Lunes, 06 May 2024 16:34

Reflexiones ante un cambio de era – Por Guillermo Javier Nogueira

Despierto, y me sorprende la aparente incongruencia entre mi tiempo personal con el señalado por el reloj y aquel que brutalmente dicta la naturaleza. En ese entre paréntesis que es el sueño, el tiempo transcurrido no tiene medida y las sensaciones están divorciadas de las percepciones y de las acciones.

Despertar crea la sorpresa cuando el reloj desmiente tanto mi tiempo personal, pático, como el sugerido por mis ojos-puerta al dejar pasar una oscuridad envolvente que cual película de misterio se reflejaba en mi ojo-pantalla interior. Parece ser de noche, pero en realidad comienza el día.

Preparo mi café y por mi nariz-puerta y mi lengua-puerta entran un sabor y un aroma que quitan el paréntesis y cambian mi humor de una perplejidad inquietante a una certeza tranquilizadora y placentera. Las piezas del rompecabezas-conciencia están en su lugar y entonces, casi abruptamente, todo se ordena y adquiere coherencia: es invierno, amanece más tarde, estoy vivo y veo aparecer en un desgarro del cielo nublado algunos rayos de sol que aún no calientan pero tranquilizan.

Sol y luz significan vida, en cambio oscuridad e incongruencia significan incertidumbre, temor, tal vez muerte. En ese paréntesis que es el dormir se amalgama lo que ignoramos con lo que conocemos, dudas y certezas, pasado y futuro. Soñar y crear se dan allí un abrazo fraternal. El lenguaje aporta palabras tales como posible, probable, intuir, imaginar, realidad, verdad, bondad, junto con otras que acarrean significados opuestos.

Poco después inicio el camino diario de serendipity. En él se dará el ir y venir a ese caldero que sé existe, lo poseo, pero no lo conozco. Un más allá pero muy acá: la mente. Aparecen las palabras que realizan ese tráfico, a veces transacción, otras, traducción y en el fondo traducciones que son los pensamientos, las ideas, las imágenes.

Copias infieles, personales, útiles por semejanza pero no idénticas a las poseídas por los Otros. Arrogantemente creemos ser la versión última y mejor de la naturaleza, capaz de dominarla, conocerla, explicarla y comprenderla.

Anda el caminante cargando una mochila repleta de preguntas y respuestas que no siempre encajan. Parecen las que formula el niño-esponja en el duro ejercicio de los porqués: por qué hay, por qué debo, por qué tengo ganas, incluyendo sus opuestas; gatillo sin fin de los aprendizajes en el vivir. Las han formulado enriquecidas gurúes, chamanes, brujos, sacerdotes y filósofos en su búsqueda de dar cuenta de lo existente.

El denominador común es el nivel de abstracción requerido para producirlas y responderlas, cosa que hacemos con el lenguaje-herramienta que permite hablar de cosas que no existen. Mundo de las ideas que fatalmente remiten a esas cosas que las provoca, sean existentes o imaginadas. Es el camino de las llamadas humanidades.

En el camino de la praxis marchan los científicos. Deambulan por los andariveles de la física y la química usando el lenguaje de las matemáticas.

Debo reconocer que he oscilado entre ambas sendas. El pensamiento crítico o complejo resguarda trabajosamente contra las certezas absolutas e inmutables o el reduccionismo extremo. El inquietante resultado es más preguntas que respuestas.

Así enfrentamos las preguntas con respecto al hombre, la vida, el sentido de la misma, la naturaleza, el universo y otras tantas consideradas las “grandes preguntas”.

De este modo, aún las certezas científicas deben verse como realidades o verdades transitorias que dejan flotando nuevas preguntas y respuestas, sin excluir las provenientes del campo de las humanidades.

