Domingo, 16 Agosto 2020 21:00

"Fue la chorra de más fama que pisó la 33" - Por Rogelio Alaniz

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Atendiendo a las pintorescas operaciones verbales que se traman desde el poder oficial, sería prudente empezar a ponernos de acuerdo acerca del significado de las palabras porque, como diría tía Cata, estos señores me quieren hacer pasar gato por liebre o, como alguna vez dijera tío Colacho: "Me quieren hacer pasar mate de leche por ropero provenzal".

 

Comencemos por uno de los recursos retóricos preferidos: "Terminar con la grieta".

El deseo parece tan puro como repartir miguitas de pan entre las palomitas blancas de la plaza o, ¿por qué no?, reformar la justicia. Todo muy tierno, pero no bien prestamos atención a las relaciones entre significado y significante, o a las mañas como la de esconder el filoso puñal debajo del pacífico poncho, arribamos a la melancólica sospecha de que el proclamado fin de la grieta se reduce al hecho algo procaz y demasiado previsible de liberar a la Jefa, a sus parientes y a sus socios de cualquier imputación judicial. Esta suerte de punto final a la grieta coincidiría sugestivamente con el objetivo público y visible de la reforma judicial.

La compañera Milagros Sala ya lo expresó con su habitual lucidez: "Si no hay reforma judicial no va a pasar nada con nosotros". Más claro échale agua. En definitiva, muchas palabras para decir y hacer lo que todos –oficialistas y opositores- sabemos.

Señor o señora opositora o simplemente decente: ignore lo evidente, cierre los ojos, mire para otro lado o hágase el distraído, y en el acto dejará de ser un obsesivo y feroz cavador de grietas. Después de todo, ya sabemos que errar es humano, pero perdonar es divino. Supongo que muchas más alternativas no quedan, porque atendiendo a la evidencia de los expedientes y pruebas que comprometen a la compañera jefa, solo alguien investido con poderes o atributos divinos podría animarse a postular que es inocente. Y así y todo sospecho que ese curioso Dios del Partenón del Calafate se vería en serias dificultades para proclamar la inocencia de la Jefa, porque, las pruebas son tan evidentes, que no hay manera de salvarla por derecha. O se trampea con los jueces o se manipula la ley o se queman los expedientes.

La otra variable de los compañeros para demostrar la lealtad a la Señora es la de instalar en el sentido común de la sociedad que en realidad ladrones somos todos.

Algo así como la solución "Cambalache": "En el mismo lodo todos manoseaos". La conclusión acerca de este singular operativo es previsible: si todos somos ladrones, todos somos inocentes. Acto seguido, una generosa amnistía o un oportuno indulto, faena que desde 1983 a la fecha el peronismo siempre ha estado dispuesto a realizar.

El operativo no es imposible, pero para el final feliz hace falta demostrar que el gobierno de Macri fue también una maquinaria decidida a saquear los recursos nacionales. Todo es posible en esta viña del Señor, pero me temo que para ponerlo a Macri a la altura de la Señora hace falta mucho. Hace falta, por ejemplo, actores bizarros decididos a protagonizar episodios como La Rosadita, o funcionarios de primera línea revoleando bolsos con millones de dólares en las puertas de algún convento, o cuadernos en los que se detalle hora por hora, día por día, la procesión de bolsos desde los antros de recaudación hasta la Casa Rosada o algún piso lujoso de la Recoleta. Admitamos con la mano en el corazón que no es fácil para montar una obra a la altura de la que montaron los K, conseguir personajes como López, De Vido, Báez, Ulloa o Boudou.

Se arguye que la Señora bajo ningún punto de vista quiere ser indultada porque ello significaría admitir que cometió delitos. Permítanme ser algo escéptico respecto a la consistencia de las convicciones de la abogada exitosa.

Puede que la Señora aspire al bronce y a que en el poblado almanaque de próceres de nuestro país se le asigne un día para ella con feriado y marcha patriótica incluida.

Admitamos que en estos pagos todo puede ser posible (incluido que uno de los centros culturales más importante del país, lleve el nombre de un señor cuyo exclusivo aporte a la cultura ha sido el de ponerse de rodillas ante una caja fuerte), pero reconozcamos que algunas dificultades hay para obtener la impunidad con medallita incluida, sobre todo cuando el saqueo de los recursos nacionales fue muy evidente y hasta demasiado grosero.

