Ahora, abramos la puerta de par en par y hablemos sin filtro, como se hace entre personas grandes.
El PRO fue solo. Como fueron solos los restos de lo que alguna vez fue Juntos por el Cambio. El radicalismo, perdido en asambleas de renovación. Los lilitos, de duelo eterno por la República, valiosos pero aislados. Y otros tantos que miraban para otro lado, midiéndose en solitario, mientras la Ciudad se convertía en un ring de dos extremos: Milei por la derecha brutal, Santoro por la izquierda resiliente. El centro, ese espacio que alguna vez fue protagonista, llegó quebrado, sin voz, sin relato y sin estrategia.
Y ojo, que si esas fuerzas hubieran ido juntas —sí, juntas de nuevo, aunque te duela la comparación por algunos personajes que no te cierran— conformando un Frente del Centro Democrático, hoy podrían haber peleado palmo a palmo el primer lugar. No lo digo por nostalgia. Lo digo por matemática política. Los votos estuvieron, pero mal distribuidos, divididos, desperdiciados.
Reflexiones al hueso:
1. Los que ya están saltando a las filas libertarias con la ilusión de salvarse la ropa, de pegarse al campeón de turno, de obtener una migaja de poder en el nuevo reparto… van a sumar poco y nada. No porque no sean hábiles, sino porque el mileísmo no los necesita ni los respeta. Y sus votos, que eran propios, se van a diluir. Sirve, al menos, para limpiar el terreno: los que se venden por un carguito no merecen ni espacio ni tribuna. Que se vayan, pero que se vayan para no volver.
2. El votante libertario, ese que salió primero en CABA, no tiene en el radar la corrupción como algo grave. Lo que para vos y para mí es un escándalo —el caso $LIBRA, voltear Ficha Limpia por el pacto de LLA con Cristina, los massistas kirchneristas en el Gobierno disfrazados de “Viva la libertad carajo compañeros”, el uso discrecional del Estado como chequera privada— para ellos es ruido blanco. Como lo fue en los 90 con Menem. Como lo fue con el kirchnerismo en su década dorada. A esos regímenes no los volteó la corrupción. Los volteó la economía. El hartazgo. La podredumbre a cielo abierto.
Menem cayó cuando el 1 a 1 estalló y ya no había a quién comprar con espejitos. El kirchnerismo empezó a perder cuando chocó con el campo, cuando el “vamos por todo” se volvió búmeran, cuando el asesinato de Nisman rompió la pantalla. La impunidad los cebó. Y el pueblo, tarde pero seguro, los devolvió al llano.
Hoy el mileísmo está en su luna de miel. Firme, compacto, con un liderazgo incuestionable, mediáticamente blindado y sin oposición seria a la vista. Pero los vicios del poder ya se le notan. El desprecio por las reglas. El amor por el conflicto. La persecución al que piensa distinto. El uso del Estado como teatro de guerra. Se creen invencibles. Pero ya vimos esta película. Y siempre, siempre termina igual: con una caída estrepitosa y un pueblo golpeado.
La pregunta que nos queda es: ¿vamos a esperar que nos golpee el fracaso para despertarnos otra vez?
Porque lo que viene ahora, si tenés un poco de vocación política, es enfrentar este viento a favor de los libertarios. Bancarse la tormenta con la frente alta. Aprovechar que muchos referentes están huyendo a sus filas como ratas con GPS, buscando seguir prendidos del Estado o aferrarse a una cuota de poder del nuevo patrón.
Y ahí, en ese desconcierto, rearmarse. Recuperar el centro democrático, plural, moderno. Salir del barro de los extremos tóxicos que nos tironean como si la Argentina fuera una piñata que se reparte entre iluminados. Prepararnos para el 2027. O para cuando las circunstancias nos vuelvan a necesitar.
Porque no se trata de volver. Se trata de volver mejores. De construir una alternativa que no nos obligue a elegir entre el cinismo autoritario y la nostalgia fracasada. Una opción que crea en el progreso real, sin humo, sin relato, sin atajos. Y, fundamentalmente, con líderes nuevos apoyados por nuestros viejos referentes republicanos.
Y eso, amigo lector, no va a caer del cielo. Va a salir de vos, de mí, de nosotros. Si es que todavía queda alguien que no se vendió, que no se rindió y que no se olvidó para qué carajo entró a la política.
Esto fue Periodismo Sin Aplausos.
Porque a la libertad no se la aplaude. Se la defiende.


¿Sabés qué pasó el 18 de mayo en CABA? Que votó la mitad. Literal. Un 53,3% de participación. El otro 47% se quedó en la cucha, mirando el país desde el balcón mientras los que sí fueron a las urnas le dieron el triunfo a Milei en la Ciudad más política del país. 