Miércoles, 03 Junio 2020 21:00

La “Ochentena” - Por Carlos Berro Madero

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El sentido común sugiere, con bastante claridad, que ante cualquier crisis social –de la naturaleza que sea-, un gobierno debería tomar medidas de prevención para que ésta no se profundice, asesorado por representantes que se correspondan con las distintas vulnerabilidades que aquella provoca en las distintas incumbencias de los ciudadanos.

 

Porque la composición de todas las crisis en general –de la índole que sean-, establecen escenarios en los que se pierde la posibilidad de ofrecer “refugio” certero a quienes se ven afectados por necesidades que nacen y se desarrollan con las “funciones de las tripas”, como señalan coloquialmente algunos sociólogos.

Esto va cambiando hoy día a una gran velocidad, afectando las necesidades temporales del hombre no solo en lo concerniente a la salud, sino también respecto de sus carencias materiales y afectivas, que mutan casi constantemente por una explosiva urbanización que nos empuja a todos hacia esa “temporalidad”.

Quienes quieren negarlo, se topan, tarde o temprano, con obstáculos que les obligan a desandar cualquier falta de consistencia intelectual para afrontarla debidamente.

“Antes de la hora, no es todavía la hora; después de la hora, ya no es más la hora: la hora es la hora”, solían decir los franceses durante la Segunda Guerra mientras se mantenían al acecho en sus trincheras; y esto es aplicable ciento por ciento a la resolución de nuestra actual cuarentena debida al coronavirus, que va en camino de convertirse en “ochentena” y quizás aún más.

Algunas crisis, como la que provoca el Covid-19, producen fenómenos de propagación totalmente inéditos y ameritan un profundo análisis de estrategias inteligentes a ser ejecutadas, que ALTERAN, INEVITABLEMENTE, LAS NOCIONES TRADICIONALES DE “TIEMPO” QUE RIGEN LAS RELACIONES HUMANAS y exigen abreviar la incertidumbre que provoca la adaptación a situaciones que comprimen a toda la sociedad en forma imprevista y agresiva.

El gobierno actual está constituido por los mismos que sentaron las bases para la crisis sanitaria y de pobreza que nos afecta, y está demostrando su incapacidad para manejar un problema que intentó minimizar de inicio (“estamos venciendo al virus, Alberto dixit) y hoy los tiene contra las cuerdas, abrumándonos con cuadros sinópticos que exhiben curvas jeroglíficas respecto del avance del virus, en relación con su posibilidad de atenderlos debidamente, habida cuenta de la limitada capacidad de armas disponibles para el combate, insuficientes para paliar años de desidia de sus políticas “abandónicas”.

Porque de lo que se trata no es de vencer o caer vencidos –palabras tan caras a las estrategias tradicionales del peronismo-, sino de integrar a toda la comunidad a un programa gradual de “acompañamiento” de la crisis, sabiendo que nunca se trata de cuestiones definitivas destinadas a prolongarse en el tiempo, SALVO SI SE LAS MINIMIZA ACENTUANDO UNA SOBERBIA QUE PRETENDA “DERROTARLAS” EN FORMA COMPULSIVA.

Al respecto, creemos oportuno transcribir unas reflexiones metafóricas del sociólogo estadounidense Alvin Toffler quien señala: “se observa hoy en día una inclinación a prescindir del médico de cabecera. El añorado médico de familia, que hacía medicina general y no poseía la refinada y peculiar competencia del especialista, pero tenía la ventaja de observar al mismo paciente casi desde la cuna hasta la tumba. Ese paciente que nunca permanece quieto y cuyos contactos con la realidad que lo circunda se hacen cada vez más breves”.

No es difícil colegir que ese médico de cabecera resumía en otros tiempos una experiencia nacida de la continuidad en el conocimiento de aquellos a quienes trataba, y hoy debería estar representado por consejos consultivos integrados por especialistas multidisciplinarios, para analizar cada una de las partes del “todo”.

El gobierno no parece haber tomado nota que, como se decía en la época de Rosas, “donde las dan las toman”; y el destino se está cobrando viejas cuentas pendientes en el momento más inoportuno para dirigentes que habían vuelto “mejores” y hoy han quedado retratados como lo que son: amigos de los apotegmas falsos y las disyuntivas inexistentes.

A todos aquellos que nos han preguntado por la luz al final del túnel, les hemos contestado que su aparición dependerá de nosotros, los ciudadanos del común, y del mayor o menor nivel de resignación que mantengamos para seguir maniatados por quienes han “atropellado” nuestras convicciones y nuestras esperanzas con mensajes fundidos en palabras y ademanes, semejantes a los redobles cacofónicos de algunos tambores parchados para disimular averías, acompañados por grotescos

pasos de una danza de elefantes.

Ese día, no habrá más cuarentenas u ochentenas que nos arredren. Ni sobrevivirán dogmas con los que se intente arrearnos por la nariz.

A buen entendedor, pocas palabras.

Carlos Berro Madero
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