Miércoles, 22 Julio 2020 21:00

Marcarle la cancha a Alberto. De eso se trata - Por Vicente Massot

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Aun cuando fuera su deseo más profundo, Cristina Kirchner no podría prescindir del hombre que eligió para encabezar la fórmula electoral del Frente de Todos. Si deseara desalojarlo de Balcarce 50, no lo conseguiría.

 

Juan Domingo Perón era capaz de sacarse de encima a Héctor Cámpora sin necesidad de articular una explicación o fundamentar, con oropeles jurídicos, su decisión. Bastaba un gesto para desembarazarse del personaje cuyo servilismo iba en zaga con el poder vicario que ostentaba. A la actual vicepresidente semejante grado de discrecionalidad no le está permitido. Será la jefa natural del espacio en el cual conviven los peronistas en medio de rivalidades, zancadillas y odios apenas soterrados, pero ello no le alcanza para hacer lo que le venga en gana.

Su propósito, con todo, no es ponerle palos en la rueda a la administración de Alberto Fernández sino el de marcarle la cancha. De manera especial, en el campo judicial y en el de la política exterior. La movida para remover a unos diez jueces que no comulgan con el kirchnerismo, ensayada por el representante de La Cámpora en el Consejo de la Magistratura, Gerónimo Ustarroz, y apoyada por el presidente de ese cuerpo, Alberto Lugones, y también el embate para destronar al Procurador General de la Nación, Eduardo Casal, y poner en su lugar a Víctor Abramovich -de lazos estrechos con el CELS y Horacio Verbitsky- no necesitan analizarse. Hablan por sí solos.

Más allá de fijarle límites, la Señora nunca ha pensado en gestar, a expensas de Alberto, un golpe palaciego. No lo considera un simple delegado a cargo del Ejecutivo. En pocas palabras, sabe que no se parece a Daniel Scioli y conoce bien el riesgo que correría de venirse abajo, con estrépito, el tinglado que los cobija, si acaso decidiese ensayar una pirueta disparatada. Ella lo necesita a él tanto como él requiere del apoyo de ella.

La cuarentena adelantó la puja que -por líneas interiores- se ha desatado en el kirchnerismo, aunque la gravedad de la situación también le puso lindes a la beligerancia. Sólo dos suicidas vocacionales -que no lo son- desatarían una guerra sin cuartel que terminaría dejándolos a ambos a la intemperie. La versión de que el dueño temporario de la Casa Rosada correría peligro de ser puesto en vereda y devuelto a su casa antes de cumplir el mandato para el cual fue elegido no resiste análisis, si se le adjudica a su vicepresidente el papel de verdugo.

El problema que aqueja a Alberto es la incompetencia que ha demostrado hasta el momento. Si algún riego se avizora en su horizonte no es el espectro de Cristina recortándose de manera ominosa delante de sus narices. Eso es una construcción mediática o -si se prefiere- pura acción psicológica. Lo verdaderamente serio es la crisis en la que está metido y no sabe cómo salir.

Apenas siete meses han transcurrido desde el día en el que le dieron el bastón de mando y sus laderos deben salir a defenderlo sin darse cuenta, en su apuro, que los argumentos que enarbolan poco o nada lo ayudan. ¿Habrá recapacitado el titular de la cartera de Defensa antes de proclamar en público que “hay que apoyarlo”? El flaco favor que le hizo no obstó para que la secretaria legal y técnica, Vilma Ibarra, se despachara a las pocas horas con otro sincericidio: “el liderazgo del presidente no se discute”. ¿Alguien puede imaginar a Carlos Menem o a Néstor Kirchner necesitados de estos andadores?

