mercosur como el UNASUR, se transformaron en trampolines para desarrollar una presencia internacional propia y separada de sus socios regionales.

Brasil se lanzó de lleno a promover proyectos de asociación con otras grandes potencias emergentes. Así fue el caso del IBSA en el 2003 (India, Brasil y Sud África) y de los BRICS en el 2011 (Brasil, Rusia, India, China y Sudáfrica) donde Brasil se propuso intensificar las relaciones Sur-Sur y ganar espacios de maniobra en su negociación con los Estados Unidos (con el cual tiene una relación histórica de amor y odio).

En el campo de la política regional, la incapacidad de la diplomacia brasileña para resolver la grave crisis venezolana y su modesta participación en la resolución del conflicto militar entre el gobierno de Colombia y las FARC, debilitaron su posición.

Luego, durante la segunda presidencia de Lula y la presidencia de Dilma Rouseff, el proyecto se politizó detrás de banderas partidarias. La promoción del Foro de San Pablo como aglutinante político de la integración y la incorporación de Venezuela, desbalancearon un proyecto de integración que para ser exitoso debía trascender el partidismo faccioso.

Los cimientos económicos del proyecto de integración regional se descuidaron. El Mercosur económico se estancó y perdió su vitalidad. Los recurrentes relanzamientos disimulan detrás de la retórica un statu quo que nadie quiere modificar ni mejorar.

El Mercosur se transformó en un “mito racional” -una ficción- que los socios quieren preservar porque les resulta útil para sostener su prestigio internacional, pero que no cumple con sus objetivos reales.

El proyecto de unión aduanera quedó trunco. El arancel externo común se volvió cada vez menos común (cubre menos del 60% del nomenclador aduanero), las aduanas interiores entre los países miembros mantienen su primacía y la negociación conjunta de acuerdos comerciales con terceros países tuvo resultados intrascendentes.

Respecto a la zona de libre comercio, el comercio intrarregional se concentra en pocos sectores y ha crecido modestamente en los últimos veinte años. Numerosas restricciones sanitarias, estadísticas, regulatorias y de estándares técnicos se transformaron en un grave impedimento a la expansión del comercio. Mas del 60% del comercio intrarregional lo realizan un puñado de empresas multinacionales en los sectores del automóvil, las autopartes, la química y el petróleo.

El comercio bilateral total entre la Argentina y Brasil que había alcanzado aproximadamente los US$40.000 millones en el año 2011, se redujo a solo US$ 24.000 millones (promedio de los años 2015-2019). Las inversiones directas reciprocas se redujeron.

La complementariedad entre nuestras economías disminuyó notablemente. Brasil perdió el dinamismo industrial que caracterizó su proyecto de desarrollo entre 1970 y 1990 y se transformó en un gran exportador de productos agrícolas en directa competencia con sus socios regionales.

La inestable política exterior del gobierno de Dilma (tuvo tres ministros de relaciones exteriores), el estancamiento económico de Brasil (su PBI per cápita cayó casi 10% durante la última década), la cerrazón de su economía (la octava más cerrada del mundo ), y su transformación en un exportador de materias primas, principalmente al mercado chino (más del 30% de sus exportaciones totales), socavaron sus intereses regionales.

Brasil es un país grande y una potencia regional, pero su baja participación en el comercio mundial (representa solo el 1% del comercio total mundial y ocupa el puesto 29 en el ranking internacional de comercio ), su limitado poder militar (80% de su gasto en defensa es en sueldos y jubilaciones) y graves falencias en su infraestructura de transporte, limitan su protagonismo.

Salvo una verdadera revolución de productividad (que requeriría reformas respecto a las cuales no hay consenso político) o el advenimiento de una sostenida demanda para sus productos minerales y agrícolas, sus perspectivas de crecimiento son acotadas. Además, es necesario tener en cuenta que, si bien Brasil es un gran productor de alimentos y energía, sus costos unitarios de producción y transporte son más altos que los argentinos.