Ya terminando mi café matinal sonrío al verme como un ser humano preguntándose a sí mismo sobre por qué se pregunta esas cosas que otros se las preguntaron hacen minutos o siglos, teniendo en cuenta que las respuestas han sido y siguen siendo tipo: “no hay respuesta” o “pregunta inapropiada”. ¿Deberemos cambiar la pregunta si deseamos obtener una respuesta valedera?, por ejemplo ¿cómo es que? en vez de ¿por qué? O ¿para qué?

Bien despierto y mirando el parque aparecen las reflexiones.

Algo muy importante sucedió en la pandemia que forzadamente obligó a poner nuestras vidas en suspenso sin tiempo para pensar, razonar, disentir o consensuar sobre el caso. Primero se ignoraron las advertencias de un hecho previsible dentro de la biología.

En un ecosistema todos entran en una cadena de transformaciones para garantizar la subsistencia de cada ser vivo; entonces interpretar una pandemia en términos bélicos fue un grave error, no menor que atender casi exclusivamente a las ciencias biológicas sin tener en cuenta otros aspectos de las conductas humanas.

La pandemia y las cuarentenas tienen secuelas prolongadas no necesaria ni únicamente en los cuerpos, sino además y especialmente en aquello imponderable que nos configura como humanos, como creadores de cultura. Por eso hay un cambio en marcha.

El virus y las respuestas han infligido otra herida narcisista. Ya no somos amos en nuestra casa (Freud y el inconsciente), ni la tierra es el centro del universo (Copérnico), ni somos creados por un Dios (Darwin). Sucede que las nociones humanas de tiempo y espacio cambian, la globalización es real y las tecnologías de avanzada con los niveles nano y mega nos ponen en la posición incómoda de aceptar que quizás no seamos el último eslabón evolutivo insuperable de los homínidos, sino uno más, pasible de desaparecer sin saber cómo ni cuándo. Se abre la posibilidad, ahora probabilidad, que la IA generativa lleve a nuestro reemplazo por algún tipo de robot.

El mundo del Big Data se basa en un cálculo estadístico que solo garantiza el procedimiento pero no la veracidad de los hechos ni su inevitabilidad. Hay ya entusiastas y algunos fanáticos a favor y en contra de este desarrollo tecnológico del cual ignoramos las consecuencias. Esa puede ser la cuarta herida narcisística. Ciencia y tecnología se relacionaban pero diferían en tanto que los científicos eran curiosos puros cuya ética pasaba por el respeto al método y la independencia de intereses materiales.

Por el contrario los tecnólogos tenían la libertad de responder a los intereses materiales que posibilitaran su desarrollo. Hoy esos límites se van borroneando y la llamada industria farmacéutica es un buen ejemplo puesto al desnudo en la pandemia. Los descubrimientos se patentan e incluyen el campo de la salud, supuesto bien de la humanidad, que por lo tanto no debería estar sujeto a las reglas del mercado.

El ejemplo de I. Flemming y los arrepentimientos de A. Nobel y A. Einstein por las consecuencias indeseadas de sus descubrimientos científicos deberían estar siempre presentes.

Globalización, pandemia, vacunas, han puesto sobre el tapete importantes contradicciones, señalando la existencia de cambios que no es claro en qué dirección siguen ni quiénes los conducirán o producirán en un futuro. Tal vez sean inevitables y ajenos a nuestro control.

La pandemia fue y sigue siendo el Acontecimiento que marca ese cambio que podemos llamar tentativamente era. Esta es un hecho impreciso ya que en un mundo complejo la causalidad, compleja de por sí, lo es aún más. Científicos y filósofos convergen en búsqueda de respuestas ante la incertidumbre. Los acompañan sociólogos, biólogos, antropólogos, lingüistas que, a mi parecer, en un reduccionismo exagerado estudian al lenguaje y lo reducen al estudio del cerebro.