Alberto Fernández es una contradicción viva. Su locuacidad, unida al camaleonismo que arrastra desde tiempo inmemorial -fue nacionalista junto a Alberto Asseff en sus años mozos; menemista en los ’90; duhaldista cuando el tercer mandato consecutivo del riojano capotó; candidato a diputado del partido de Domingo Cavallo; jefe de gabinete del matrimonio patagónico; acérrimo anticristinista y, por fin, presidente por obra y gracia de la Señora, a quien menos linda le había dicho de todo desde su renuncia en 2009- hace que nadie atine a comprender dónde se encuentra en realidad parado. Por supuesto, sus continuas ideas y vueltas ayudan a generar incertidumbre donde debería existir confianza. Sobre todo, en los mercados. Hoy dice una cosa y mañana se apresura a desmentirla. Se envuelve en una bandera y, acto seguido, la deja olvidada como a un trasto viejo. Asume una posición y veinticuatro horas más tarde cruza de vereda y abraza la contraria. Irán, Vicentin y Venezuela no dejan mentir.

Y como si lo mencionado no fuera suficiente, el elenco que escogió para secundarlo luce desteñido, sin ideas ni capacidad para hacer frente a la tormenta que se les viene encima. Cualquiera dice cualquier cosa, dando la impresión de que nadie conduce. Para muestra vale un botón, reza el adagio. Mencionemos, al pasar, dos de singular importancia. Si se toman al pie de la letra las declaraciones del presidente, de Sergio Massa, de Felipe Sola, de Carlos Raimundi y de Jorge Argüello sobre el caso venezolano, es imposible descifrar cuál es la posición argentina. En términos económicos, a las declaraciones de la semana pasada de Cecilia Todesca -realistas por donde se las mirase y, por lo tanto, pesimistas- salió a responderle el jefe de gabinete, Santiago Cafiero, expresando muy orondo: “Ya viene la recuperación”. ¿Habrá querido hacer un chiste para distender los ánimos o -omo decía Groucho Marx- abrió la boca y confirmó la sospecha de su ignorancia?

Si el equipo que puso Alberto Fernández en la cancha está conformado por sus íntimos -Claudio Ferreño, Juan Zavaleta, Atilio Vitobello, Eduardo Valdés, Guillermo Olivieri, Santiago Cafiero, Vilma Ibarra, Felipe Sola, Miguel Pesce, Cecilia Todesca, Juan Cabandié y alguno más- es lógico que resulte un secreto a voces que deberá cambiarlo antes de fin de año. Salvo honrosas excepciones, los nombrados no tienen entidad suficiente para administrar la cosa pública en tiempos de crisis. Cuando llegue el momento, ¿a quién irá a buscar el presidente? ¿Podrá esta vez, como lo hizo en diciembre pasado, elegir a voluntad un nuevo elenco? ¿Acaso Cristina Fernández no decidirá, ahora sí, dar un paso al frente y rodearlo con funcionarios afines al Instituto Patria?

A medida que el descalabro económico cobre visibilidad, se hará menester realizar no sólo modificaciones a nivel ministerial sino en términos de las políticas públicas. Aunque el último de los equívocos presidenciales se haya referido a los planes -mientras a principios de su mandato se cansó de decir que tenía uno en carpeta para ejecutar después de resolver el tema de la deuda, al Financial Times acaba de confesarle que “francamente no cree en los planes” -es imposible navegar en semejante tempestad al garete, sin brújula ni norte prefijados. Las urgencias de la hora reclaman algo que parece compadecerse mal con la forma de tomar decisiones de Alberto Fernández: coherencia.

La sorpresiva respuesta de los tres grupos de bonistas extranjeros: el ACC, el Ad Hoc y el Exchange, a la propuesta “definitiva” del gobierno -según palabras textuales del presidente de la Nación y de su ministro Martín Guzmán- no hace más que agravar la situación. El rechazo de la oferta -que eso ha sido, más allá de la puerta que han dejado abierta- revela el grado de improvisación con el cual se ha manejado el titular de la cartera de Hacienda en la materia. Si se quiere evitar el default habrá que hacer nuevas concesiones.

Nada que esta administración no haya hecho antes. Si en cuatro oportunidades aceptó sentarse a renegociar, por qué imaginar que -con esa proverbial capacidad demostrada para obrar giros de carácter copernicanos en su derrotero- sea esta la excepción. Al margen de las palabras y de la dureza discursiva, la dupla Fernández-Guzmán se lleva las palmas en el poco decoroso, pero a veces necesario arte de ceder.


Vicente Massot

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