Así como está, el Mercosur no tiene futuro pues nos condena a convivir con una economía cerrada, de altos costos y de bajo potencial de crecimiento. Con reformas profundas (aranceles externos más bajos, menos restricciones al comercio intra-regional y una negociación amplia de acuerdos de libre comercio), la situación podría mejorar.

La posibilidad de que este escenario ocurra en un gobierno liderado por el Partido de los Trabajadores (PT) es baja. La plataforma de gobierno del PT, recién anunciada, propone poner en práctica “una política exterior activa para recuperar el protagonismo que Brasil tuvo cuando era respetado por el mundo entero”.

También propone la búsqueda de una mayor relación con la región, pero la plataforma es solo declarativa. En las presidencias anteriores del PT, el Mercosur no tuvo avances relevantes más allá de declaraciones políticas, porque Brasil es reticente a abrir su mercado. Favorece al UNASUR y a la CELAC para consolidar su posición política en la región y, al IBSA y a los BRICS, como parte de su estrategia global para convertirse en el interlocutor privilegiado de los Estados Unidos, China y el G7.

Para asegurar el futuro crecimiento económico argentino es imprescindible renegociar el acuerdo de integración regional. Como salvar lo rescatable del Mercosur (principalmente el acuerdo automotor) y crear un nuevo horizonte de oportunidad es el desafío a encarar.

Evidentemente, la mejor opción para nuestro país es apoyar la propuesta del Uruguay de transformar el Mercosur en una “zona de libre comercio” y así recuperar plenamente la capacidad para negociar individualmente acuerdos de libre comercio con el resto del mundo. Como lo hicieron con éxito muchos países, entre ellos Australia, Canadá, Chile, Colombia, Corea del Sur, Egipto, México, Suiza, Turquía y todas las grandes economías del sudeste asiático.

La transformación del Mercosur en una zona de libre comercio también abriría las puertas para desarrollar una relación más fructífera con Brasil, con menos declaraciones ampulosas y más realizaciones concretas.

Una genuina liberalización de las barreras paraarancelarias que obstruyen el comercio bilateral, un programa de integración energética, mejoras en la infraestructura de conectividad, mayores contactos entre los empresarios y una genuina cooperación en las negociaciones con terceros países que abran mercados y atraigan inversiones al sector productivo. Además, con menos retórica y más pragmatismo la cooperación bilateral puede profundizarse en temas de política internacional, seguridad, migraciones, medio ambiente y numerosos campos de interés común.

D. La Globalización Fragmentada

A nivel mundial, la geopolítica y la globalización han entrado en colisión. El mundo se está volviendo más proteccionista y la globalización pierde velocidad y se fragmenta. El conflicto hegemónico, la competencia entre capitalismos de estado y de mercado y el fortalecimiento de los regionalismos, desaceleran y modifican la morfología del proceso de globalización, tanto en las áreas de comercio, como en las de internet y finanzas.

En términos económicos, el mundo que se avecina se parecerá al mundo globalizado que prevaleció entre 1860 y 1930. Entonces, el comercio y la inversión internacional se expandían con rapidez, pero el bilateralismo y las esferas de influencias eran predominantes y no existían acuerdos e instituciones multilaterales.

Las esferas de influencia y las preferencias imperiales gestionadas por Gran Bretaña, Francia, Alemania, Japón, Italia y los Estados Unidos -en sus colonias o áreas de influencia- fueron prácticas habituales durante aquel periodo de globalización. A pesar de ello, el comercio y la inversión internacional se expandieron velozmente, como lo corrobora la propia historia de nuestro país.

En el futuro, las negociaciones bilaterales se multiplicarán mientras que las negociaciones multilaterales perderán efectividad como lo demuestran los temas comerciales en la OMC, los temas sanitarios en la OMS y los temas políticos en las Naciones Unidas.

La Organización Mundial del Comercio (OMC) vive en crisis. La última negociación global exitosa, la Ronda Uruguay, se cerró en 1995. El Mecanismo de Solución de Controversias está paralizado desde al año 2016.

Los intentos de relanzar las negociaciones multilaterales no se concretaron por falta de liderazgo de los países más avanzados, resistencias de países como China y la India a introducir reformas y una falta general de consenso respecto a los temas a ser incluidos en la agenda.