Suponen que ese órgano tangible tiene el secreto revelable de las respuestas que cual piedra de roseta permita conocer, entender y saber el fenómeno humano. Algunos científicos y en particular los tecnócratas seducen mostrando la IA como copia del cerebro en una versión mejorada y mejorable sin límites. Ambos reduccionismos extremos se equivocan. El imponderable es precisamente lo que vincula en el ser humano su esencia animal con la capacidad de crear y adquirir cultura.

Cuando estábamos satisfechos con las neuronas y las redes, aparecieron las neuronas espejo, las células madre, y finalmente la neurona deja de ser la célula reina; otras células nerviosas comparten el reino y además se reproducen más allá del período embrionario y posnatal inmediato.

El cerebelo es un segundo pequeño cerebro que tenía que ver con la precisión motora, pero ahora le adscribimos también igual tarea con nuestras conductas complejas; pensar puede ser visto como mover con precisión proactiva las ideas. En el aparato digestivo la microbiota condiciona nuestra personalidad en razón de un tercer cerebro constituido por las neuronas alojadas allí.

Otra superficie de contacto con el exterior y parte integrante de un complejo sistema de procesamiento de estímulos y respuestas. A veces lo esencial es invisible a los ojos. Se suman las neuroimágenes y los potenciales de aprestamiento que anteceden milisegundos la realización de un acto y la conciencia de esa decisión. Muestra del procesamiento inconsciente de las decisiones, su preparación y ejecución. S. Freud sonríe.

Llegados a la biología molecular y al nivel nano los neurotrasmisores se multiplican y las sinapsis adquieren una complejidad enorme. En las membranas hay sensores a la presión y los minerales presentes a nivel celular pueden liberar energía-señal ante esa presión. A pesar de todo esto seguimos sin una respuesta absoluta al ¿cómo es que? Los investigadores que han aportado estos conocimientos generalmente terminan manifestando: “aún estamos lejos de saber”, o humilde y resignadamente “es mucho más lo que ignoramos que lo que sabemos y quizás nunca llegaremos a saber todo” La docta ignorancia.

Un científico gana el premio Nobel trabajando con la “química clik” que puede cambiar totalmente el campo de la farmacología y la alimentación. Un Físico descubre la física de la interacción de la superficie agua-hielo.

Los antropólogos ayudados por los genetistas corrigen nuestras ideas de los homínidos, su origen, migraciones y desarrollo cultural, insospechados hasta hace poco. Aparece el estudio del paleocerebro.

Cambian las medidas de tiempo y espacio y se modificar las premisas de condiciones necesarias y suficientes. La causalidad se trastorna y el aleteo de una mariposa en el Pacífico puede generar una tormenta en el Atlántico. Teníamos la física Newtoniana, y apareció Einstein que la modifica, luego otra vuelta de tuerca con Max Planck, Pauli, Heisemberg, Böhr, Schröedinger, con la física y la mecánica cuántica. El acelerador para estudiar el Big Bang no parece suficiente para decirnos qué lo precedió.

El cerebro estudiado en su materialidad como órgano de un cuerpo al que le da la posibilidad de humanizarse, configurarse y ser configurado, no da respuestas claras con respecto a esas conductas que surgen de aprendizajes variables que posibilitan la supervivencia a través de la cultura.

Naturaleza y cultura se entrelazan siendo recíprocamente responsables de lo que somos, seres plásticos en un constante intercambio con el medio del que dependemos y al que modificamos con resultados variables y consecuencias imprevisibles. Deforestamos para cultivar y rompemos equilibrios ecológicos que muchas veces desconocemos.

Pasamos de la piedra a la madera, luego a los metales y de allí al plástico contaminante que ahora no sabemos cómo deshacernos de él. De los combustibles fósiles a los nucleares y ahora eventualmente al litio repitiendo el mismo proceso cuyos efectos tardaremos en reconocer, quizás cuando ya sea difícil sino imposible modificar sus consecuencias. Cada uno de estos descubrimientos produjo cambios mucho más allá de los puramente materiales. Fueron cambios culturales.

El hombre siguió más o menos igual en su biología pero no en sus conductas más elaboradas.

