Jueves, 13 Agosto 2020 21:00

Una crisis asintomática que demora las reacciones - Por Sergio Berensztein

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En Esperando la carroza, el recordado film de Alejandro Doria (1985), los personajes, suponiendo erróneamente que Mamá Cora se había suicidado, asisten a un funeral en el que no tenían a quien velar.

 

Nuestra realidad actual muestra la cara opuesta: influenciados por nuestra historia contemporánea, donde se destacan episodios traumáticos como el Rodrigazo (1975), la hiperinflación (1989-1990) y la caída de la convertibilidad (2001), estamos esperando que suceda un evento dramático concreto para tomar conciencia como sociedad de que estamos en medio de una de nuestras típicas crisis terminales.

Todos los indicadores económicos y sociales ponen en evidencia, con inusitada nitidez, el infierno en el que nos encontramos. La crisis ya llegó: estamos frente a una caída récord del producto bruto interno, una disminución sin precedente del empleo registrado (a pesar de que están prohibidos los despidos, otra manifestación de lo absurdo del concepto "Estado presente"), un déficit fiscal sin precedente, miles de empresas que cerraron sus puertas o están a punto de hacerlo y una pobreza y una indigencia que no paran de aumentar. Parece que hubiésemos naturalizado las espeluznantes cifras del Observatorio de la Deuda Social de la UCA, que nos revelan que estamos hipotecando otra generación de jóvenes argentinos a los que condenamos a subsistir sin los umbrales elementales en términos de ingresos y bienes públicos como para que alguna vez se sientan ciudadanos en serio. Se entiende entonces que las ambulancias de Ishii deban repartir Rivotril.

Muchas familias de clase media y media alta, que hasta hace poco sacaban el dinero del país para preservar sus ahorros de las pulsiones depredadoras de nuestra dirigencia política, se resignan a continuar sus proyectos de vida en otras latitudes, como España y Uruguay

En este contexto, muchas familias de clase media y media alta, que hasta hace poco sacaban el dinero del país para preservar sus ahorros de las pulsiones depredadoras de nuestra dirigencia política, se resignan a continuar sus proyectos de vida en otras latitudes, como España y Uruguay. Son los sectores más y mejor educados de nuestra sociedad: estamos dilapidando el stock de capital humano, que en este capitalismo global basado en el conocimiento es, por lejos, el más importante. Esta hemorragia de algunas de nuestras mejores mentes, de muchos y brillantes emprendedores y de mano de obra muy calificada implica también una pérdida irreparable de ingresos a futuro: estos argentinos se agregarán a nuestra legión extranjera de exitosos ciudadanos del mundo a quienes su país no les brindó oportunidades de desarrollo personal ni profesional o, peor aún, los cansó con los cambios permanentes en las reglas del juego, las súbitas pérdidas de ingresos, los caprichos absurdos de gobernantes que se empecinan en complicar las cosas más sencillas y, en especial, la inseguridad.

Más sorprendente resulta el hecho de que el Gobierno, lejos de tener un sentido de urgencia, considere que la actual situación puede ser manejada, como es costumbre en este país extraviado que continúa con su decadencia secular, sin un plan estratégico. De hecho, ni siquiera plantea un programa económico orientado a minimizar y eventualmente revertir el impacto combinado de la pandemia y de la pesada crisis que recibieron los Fernández. Pocas veces experimentamos tamaña asimetría entre la objetiva gravedad de la crisis y la parsimonia de un gobierno que se da el lujo de perder el tiempo en cuestiones irrelevantes. Iniciativas como la de los gabinetes temáticos resultan tragicómicas: como si el problema central fuera de coordinación intraburocrática (pareciera que el aislamiento del poder vuelve autorreferencial a gente que hasta poco demostraba sensatez y un sentido de realidad ahora evaporado). Sin plan ni lineamientos adecuados, una mejora teórica en la coordinación de una agenda insustancial solo profundiza la inconsistencia de la gestión.

Otros proyectos, como el de la mal llamada reforma judicial, permiten ratificar el pésimo funcionamiento del conjunto del sistema político. Los principales especialistas en la materia la vetan por anacrónica, sesgada, cara y poco práctica. Buena parte de los actores de la Justicia, incluido Julio Piumato, la rechazan del plano por no responder a las principales demandas de la ciudadanía. En efecto, un núcleo muy importante de la sociedad argentina sospecha que se trata de una mera pantomima para avanzar en una autoamnistía y se pregunta qué hará Cristina Kirchner cuando compruebe, más temprano que tarde, que este nuevo intento de influenciar en los fallos de la Justicia Federal también fracasará. En general, en casos similares optó por redoblar la apuesta. ¿Cómo se materializaría eso en las actuales circunstancias?

Para peor, los pocos inversores que luego del acuerdo con los bonistas comenzaban a desempolvar algunas carpetas con proyectos en el país huyen espantados de un gobierno que busca transformar a la Justicia (no solo a la Corte Suprema) en una amalgama pseudoinstitucional moldeable a las necesidades y obsesiones de una facción ahora gobernante. ¿Quién podría animarse a arriesgar aquí su dinero sin garantías de que se pueda litigar de forma mínimamente imparcial? Aunque termine en una nueva frustración, como ocurre en el país con casi todos los intentos de reforma institucional, al menos a nivel nacional, el mero hecho de que sea impulsada es suficiente para ahuyentar a los hombres de negocios.

Ante la ausencia de mínimos criterios que ordenen la agenda oficial, el breve documento que hizo público Lavagna logró, con muy poco, generar una expectativa notable. Le bastó con apelar a obviedades como impulsar las inversiones, la creación de empleo en el sector privado y mitigar la presión impositiva. El líder de Consenso Federal apunta a formalizar la economía en función de un marco normativo claro y estable que incentive los cambios educativos, tecnológicos y productivos de modo de fomentar la competitividad. Es decir, los conceptos fundamentales de cualquier manual serio de política pública de los últimos sesenta años. Se trata, conviene enfatizarlo, de la receta inversa que predominó en ese lapso en el país y que ahora replica este gobierno, que en su afán de mimetizarse con el alfonsinismo no sabe, no quiere o no puede ofrecer una propuesta aggiornada, valiente y sensata, diseñada de acuerdo con los desafíos de este desconcertante siglo XXI.

Una foto casi perfecta del extravío argentino fue el encuentro vía Zoom entre el PJ y el Partido Comunista chino, que intercambiaron experiencias sobre la formación de cuadros y la lucha contra la pobreza. Una pena que no haya participado Grabois para comentar su cara y bucólica utopía de reforma agraria y economía familiar. Se hubiera enterado de que China se convirtió en cuatro décadas en una potencia dominante haciendo exactamente lo contrario: apostando por una industrialización acelerada, inversión en tecnología y capital humano y desarrollo de un poderoso sistema financiero. Una gran transformación a la Polanyi que en dos generaciones convirtió a muchos campesinos en multimillonarios. Ojalá que los farmers que imagina Grabois puedan venderles alguna vez cerdos orgánicos.

Sergio Berensztein

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