Las presiones proteccionistas se han multiplicado durante los últimos años. La administración Trump impuso a China y a otros países aranceles al hierro, al acero y al aluminio por motivos de “seguridad nacional”. Por el mismo motivo restringió la exportación de bienes y servicios tecnológicos a China y a Rusia.

China y los Estados Unidos están preocupados con la dependencia que tienen de proveedores extranjeros respecto a productos que consideran esenciales para su seguridad nacional e intentan modificar las cadenas de suministro, atrayendo proveedores a su propio territorio, aun a costa de incrementar los costos de producción.

En el caso de tecnologías de uso dual (civil y militar) cada bloque aplica reservas de mercado. Las prohibiciones a transferir nuevas tecnologías, a vender compañías que controlan tecnologías de punta y el robo de la propiedad intelectual, se han vuelto moneda corriente.

El uso de la política comercial como factor de retorsión política crece a pasos agigantados. China lo utiliza como represalia contra países que critican sus políticas internas. Los Estados Unidos y sus aliados también lo han utilizado en su trato con Corea del Norte, Irán y Venezuela.

Dichas medidas se han agravado en el contexto de las sanciones (y contra sanciones) aplicadas después de la invasión rusa a Ucrania, y han desarticulado el funcionamiento de los mercados de energía, alimentos y fertilizantes.

Por su lado, la Unión Europea decidió “unilateralmente” introducir, a partir del año 2025, mecanismos de defensa comercial para combatir el calentamiento global a través de impuestos ligados al “contenido de carbón” de los productos importados. También amenaza restringir la importación desde países que degradan sus áreas forestales (el principal afectado seria Brasil).

La parálisis estructural de la OMC, el uso de las sanciones por motivos geopolíticos, las modificaciones en las cadenas de suministro y el surgimiento del cambio climático como un criterio adicional de restricción comercial, auguran conflictos que serán difíciles de resolver en un entorno internacional fragmentado, donde los Estados Unidos ya no actúan más como componedor de última instancia y China no ha tomado su relevo.

Por su parte, el sistema de Internet se volvió menos abierto y la intervención de los gobiernos en su funcionamiento se incrementó. El concepto de soberanía estatal sobre el Internet y la implementación de controles sobre lo que se transmite por la red (las “murallas de fuego”) se han vuelto una práctica habitual en los países autoritarios que tamizan la circulación de noticias.

Los gobiernos dictatoriales usan sistemáticamente el Internet para espiar y conocer las opiniones de su población. Los conflictos de seguridad cibernética y espionaje industrial se multiplican. La universalidad inicial de la red está siendo gradualmente suplantada por el control de la información y muchas de las grandes empresas proveedoras de servicios están fuertemente restringidas en su operatoria.

Finalmente, el uso de las finanzas como instrumento coercitivo en las relaciones internacionales ha tomado vuelo. Los mecanismos utilizados son los controles a los movimientos de capitales, restricciones al funcionamiento de los sistemas de pagos -como el swift- y, en casos más extremos, el congelamiento de fondos de estados soberanos depositados en el exterior.

Estos procedimientos fueron inicialmente utilizados contra las organizaciones terroristas islámicas, luego se extendieron a países como Corea del Norte e Irán, que se enfrentaban a los Estados Unidos en conflictos particularmente urticantes (la proliferación nuclear) y, recientemente, a Rusia después de su invasión a Ucrania.

En el caso de Rusia, se congelaron aproximadamente US$320.000 millones de sus reservas oficiales depositadas en bancos internacionales. Esto creó dudas en otros países respecto al uso del dólar como moneda de reserva internacional y respecto a la confiabilidad de los bancos como fieles depositarios. Seguramente, países como China y otros reevaluarán sus políticas de reservas internacionales para diversificarlas y minimizar los riesgos de una futura retorsión financiera.

Con el tiempo, el rol privilegiado del dólar en el sistema internacional sufrirá una erosión, pero mantendrá su primacía, porque no existe otra moneda que brinde los servicios de liquidez y transferibilidad que ofrece el dólar en la actualidad.

