Lunes, 27 Julio 2020 21:00

El kirchnerismo, última “fase” de una decadencia sin freno - Por Carlos Berro Madero

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El kirchnerismo ha logrado que terminemos nadando todos en un estanque de aguas fétidas, donde lo bueno, lo verdadero y lo ilustre nadan mezclados con diversos microorganismos que han terminado infectando nuestra salud física y mental.

 

Así de simple. Aunque se enojen los partidarios de una gesta maléfica que insiste en redoblar la apuesta para obtener la igualdad social perseguida por su padre biológico, el peronismo, rechazando toda jerarquía inherente a la naturaleza humana, lo que nos ha recluido finalmente en el lugar más recóndito del planeta, al habernos puesto en manos de quienes nivelan lo sublime con lo monstruoso.

Sus dirigentes nos han convertido así en desdichados peregrinos, entregándonos al demonio que subyace en una naturaleza derrochadora, pedante, parca en el aprender y presta para huir de cualquier esfuerzo personal, dejándonos sumergidos en una soledad que defendemos con argumentos inverosímiles, como si estuviésemos literalmente trastornados.

Porque si volteamos la cabeza en derredor, advertiremos que hay quienes no ponen en duda ciertas experiencias luminosas que han dotado al conocimiento humano con una enorme riqueza conceptual, respetando todo lo que nosotros hemos rechazado mediante un pretencioso escepticismo “aristocrático”. Pregonero de otras “verdades” que, con sus características de degradación moral y material, han contribuido a hundirnos en una verdadera ciénaga política, económica y social.

Ahora, le ha tocado el turno a un confinamiento desatinado, tardío y extendido hasta la extravagancia, para combatir, con las armas de pacotilla de quienes nos gobiernan, un virus que pretenden derrotar como si se tratase de una guerra contra un enemigo visible, señalando al mismo tiempo con petulancia a aquellos países que al utilizar otros métodos mucho más lógicos de abordaje de la crisis pandémica, demostraron un espíritu de adaptación superior ante lo desconocido.

Primero cayó la guillotina conceptual sobre Suecia y Noruega; luego sobre Italia y Francia, para recalar finalmente en Brasil y Estados Unidos (a quienes siempre solemos mirar con recelo). Sin decir ni “mu” de México, por supuesto, por tratarse de un país con el que el actual gobierno mantiene afinidades ideológicas.

El Presidente Fernández, que en su momento nos comparó con Alemania, acaba de decir, muy suelto de cuerpo al respecto de estas cuestiones: “Dios me guió” (sic). Mientras tanto, la circulación del Covid-19 aumenta diariamente en forma exponencial, colocándonos en situaciones aún más acuciantes que las sufridas por los países “recusados” por su gobierno.

Pensando en todo esto, se nos ocurrió ejemplificar la situación con una breve historia que tiene relación con la vida real.

La misma cuenta del propietario de una heladera de primera marca nacional, que un buen día comprueba que ésta no enfría lo suficiente - luego de haber sufrido diversas fallas a través del tiempo-, y decide llamar al servicio autorizado del fabricante. Después de varias dilaciones, un buen día aparece un individuo que se baja de un auto último modelo con una valija minúscula de herramientas.

Llama a la puerta y manifiesta haber venido a hacerse cargo del reclamo.

Se instala frente a la heladera, la mira como si fuese la primera vez que tuviera frente a sí un artefacto de la fábrica a la que representa, comienza a tocar todos los controles y hace diversas preguntas a su dueño: “¿cerró Ud. la puerta con demasiada fuerza alguna vez? ¿Al limpiarla movió la perilla que aumenta o disminuye la temperatura bruscamente? ¿El percance por el que reclama viene ocurriendo desde hace algún tiempo?”

Acto seguido y sin oír las eventuales respuestas, abre su valijita, donde tintinean diversas arandelas de distinto tamaño (vaya a saber uno para qué uso), unas pocas herramientas, alambre de fardo y algunos tornillos dispersos sin ton ni son; da vuelta el artefacto y comienza a destornillar la parrilla posterior detrás de la cual se encuentra la bocha refrigerante y la golpea, primero suavemente, luego con más fuerza. Acto seguido, abre la puerta frontal del artefacto, introduce su mano en él como si fuera un tester de temperatura y masculla casi entre dientes: “estas heladeras están mal hechas y las piezas con que las arman son de muy mala calidad; no duran nada; se lo digo por experiencia”.

A continuación, hurga en su valija nuevamente, saca el alambre, se voltea hacia la bocha mencionada y la ata contra la parrilla posterior.

Se da vuelta a continuación con aire sabihondo mirando al propietario, y sin haber comprobado la efectividad de su “atadura”, le dice: “Ya está. Tenía flojo el anclaje de la bocha. Esto puede durar o no. No se lo puedo decir ahora, pero si no fuese así, le aconsejo que compre una heladera nueva, porque ésta ya no tiene garantía y hoy, Ud. sabe, las cosas no duran nada”.

Ante la sorpresa de un propietario abrumado por su “sapiencia” gaseosa, el técnico saca un formulario, escribe una suma de varias cifras y cobra su servicio, pidiendo un vaso de agua por el esfuerzo realizado.

Una vez que abandona el escenario, el infortunado convocante queda literalmente “en suspenso”, pensando que quizá le convenga cambiar el artefacto antes que comience a fallar nuevamente “y se me pudra toda la comida”, barrunta.

¿Qué hace entonces? ¿Cambia de marca? ¿Investiga otra solución mejor para el futuro? ¿Consulta con algún ingeniero amigo?

No señores: se dirige a un comercio del ramo a los pocos días y compra otra heladera de la misma marca, aunque quede expuesto a sufrir nuevamente las consecuencias de la supuesta mala calidad del producto.

Aclaración final (por las dudas): la heladera representa al kirchnerismo peronista; el técnico personifica a sus dirigentes; el propietario somos todos nosotros.

A buen entendedor, pocas palabras.

Carlos Berro Madero
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