Jueves, 24 Junio 2021 01:26

"Una humilde y ardiente esperanza" - Por Miguel de Lorenzo

Escrito por Miguel de Lorenzo

Murió María Cristina Picón, viuda del capitán Viola. Decimos murió ahora, es cierto, pero apenas es una parte de la verdad. Había empezado a morir, allá en 1974 cuando vio a su marido despedazado por la metralla terrorista. 

Aún estremecida, salpicada por esa sangre amada, muere otra vez, quién lo dudaría, cuando descubre que también su hija de tres años, estaba sin vida a su lado.

No es difícil imaginar las diversas muertes que la habrán rodeado en cada una de las ocho operaciones de su otra hija, herida gravemente en el mismo atentado.

Algo parecido a la muerte habrá sentido también cuando supo, que esos mismos criminales, por una extraña cosa que en esta tierra suelen nombrar como justicia, habían sido liberados, apenas 6 años después de esos crímenes atroces.

Dando cima al espanto, el estado argentino, al que ninguna miseria le es ajena, les concede a los terroristas, a los autores de esa infamia trágica, a modo de premio, o vaya uno a saber porque desastrada razón, decide regalarles unos cuantos millones.

A pesar de tanta adversidad, más allá de la penumbra y el dolor, María Cristina perdonó a los asesinos. El dato que la ennoblece, no hace sino resaltar la inapelable distancia moral que la eleva por sobre el inextinguible odio terrorista.

Aparenta estar lejos en el tiempo 1974 y la guerra civil de ese entonces, sin embargo cómo no advertir que todo continúa. La corrupción en abominable esplendor, va sembrando su carga de miseria y destrucción, nuestra historia falsificada a designio, y la mayor degradación social y política acaso como nunca conocimos.

En realidad, poco o nada cambió, tal vez los medios sean distintos, pero seguimos sumergidos dentro de esta desesperante agonía de la patria que se va deshaciendo en cenizas.

Murió María Picón, y hay un gran silencio en el país. Hasta cierto punto es comprensible, no es difícil aceptar que un país degradado, con gesto algo simiesco, haga silencio, desconcertado frente a la tenacidad intacta de la nobleza.

Nosotros humilde, orgullosamente, la recordaremos y honraremos como la mujer capaz de aquel feliz heroísmo cotidiano que le permitió seguir adelante traspasada de dolor, en medio de pérdidas, amarguras y fracasos, amordazada y desamparada, pero además increíblemente tenaz en el propósito de revelar la verdad de la historia.

Un azar, tal vez no extraño a la sabiduría, hizo que también que el 18 de junio muriese Jovina Luna. Hermana del legendario Hermindo que supo decir aquello de "aquí no se rinde nadie, carajo" y murió exactamente así, sin claudicar, sin ceder ni un milímetro su puesto de centinela, ante la furia terrorista.

Jovina había tomado el relevo del caído glorioso, y por cierto que realizó un trabajo no menos íntegro que paciente, en un tiempo casi suspendido, podía relatar una y mil veces la verdad acerca del infame ataque montonero al regimiento 29 en Formosa.

Las dos mujeres nos dejan herencia real: contra viento y marea, en la mayor adversidad, tomaron en sus brazos el honor de la patria y de sus héroes.

No sería impropio adjudicar a María Cristina y a Jovina estas líneas de Bernanos: "La humanidad no puede ver sin angustia reducirse el número de los hombres anónimos, que no habiendo conocido jamás los honores ni los beneficios de la gloria, se niegan a consentir en la injusticia y viven del único bien que les queda: una humilde y ardiente esperanza".

Top
We use cookies to improve our website. By continuing to use this website, you are giving consent to cookies being used. More details…