La Señora aspira al bronce, pero como está muy lejos de ser Juana Azurduy y ya presintió la cercanía de la cárcel, sospecho que con algunos rezongos y arrumacos concluiría aceptando el indulto, con el mismo pragmatismo con que en su momento admitió que entre sus deseos de consumar su ambición presidencial y la certeza de que si perdía las elecciones concluía entre rejas, optó por candidatear al señor que en los últimos años no había vacilado en calificarla de cínica, psicópata, tramposa y algunas otras bellezas por el estilo.

Admitamos, de todos modos, que la Señora sabía muy bien con los bueyes que araba, por lo que en ningún momento dudó que su candidato que en algún momento había sido tan duro con ella no vacilaría, en nombre de la causa nacional y popular, en negar antes de que cante el gallo todo lo que había dicho.

¿Y entonces? Entonces, que tío Alberto ponga en la mesa lo que se debe poner y recurra al atributo constitucional del indulto y la indulte de una buena vez. Ya adelanté esa posibilidad, como adelanté mi oposición a ese recurso, pero admitamos que, para el actual gobierno, comprometido en un pacto de honor al mejor estilo siciliano de resolver la libertad de la Jefa, el indulto es la preciosa bala de plata.

Sean guapos y háganlo. Una pequeña condena y el indulto. O alguna invención jurídica parecida que habilite el indulto. Aprendan de Menem. Después de todo, y atendiendo los rigores de la historia, más de una vez han hecho cosas parecidas o peores, episodios históricos que no voy a mencionar porque he decidido hacerle caso a tío Colacho que más de una vez me ha dicho que en política no es prudente decir lo que uno piensa, y que en la Argentina el periodista que corre el riesgo de ser acusado de "gorila", está condenado a la absoluta e irreparable soledad o al gesto impotente de intentar escribir en el agua.

Este lunes 17 de agosto (la nota que usted lee amigo lector está escrita el vienes 14) los ciudadanos saldrán una vez más a la calle para protestar por el fraude de la reforma judicial y el intento muy poco disimulado de liberar de cualquier sospecha jurídica a la Jefa.

Comparto plenamente la iniciativa. Creo que es necesaria y justa. Necesaria, porque el gobierno debe saber, por si le queda alguna duda, que existe una sociedad decidida a no permitir atropellos contra la justicia, los poderes republicanos y, sobre todo, contra la pretensión de impunidad.

Seguramente la movilización se extenderá a todas las ciudades del país. Seguramente serán multitudes en la calle. Y seguramente esas multitudes no serán arreadas con choripanes o extorsionadas con la amenaza de perder sus contratos de trabajo.

El lunes en la calle habrá autos, no colectivos; habrá ciudadanos, no "clientes"; habrá reclamos por la justicia y la libertad, no defensas de privilegios corporativos para caciques sindicales multimillonarios y punteros mafiosos. No está mal rendirle un homenaje a la memoria de San Martín saliendo a la calle para defender una Argentina que honre los valores de la honradez, el trabajo, la honestidad y la inteligencia.

Y mientras tanto, ¿qué hacemos con la pandemia? En principio, la buena noticia de esta semana es que la vacuna podrá estar disponible dentro de unos meses. No me refiero a la vacuna rusa (a Putin no le creo nada), me refiero al proyecto promovido por la universidad inglesa de Oxford, proyecto asociado con laboratorios de capitales ingleses y holandeses y sostenido en estas tierras latinoamericanas por emprendimientos privados al estilo Carlos Slim en México y Hugo Sigman en Argentina.

El despliegue de inteligencia, recursos científicos y tecnológicos y capitales da cuenta de un entramado entre iniciativas privadas y públicas en el contexto de un mundo globalizado. Para quienes se empeñan en considerar que la Argentina es un país fracasado, lo sucedido da cuenta de la riqueza de nuestros recursos humanos, la calidad de nuestras universidades públicas y la clarividencia de algunos gobiernos de facilitar inversiones como las promovidas por empresas al estilo Astra Zeneca o mAbxience.

Esta Argentina de la inteligencia y el trabajo, que sobrevive a pesar de gobiernos que suponen que nuestro destino es Venezuela, es la que también hay que defender este 17 de agosto.

Rogelio Alaniz

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