III. Argentina: Amiga de Todos y Aliada de Ninguno

A: Las Opciones

El riesgo de una guerra generalizada entre China y los Estados Unidos es bajo. La disuasión nuclear es efectiva porque ambas potencias tienen la capacidad de destruir a la otra en caso de una guerra total.

No se puede descartar que ocurra un conflicto convencional en el estrecho de Taiwán pues China no puede concretar sus ambiciones globales sin imponer su supremacía en los mares del sudeste asiático y los Estados Unidos no pueden sostener su rol de primera potencia mundial si son desplazados de Asia por la fuerza.

La invasión a Ucrania convierte a Rusia en un aliado de China y ha delineado con mayor claridad los contornos de ambos bloques. China y Rusia enfrentan el mismo rival, comparten sistemas de gobierno autocráticos y se oponen tenazmente al intervencionismo liberal en materia de democracia y derechos humanos. Sus economías son complementarias y su relación económica se intensificará en el futuro.

La guerra en Ucrania también fortalece a los Estados Unidos del cual Europa depende para su defensa. Europa tiene que convivir con una situación política y militar inestable en el centro del continente, mayores gastos en defensa y un rearme alemán que generará suspicacia entre sus vecinos. Su déficit energético y su dependencia del suministro ruso la obligan ahora a buscar fuentes alternativas y a poner en marcha una costosa reconversión energética.

El éxito de la Unión Europea como proyecto de integración económico y monetario no se ha traducido en poder militar y diplomático equivalente. Los recientes desencuentros en temas migratorios y en la gestión energética son síntomas de un malestar profundo. En muchos temas los intereses nacionales prevalecen, es difícil llegar a acuerdos satisfactorios entre tantos países y las desconfianzas históricas sobreviven a pesar de la convergencia económica.

En este turbulento entorno, la rivalidad entre los dos bloques en pugna se va a intensificar. El posicionamiento de la Argentina requiere un análisis detallado de los pros y contras de las opciones:

1. La Neutralidad Estricta: la ponen en práctica países ubicados en las fronteras calientes del conflicto y temerosos de verse involucrados directamente en un enfrentamiento bélico, como por ejemplo Bangladesh, Bután, Nepal y quizás Sri Lanka. Es lo que sucedió con Austria y Finlandia durante la última Guerra Fría y lo que probablemente ocurra en el caso de Ucrania, cuando se negocie una paz duradera. No se aplica a nuestras circunstancias.

2. El Alineamiento Automático: los países insertos en la zona de seguridad de una de las grandes potencias tienden a alinearse en lo militar con dicha potencia para minimizar los riegos a su seguridad sin dejar de participar en la economía global, si el actor principal no lo objeta.

Para China, es el caso de Camboya, Corea del Norte, Laos y Myanmar. Algo similar ocurre con los países de América Central, México y el Caribe que se alinearán automáticamente con los Estados Unidos por el predominio militar que dicha nación ejerce sobre la región. Es también el caso de Israel en el Medio Oriente. No se aplica a nuestras circunstancias.

3. El No-Alineamiento “Pasivo”: es efectivo solo en “escenarios multipolares” y cuando el país que las adopta, por su lejanía geográfica, no está involucrado en los conflictos entre las grandes potencias y procura desentenderse de los acontecimientos bélicos extra zona.

Fue en líneas generales la política de la Argentina entre 1860 y 1940 cuando privilegiamos nuestros intereses económicos globales sobre las preferencias geopolíticas de las grandes potencias europeas de aquella época. No es aplicable en las circunstancias internacionales actuales.

4. El No-Alineamiento “Activo” : sucede cuando la dirigencia de un país, “estratégicamente relevante”, instrumenta una política pendular para extraer beneficios económicos y/o militares de los contendientes. Fue el caso de Egipto, la India e Indonesia durante la Guerra Fría y quizás lo podrían aplicar en el futuro potencias regionales como Brasil, la India o Turquía.

Pero en un escenario de competencia hegemónica, el “no alineamiento activo” presenta riesgos significativos para países medios, como la Argentina, que no son “estratégicamente relevantes”.

