Pero esto no es un ranking. Es un espejo astillado donde se refleja lo que somos cuando el poder se queda sin argumentos y empieza a tenerle pánico a las preguntas. No es una crisis de prensa, es una confesión involuntaria: cuando el que manda no tolera que lo miren fijo, es porque ya no puede hablar sin gritar.
Milei no es un outsider. Es el presidente de la Nación, con presupuesto, con la lapicera, con el dedo índice convertido en fusil. Y usa ese poder para perseguir, estigmatizar, humillar. Gobierna como un tuitero con insomnio y bronca crónica, mientras medio país almuerza promesas vencidas y los trolls reparten la verdad como si fuera un token de $LIBRA.
El Día del Trabajador, mientras millones laburaban o la remaban en silencio, el libertador digital se trepó al púlpito de X y preguntó si los periodistas tienen derecho a “golpear con el micrófono en la cara”. Como si preguntar fuera un acto de violencia y no el último reflejo de una república que respira por tubos gracias a los pocos valientes que todavía se animan a sostenerla.
Y coronó su homilía con una daga envenenada:
“No odiamos lo suficiente a los periodistas.”
Una frase que no fue lapsus, ni chiste, ni sarcasmo: fue doctrina. Un silbato para jaurías. Una orden seca, filosa, brutal. Un disparo simbólico que suele terminar en carne. Es Milei firmando su guerra contra la Libertad con el dedito presidencial en prime time.
Obviamente, los perros de presa no tardaron en salir. Trolls rentados, influencers con viático estatal, monotributistas de la posverdad, fantasmas con alias tipo “Gordo Dan”, “Trosko Libertario”, “Pancho el Facha”, “Teorema de Caputo”. Todos exigiendo que se meta presos a periodistas por decreto, como si estuviéramos en 1976, pero con memes, filtros de TikTok de adolescentes tardíos suscriptos a OnlyFans.
El delirio escaló tanto que hasta Gabriel Levinas —sí, ese Levinas, el tipo que sobrevivió a dictaduras y censuras— tuvo que salir a explicarles que Alfonsín no metió preso a un periodista, sino a un operador. ¿La respuesta del ecosistema libertroll?
“¿Y si metemos preso a Levinas?”
Lo dicen como chiste. Como quien le apoya un arma descargada a alguien para ver si se asusta. Spoiler: el arma ya está cargada.
Reporteros Sin Fronteras dice que estamos entre los países con “problemas significativos” para ejercer el periodismo. Lenguaje diplomático para no decir lo obvio: esto no es un problema, es un plan. Un plan quirúrgico como un bisturí oxidado.
A los medios críticos, los desfinancia.
A los afines, los riega con pauta.
A los periodistas dóciles, los abraza con guita negra de la AFI.
A los incómodos, los marca con tuit.
A la pauta, la convierte en látigo.
Y el que no aplaude, no cobra. Y el que pregunta, sobra.
No es locura. Es estrategia.
La hostilidad no es un exabrupto: es línea editorial de la Rosada. Es Milei devenido en Stuka argentino —una bomba con WiFi y sin límites— que sobrevuela la escena mediática para arrasar cualquier disidencia, mientras en tierra los cronistas ponen el cuerpo sin blindaje.
Porque no odia a todos los periodistas. Solo a los que no se arrodillan. A los que lo bajan del púlpito y lo invitan a discutir con los pies en el barro. A los otros —los obsecuentes, los que repiten su dogma con devoción bíblica— les tira RT, pauta, entrevistas. Hasta los que empiezan diciendo una crítica tímida y terminan con un “ah pero…” que licúa la realidad hasta convertirla en fábula.
Porque el odio también pauta.
Y en esta era, no se persigue: se ridiculiza hasta el silencio.
¿Entonces qué queda? ¿El silencio? ¿La autocensura? ¿El exilio del que pregunta?
No, estimados.
Queda resistir.
Queda escribir aunque duela.
Preguntar aunque tiemble la voz.
Hablar aunque nadie aplauda.
Porque el periodismo que incomoda es el único que vale.
Porque si callamos, gana el relato del poder.
Y cuando el poder gana sin que lo molesten, la democracia deja de ser sistema y se convierte en eslogan.
Esto fue Periodismo Sin Aplausos.
Porque a la verdad no se la aplaude. Se la banca hasta el final.
Fuente: www.ricardobenedetti.com