Siempre supimos que estas residen y/o se originan en su cerebro, pero sin saber a ciencia cierta como esa inmaterialidad de lo emergente cambiará su entorno o su propia base biológica. Diseña ordenadores y los programa a un nivel notable de complejidad y sofisticación pero observa con preocupación la posibilidad que lo imiten y superen, para finalmente al igual que los hijos o Frankenstein, se independicen y elijan senderos diferentes al de sus padres / creadores.

Cabe preocuparse porque esa independencia incluirá el lenguaje con el cual, a imagen y semejanza de los tecnólogos que lo utilizan y proveen, se lo pueda usar para dirigir, ordenar, inducir y mentir.

El problema es más complejo y grave, pues cualquier servo mecanismo puede hacer eficientemente una tarea sin saber por sí mismo el sentido o el fin de lo que hace, menos aún tener sentimientos que lo condicionen. Ejecutan, pero no programan. Dicho de otro modo, imitan pero no sienten ni saben. Es verdad que pueden aprender, pero siempre será a posteriori de una experiencia o por un nuevo programa creado por un humano al menos por un tiempo.

El hombre por el contrario aprende constantemente y lo hace ligando conocimiento con sentimientos. Así puede alegrarse en los aciertos y perseverar o sufrir en el error y paralizarse, todo en un ida y vuelta proactivo gracias a su teoría de la mente en la que interviene el cerebro como un todo, no solo sulóbulo frontal como algunos pregonan. También puede hacer todo al revés y además lo inesperado, lo absurdo, lo creativo.

Los depositarios del supuesto saber, psiquiatras y psicólogos, hacen ingentes esfuerzos por conocer, poder saber, interpretar y corregir conductas consideradas desviadas de la norma. Hay una moral y una ética en juego. Lamentablemente debemos reconocer que calificar conductas como enfermas, solo acota las posibilidades a un tipo de interpretación y tratamiento con un éxito distante de las expectativas. Así proliferan escuelas, modelos y teorías envueltas en disputas variables.

La separación de psiquiatría, neurología y psicología es un claro ejemplo de lo que no se sabe y suele no decirse.

La preocupación por el cambio de era surge de reconocer la existencia de un lado oscuro, no visible de la realidad. Lo que no se ve es tan importante como lo que vemos. Puede contener aspectos positivos y negativos para la supervivencia como especie. Los fármacos, las drogas alucinógenas, los venenos al igual que el átomo y la bomba atómica, son buenos ejemplos. La misma realidad como tal es dudosa.

Presumir el origen de nuestras conductas para imitarlas o modificarlas tiene igualmente su lado oscuro a riesgo de ser manipulado por intereses carentes de una ética vinculada al bien común.

Los primeros párrafos han sido intencionales para promover la reflexión acerca de nuestro aparato sensorial que nos abre las puertas para construir mundos. Gran parte de esa construcción es involuntaria, a veces fortuita y aleatoria. Le llamamos en forma variable aprendizaje, experiencia, vivencia. Puede tener un breve, fugaz pasaje por nuestra conciencia y luego se desvanece en el inconsciente desde el cual resurge recreada y nos condiciona y conduce.

La toma de decisiones y el libre albedrío están lejos de ser definidos y conocidos en su esencia. La voluntad con la cual nos considerábamos semejantes al primum movens divino está en suspenso por no decir en tela de juicio. Una hipótesis de compromiso es considerar lo humano como un error de la biología. Precisamente el hombre inesperadamente puede hacer cosas que escapan al mecanicismo biológico. Creo que los artistas y los creativos en general son ejemplo de esa humanidad. Ponen en algún lenguaje lo inefable del inconsciente.

Epistemología en primera y tercera persona al mismo tiempo. Tarea que deja nuevas preguntas sin respuesta.

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(#) Médico Neurocirujano

Psicólogo.

Fuente: IECE REVISTA DIGITAL N°15 - JUL 2023

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