Los dos grandes contendientes se vuelven altamente susceptibles (hasta agresivos) a las iniciativas de potencias medias cuando dichos comportamientos favorecen a su rival en el campo de la seguridad, el acceso a recursos escasos y las tecnologías de punta.

Beneficiarse de la competencia entre dos grandes rivales sin transformarse en víctima no es fácil, como lo ilustra el caso de nuestro país durante la Segunda Guerra Mundial. No es recomendable en nuestras circunstancias y mucho menos como furgón de cola de otras potencias que privilegiaran sus intereses.

5. Las Estrategias de Doble Vía: Es una estrategia de alineamientos cruzados donde las políticas resultan de balancear un conjunto diverso de intereses políticos, económicos y militares para optimizar el interés nacional.

Por ejemplo, países asiáticos como Corea del Sur, Filipinas, Indonesia, Japón, Singapur y Vietnam mantienen relaciones económicas estrechas con China, pero temen su expansionismo por motivos de proximidad geográfica y promueven simultáneamente un acercamiento estratégico con los Estados Unidos para equilibrar dichos riesgos.

Optan por llevar adelante una estrategia de “doble vía”, manteniendo una amplia cooperación en materia de comercio e inversiones con China y, simultáneamente, se asocian militarmente a la coalición de los Estados Unidos como aliados formales (Corea del Sur, Filipinas y Japón) o, en una versión más “light”, brindando acceso operativo a sus puertos e instalaciones militares (Indonesia, Singapur, Vietnam).

En América Latina, ésta podría ser la opción de países como Chile, Perú y México que se benefician del comercio y las inversiones chinas, pero que están ubicados en un área donde predomina la influencia militar norteamericana. Se aplica a nuestras circunstancias, pero adaptándola a nuestra situación particular.

B. La “Estrategia de Doble Vía” Argentina: Tener Muchos Amigos y Meterse en Pocos Problemas.

Debemos asumir con realismo el papel que nos toca en el escenario mundial. Adoptar una política internacional pragmática y de bajo perfil. Centrarnos en nuestros intereses económicos y políticos concretos y no tratar de influir demasiado regionalmente y mucho menos globalmente. En síntesis, ambicionar el perfil internacional de países como Australia o Suiza y no el de Francia o Brasil.

Nuestra política exterior no debiera definirse a partir de preferencias ideológicas o partidarias. Las declaraciones grandilocuentes y la búsqueda de protagonismos raramente rinden beneficios y dar lecciones públicas a países más poderosos no es el método más apropiado para recibir su apoyo o minimizar su aversión.

Tampoco tenemos los atributos de poder para gravitar en el diseño de las reglas que conforman el sistema político mundial y no estamos moralmente obligados a actuar más allá de nuestras verdaderas capacidades (recordemos la antigua ley romana: “ultra virus memo obligatur”).

La “Estrategia de Doble Vía” nos facilitará las relaciones económicas y políticas con ambos rivales, sin abandonar nuestro compromiso con la democracia y el estado de derecho, en consonancia con el régimen político en el cual hemos elegido vivir.

En materia económica, nuestro mercado es el mundo y nuestros intereses son globales. Debemos ser pragmáticos en todo lo que beneficia el desarrollo nacional.

Será necesario negociar numerosos acuerdos de libre comercio para diversificar y profundizar nuestras relaciones económicas con todos aquellos países que son importadores potenciales de nuestros productos o proveedores de capital productivo. A manera de ejemplo, Australia ha celebrado 27 acuerdos de libre comercio (bilaterales o plurilaterales), Chile 32, Suiza 35 y Turquía 27.

Respecto a Brasil, debemos reconocer que tiene ambiciones y problemas globales que no nos atañen. Brasil es mucho más dependiente del mercado chino que la Argentina y esto, junto a su membrecía en los BRICS, influenciará sus opciones geopolíticas globales en formas que no serán siempre coincidentes con nuestros intereses. Tampoco estamos involucrados en los problemas ambientales generados por la deforestación del Amazonas o interesados en participar activamente en negociaciones globales (por ej. la paz del Medio Oriente), que no son de nuestro interés vital.

