La doctrina radical establece fines y objetivos generales de orden democrático, programa diseñado oportunamente por los constituyentes de 1853, que permanecen inalterables. Lo que si cambia necesariamente son los medios e instrumentos para llevar a cabo esos principios. Ninguno de los grandes líderes que el radicalismo obsequió a la historia de la República (Alem, Yrigoyen, Alvear, Lebensohn, Balbín, Illia, Alfonsín) planteó jamás un alejamiento de los valores históricos esenciales y constitutivos de nuestra nacionalidad condensados en la Constitución.
La UCR tiene por razones morales un peso cualitativo igual o superior al número de sus seguidores o sus votantes ya que tiene a su cargo un deber adicional al del resto de las colectividades partidarias: su condición de agente pacificador y de búsqueda del bien común y el bienestar general, aún a costa de sus propios intereses de facción. Vale decir que en sus fines es superior el solidarismo por sobre el individualismo.
Las crisis y rupturas radicales han aparejado discontinuidades institucionales de notoria incidencia social poniendo en emergencia la gobernabilidad democrática. Las mayores tragedias institucionales argentinas derivaron de las divisiones radicales, 1924 y 1956 básicamente.
Su rol desde su fundación y el tránsito a través de tres siglos de vida sigue siendo fundamental en la construcción para el país de una agenda política republicana y democrática pero orientada decididamente a la construcción de una sociedad igualitaria con progreso social.
Esa es a mi juicio la justificación histórica y la misión electoral que ha tenido y tiene la Unión Cívica Radical. En gran medida dependerá en el futuro de que haga honor a ese compromiso.
(#) Presidente del Instituto Nacional Yrigoyeneano.



