Lunes, 23 Marzo 2020 21:00

La verdad de Bocaccio - Por Rogelio Alaniz

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Un relato sobre la epidemia, de rigurosa actualidad.

 

La iglesia estaba desierta. El miedo al contagio desoló también la casa de Dios, donde solo oraban siete chicas de familias acomodadas de aquel barrio bien de la ciudad. Tras la misa comentaron la crisis sanitaria y plantearon la idea de apartarse del peligro aislándose un par de semanas en una casa de campo. Tres muchachos, que entraron después en el templo, se entusiasmaron con el proyecto cuando les propusieron participar”.

El lector supondrá que se trata de una crónica contemporánea acerca de la decisión de un grupo de jóvenes dispuestos a combatir de la manera más placentera posible el coronavirus. Es probable que su curiosidad lo lleve al lector a consultar dónde ocurrió esto, si en nuestro país, en algún país vecino o en Europa, porque la única pista que dispone hasta el momento es que lo sucedido transcurre en una iglesia.

Pues bien, la crónica es verdadera, está registrada a modo de prólogo en un texto que explica con palabras certeras los estragos que ha provocado la epidemia, pero para nuestra sorpresa los acontecimientos no ocurren en 2020 sino en el año 1348, en la muy distinguida ciudad de Florencia.

El autor de la “crónica” se llama Giovanni Bocaccio y el libro que escribirá unos años después se conocerá con el nombre de “Decamerón. Qué chico es el mundo y qué previsibles suelen los comportamientos de los hombres cuando están colocados en situaciones límites.

La peste que conoce Bocaccio llegó de Oriente con los barcos, los marinos y las ratas. Florencia entonces tenía alrededor de 120.000 habitantes y se supone que murieron en menos de cuatro meses casi la tercera parte de la población. Al resto de Europa no le fue mejor. La tragedia hizo pensar a los hombres de entonces que el anunciado fin del mundo había llegado.

La peste no perdonó ni a ricos ni a pobres. En aquellos años la medicina daba sus primeros pasos y el único saber aceptado era el religioso. La peste por lo tanto era un castigo de Dios por nuestros pecados. Rezar, arrepentirse y aceptar la muerte con los consabidos flagelos, era una de las posibles soluciones. La otra respuesta, fue la del puñado de hombres que suponía que Dios no había creado a la humanidad para castigarla sino para perdonarla.

Como lo relata Bocaccio en su prólogo, la peste puso en evidencia lo mejor y lo peor de la condición humana. Florencia sufre, pero también se corrompe. Es ese el contexto que le permite escribir una obra de ficción en la que los protagonistas son los jóvenes y a través de ellos la gente del pueblo. Siete hermosas mujeres y tres muchachos apuestos deciden abandonar Florencia y recluirse en Villa Palmieri ubicada a pocos kilómetros de Florencia. ¿Para qué? Para disfrutar de la vida. De los placeres del cuerpo y del alma.

Bocaccio con el “Decamerón” no solo imagina una coartada placentera para diez jóvenes, sino que (tal vez sin proponérselo) está anunciando el Renacimiento, el principio de que el hombre es la medida de todas las cosas y que nuestras pasiones, nuestros errores e incluso excesos, nos humanizan.

El Decamerón es ficción, pero esa ficción da una respuesta al mundo de entonces más certera que la que atinaban a dar los teólogos y los príncipes. El historiador noruego, Olej Benedictow, autor del libro más documentado y mejor escrito sobre la peste en el siglo XIV, sostiene que el Decamerón puede ser un libro ingenioso, pero carece de rigor histórico porque la “huida” de los jóvenes a la villa campestre en lugar de eludir los rigores de la peste los aceleraba.

Benedictow no se equivoca en términos históricos, pero desconoce la capacidad de la ficción para interpretar la realidad por caminos que nos son los de los archivos. Hoy sabemos que la ficción no miente, sino que indaga sobre la verdad con otros procedimientos. Para el caso, poco importa saber si en Villa Palmieri había o no más chances de contraer la peste, porque lo que a Bocaccio le interesa es afirmar en un mundo en crisis el valor de los sentidos, los fueros del humor, las licencias del placer y entre otras consideraciones los atributos y la dignidad de la mujer.

A ese escenario macabro de apestados, en donde todos los vicios parecen convocarse, Bocaccio contrapone el placer, la alegría, el ingenio, es decir los atributos que le dan sentido y significado a la maravilla de vivir. Así lo entendieron Passolini y los hermanos Taviani. Así lo entendió Vargas Llosa, quien recreó algunos de los cuentos del “Decamerón” para el teatro.

¿Nos dice algo Bocaccio desde aquel pasado remoto? Diría que su logro fue haber percibido en un escenario de muerte que el mundo debía cambiar y que ese cambio debía comenzar por un cambio acerca de las maneras de vivir. Sin Bocaccio es imposible entender el mundo moderno y hasta nos costaría imaginar a Shakespeare, Montaigne y Cervantes.

Conclusión: la pandemia del corona virus seguramente será controlada, pero entonces habrá que preguntarse si el virus además de advertirnos sobre los riesgos de la neumonía en tiempos de globalización, no nos está advirtiendo acerca de un mundo que si quiere ser leal a sus más caras tradiciones y esperanzas debería proponerse cambiar.

Rogelio Alaniz

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