Con Brasil debemos desarrollar una relación pragmática e intensa de integración en el ámbito regional. En particular, debiéramos ampliar el comercio bilateral eliminando las numerosas restricciones paraarancelarias que lo obstruyen en la actualidad y poner en práctica una política de amplia y reciproca cooperación en todos los temas regionales relevantes (fronteras, seguridad, migraciones, salud, educación, cooperación científica, etc.).

Respecto a Chile, Uruguay, Paraguay y Bolivia no debemos inmiscuirnos en su política interna salvo cuando impacte negativamente sobre nuestros intereses nacionales de largo plazo. Los criterios de acción debieran ser una amplia cooperación política, la integración física y económica y la defensa de la democracia.

El desarrollo de Vaca Muerta nos brinda la posibilidad de transformarnos en el principal proveedor de gas natural de Chile y de Uruguay (ambos países son deficitarios), lo que contribuiría a consolidar la integración económica y política con ambos vecinos y fortalecería nuestra posición negociadora con ellos en los demás temas que nos interesan.

El desarrollo de la Hidrovía es prioritario en términos de política regional y nos abriría oportunidades concretas para profundizar la integración económica y política con Bolivia, Brasil Paraguay y Uruguay.

A su vez, nos brindaría la posibilidad de beneficiarnos de la producción, el transporte, la logística y todos los servicios relacionados de una vasta área de integración física y económica que va desde el Mato Grosso y Santa Cruz de la Sierra hasta el Río de la Plata.

Expandir física y operativamente la Hidrovía, mejorar los servicios a los usuarios, ampliar y modernizar la navegación, facilitar la instalación y el funcionamiento de terminales agro-exportadoras y puertos y promover los numerosos servicios relacionados, nos ofrece grandes oportunidades de negocios que contribuirán a expandir nuestra economía e integrarla a la de nuestros vecinos.

Nuestro endeudamiento externo excesivo debilita nuestra posición internacional. La competencia bipolar incrementa el perfil intervencionista de las grandes potencias en los asuntos internos de los países medios como la Argentina. Nos hemos transformado en una “nación mendicante” que regularmente deja de pagar sus deudas y depende, como un adicto, de quién le presta dinero en los momentos de apuro. De la mano de un indispensable ordenamiento monetario y fiscal interno, debemos reducir drásticamente nuestra dependencia financiera externa.

Poner en marcha la “Doble Vía”, requiere evaluar cuidadosamente los temores y los intereses vitales de los dos grandes rivales y ser consciente de las “líneas rojas”, que no deben cruzarse. Hay que tener bien en claro qué podemos obtener de uno sin poner en peligro la relación con el otro.

En mi opinión, los temas vitales de los Estados Unidos en la Argentina (sus “líneas rojas”) son tres: (i) hacer buenos negocios, (ii) proteger su importante stock de inversiones directas en nuestro país y (iii) excluir una presencia militar china activa en la región. Nuestro objetivo es conservar y fortalecer la relación amplia y cordial que hemos mantenido con los Estados Unidos, Japón y sus aliados europeos durante décadas.

Históricamente, el Cono Sur no fue una prioridad estratégica para Washington, que prioriza los negocios en la región. Dicha situación se modificó y los Estados Unidos adoptaron políticas intervencionistas cuando una gran potencia extra hemisférica -con la cual se enfrentaban globalmente- pretendió intervenir activamente en la región. Le ocurrió a la Argentina durante la Segunda Guerra Mundial, a Brasil (en 1964) y a Chile (en 1973) durante la Guerra Fría.

En el campo de la seguridad no se trata de una alianza formal sino de mantener viva una asociación informal que se inició durante las presidencias de Arturo Frondizi y John Kennedy. Adquirir equipamiento militar de los Estados Unidos o de sus aliados, entrenar oficiales en sus escuelas militares, participar de operaciones navales conjuntas con los países vecinos del Atlántico Sur e involucrarnos en misiones de paz de las Naciones Unidas.

