Jueves, 26 Marzo 2020 21:00

Los dilemas de la pandemia - Por Vicente Massot

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A medida que la pandemia se extiende y la cuarentena se prolonga, surgen interrogantes que -al menos, de momento- carecen de respuesta. Pero no son dudas existenciales ni preguntas acerca del sexo de los ángeles.

 

Se refieren a cuestiones concretas y a fenómenos inéditos, nacidos como consecuencia de un virus que hace temblar al mundo. Al mismo tiempo, le quitan el sueño tanto a los funcionarios del gobierno nacional como a todo aquel que tenga responsabilidades ejecutivas a nivel provincial y municipal. No son -ni muchos menos- dudas planteadas con base en principios ideológicos. En esto nada tiene que ver la visión del mundo que cada uno defienda; o las observancias de carácter doctrinario que, en mayor o menor medida, llevamos a cuestas.

Por de pronto está la cuestión de hasta dónde determinadas franjas de la sociedad argentina podrán aguantar la cuarentena sin violarla. Entre los sectores con menos recursos, en las villas de emergencia y las barriadas más pobres del país, la idea de permanecer encerradas familias enteras en domicilios diminutos y precarios por espacio de semanas es algo que no se necesita ser un experto para darse cuenta de que resulta de muy difícil cumplimiento. La tentación o disposición de saltar la valla y salir a la calle tenderá a incrementarse conforme la política instrumentada por la administración actual se acentúe.

Dicho de otra manera, los problemas de hacinamiento -por un lado- y de falta de recursos -por el otro- son tanto más tolerables cuanto menor sea la cantidad de días de encierro. Pero como todo hace prever que el primer límite -fijado para finales del mes en curso- será corrido y deberemos estar a cubierto de la pandemia dentro de nuestras casas hasta después de Semana Santa, imaginar que todos aquellos que forman parte de la economía informal -para poner un ejemplo- respetarán religiosamente la orden gubernamental, es asunto debatible. Que esa indisciplina -para definirla sin pretensiones académicas- no es patrimonio de los argentinos, ha quedado transparentado en la reacción de no pocos franceses luego de que el gobierno galo recomendara el aislamiento. Salieron despedidos hacia los lugares de veraneo como aquí los que marcharon con rumbo a la costa y ahora no están autorizados a regresar.

La dificultad mayor no estriba, con todo, en la actitud de las clases medio-altas y altas. Por irresponsables que hayan sido los 30.000 compatriotas que decidieron ignorar la recomendación presidencial del 13 de marzo y viajar al exterior, lo que asusta es cuánto puede pasar en el Gran Rosario y -por supuesto- en los departamentos más pobres de la provincia de Buenos Aires.

La demostración más cabal de esa preocupación se puso de manifiesto en la reunión que el lunes congregó, en la Quinta de Olivos, al presidente con algunos de los intendentes más importantes del primer y del segundo cordón del gran Buenos Aires, incluido -aun cuando su situación sea menos complicada- el representante del lord mayor de la ciudad capital, Diego Santilli. Nadie conoce mejor la constitución sociológica del conurbano bonaerense que los jefes comunales peronistas y macristas, indistintamente. A ninguno de ellos se les escapa que los territorios que administran podrían convertirse en polvorines si al mismo tiempo no recibiesen ayuda económica de la Nación y no se reforzarse, de manera superlativa, el dispositivo de seguridad que ha comenzado a montarse para hacer frente a una emergencia desconocida.

De distintas provincias bajan pedidos para que se implante el estado de sitio. Con buen criterio, es una medida que -por ahora- Alberto Fernández no está dispuesto a tomar. Aunque el solo hecho de que haya trascendido el reclamo de Gerardo Morales y de Omar Perotti al respecto, y que la semana pasada la mismísima ministro de Seguridad de la Nación -Sabrina Frederic- hiciera al pasar mención del tema, demuestra a las claras que ningún resorte está descartado a priori. El rechazo de ponerlo en práctica es producto, menos de las eventuales comparaciones que pudiesen hacerse con el último régimen militar o de tener a los militares desplegados a lo largo y ancho de una o de varias provincias para mantener el orden que de los efectos que se seguirían en el supuesto de que las fuerzas desplegadas tuviesen que reprimir y no pudiesen hacerlo.

Una cosa es sacar tropas a la calle con el propósito de devolverle el quicio perdido a una sociedad que hubiera sido asaltada por bandas terroristas o estuviese a merced de los carteles del narcotráfico -para dar dos ejemplos que cualquiera entendería- y otra bien distinta es ponerlas en la situación límite de tener que hacer uso de la fuerza con el propósito de detener a una pueblada cuyo objetivo fuese buscar comida o trabajo. A diez personas se las puede detener, a 100 también. Si son mil. la cosa se complica; y, si estallasen focos en distintos lugares al mismo tiempo, el conflicto podría llegar a topes dramáticos.

La estrategia de contención que ha obrado el oficialismo con el respaldo unánime del arco opositor no ha podido ser más rápido y juicioso. Pero hay una realidad que nos juega en contra: el estado de la Argentina. Si bien los reflejos de Alberto Fernández demostraron ser más rápidos que los del premier italiano y los de Boris Johnson y también que los del presidente español -las pruebas están a la vista- nuestro subdesarrollo es cosa desconocida en Europa. El gobierno argentino ha sido capaz de adelantarse en materia sanitaria, aunque en punto a recursos fiscales disponibles, las arcas están exhaustas y -en consecuencia- no hay más remedio que apelar a la emisión.

Los estados del mundo desarrollado tienen una ventaja infinita: allí es posible auxiliar a las maltrechas economías reales con incentivos de todo tipo; aquí, en cambio, nos manejamos con aspirinas necesarias -sin duda- pero con efectos colaterales indeseados. Echar mano a la máquina de hacer dinero en un país donde su moneda no es reserva de valor y donde el equilibrio fiscal saltará por los aires, sería suicida en otras circunstancias. En esta parece inevitable, con consecuencias sociales a corto y mediano plazo tremendas.

Ha prendido la idea de que cuando la pandemia cese nada será igual. Que el mundo y la economía se desenvolverán de una forma distinta a como venían funcionando y que eso le ofrecerá, a quienes sepan aprovecharlas, ventajas importantes al momento de poner en marcha el aparato productivo tan castigado por la crisis. En materia de pronósticos las fantasías suelen tener mejor acogida que los análisis serios. Sobre todo, si rebosan optimismo. Dejando de lado las tonterías de que la humanidad aprende siempre de las catástrofes -lo cual no es cierto, suponiendo que la humanidad exista- lo único que sabemos es que, más allá de cómo termine la saga de la deuda externa, el país de los argentinos deberá enfrentar una situación más grave que la crisis de l989, que la de 2001 y que la del 2008.


Vicente Massot

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