Los Estados Unidos no nos necesitan como aliado militar pero indudablemente resentirían una presencia militar china en nuestro territorio. Los Estados Unidos tienen los medios y la capacidad para ejercer su poder militar en el hemisferio, habilidad que ni los chinos ni los rusos tendrán por muchos años.

La concesión de puertos o de vías navegables, la adquisición de tecnologías de uso dual (por ejemplo, el sistema de comunicaciones G5) o la instalación de cables submarinos de comunicaciones, son temas que suscitarían preocupación en Washington.

Si no elegimos bien nuestro posicionamiento estratégico estaremos expuestos a hacerlo bajo presión y en las peores de las circunstancias. La cooperación militar con los Estados Unidos y sus aliados occidentales debe estar limitada a temas defensivos y regionales y ser instrumentada en estrecha cooperación con nuestros vecinos.

Esta mayor sensibilidad de los Estados Unidos respecto a la presencia china en nuestra región nos abre, si sabemos gestionarla, oportunidades para un relacionamiento más provechoso en temas comerciales, tecnológicos y financieros.

Será más fácil expeditar aprobaciones sanitarias y regulatorias que faciliten la exportación de productos regionales (frutas, vinos, legumbres, tabaco, carne, la pesca, biodiesel, litio, etc.), atraer una mayor participación de empresas norteamericanas en nuestro sector productivo, facilitar el acceso de nuestro sector privado a su mercado de capitales (Wall Street) y avanzar en una cooperación más ventajosa en todo lo relacionado al turismo y a los intercambios educacionales, en ambas direcciones.

Los temas vitales para China (sus “líneas rojas”) también son tres: (i) asegurar el acceso de sus manufacturas al mercado argentino “en condiciones de nación más favorecida”; (ii) garantizar un aprovisionamiento confiable para sus importaciones de materias primas (soja, alimentos, litio, petróleo y quizás en el futuro cobre) y (iii) respetar y proteger las inversiones realizadas y los préstamos otorgados a nuestro país.

Mientras que para los norteamericanos los temas de defensa en nuestra región son prioritarios, para China son secundarios. Por supuesto, si la oportunidad se presenta, China aprovechará la debilidad argentina para promover sus intereses de seguridad, como lo hizo con la instalación de la base de seguimiento espacial en Neuquén en el 2014. Se trató de aprovechar una oportunidad, no de una política de largo plazo.

Indudablemente, el veloz crecimiento de Asia, y en particular de China, nos abre importantes mercados para nuestras exportaciones y la posibilidad de atraer capitales para ampliar nuestro potencial productivo.

En la actualidad, nuestras exportaciones a China son modestas y excesivamente concentradas en pocos productos (soja, carnes y algunos productos regionales). Nuestros vecinos exportan anualmente mucho más que nosotros (Brasil aproximadamente US$90.000 millones, Chile US$23.000 millones y Perú US$13.000 millones) y su balanza comercial es superavitaria; mientras que la Argentina apenas exportó US$6.500 millones y acumuló un déficit comercial de US$55.000 millones durante la última década.

Nuestras exportaciones a China deben incrementarse y diversificarse para equilibrar la balanza comercial. En materia de inversiones deberíamos combinar sus compras de materias primas con inversiones en la infraestructura necesarias para llevar dichos productos al mercado. Las inversiones en litio, cobre y en energías renovables, así como los préstamos para modernizar los ferrocarriles, van en la dirección correcta.

Debemos asegurarnos un campo de juego nivelado: que empresas argentinas participen como socios en los emprendimientos, que se priorice el uso de la mano de obra y proveedores locales, que se tomen los recaudos ambientales apropiados y que los proyectos que realice directamente el Estado sean prioritarios y socialmente rentables. 

Nuestra postura con China debiera ser explicitada tanto con ellos como con los norteamericanos. Ser un proveedor confiable, cumplir los acuerdos y poner en marcha todos los negocios beneficiosos para ambos países que no impliquen consecuencias geopolíticas negativas para la Argentina.

¡Salgamos a conquistar el mundo y dejemos de vivir encerrados entre cuatro paredes!

Top
We use cookies to improve our website. By continuing to use this website, you are giving consent to cookies being used. More details…