Miércoles, 19 Agosto 2020 21:00

De marchas y payasos - Por Vicente Massot

Escrito por

 

 

La unidad nacional -para los que todavía la consideren asequible- se parece a un arcoíris -o sea, un espejismo engañoso e inalcanzable.

 

Si cabía alguna duda respecto del tema, la gigantesca manifestación del pasado día lunes la despejó por completo, sin derecho a apelación. Esa mitad del país, o poco menos, que ganó las calles como tantas otras veces desde la reacción enderezada contra la resolución 125 en el año 2008, piensa que Cristina Fernández es la jefa de una banda que ha ocupado el gobierno; en la vereda de enfrente, las distintas variantes del kirchnerismo peronista consideran que quienes coparon los espacios públicos en medio de la cuarentena son un conjunto de irresponsables.

Y -si se los apura- cargarían sobre sus espaldas el sambenito de golpistas. La sola idea de hallar un territorio firme desde el cual plantear políticas de estado es, pues, ilusoria. Los ánimos están -cada día que pasa- más caldeados, la beligerancia escala y, por lo tanto, es lógico que la grieta continúe ensanchándose. La discordia entre los argentinos ha llegado a unos topes en donde las buenas maneras, los acuerdos de gobernabilidad y el diálogo son -en el mejor de los casos- formalidades sin fondo. Puras muecas para no parecer salvajes.

Si todos los opositores que expresaron su hartazgo y rechazo al actual estado de cosas quisieron demostrar su poderío en términos del número de personas congregadas en tantas veredas y avenidas, de una a otra punta del país, claramente cumplieron su propósito a la perfección. No hubo víctimas. Tampoco incidentes que lamentar. Y a nadie se le ocurrió poner en marcha colectivos, ofrecerles plata ni choripanes a los que salieron espontáneamente de sus domicilios con el fin de expresarse en contra del oficialismo. En punto a las razones que los llevaron a las calles y a su disposición, no existe comparación posible con los actos siempre rentados del populismo criollo.

Hoy ni el gobierno, ni los camioneros de Moyano ni los movimientos sociales serían capaces de generar tamaña movida sin apelar a las zanahorias. A sus militantes tienen que prometerles asadito, pesos y transporte. De lo contrario, se quedan en sus casas. Esto no significa que la estrategia motorizada en las redes sociales con semejante éxito signifique que el kirchnerismo vaya a dar marcha atrás en lo que hace a la reforma judicial. Menos aún que se le pase por la cabeza abandonar su plan para remover al Procurador General, eyectar de sus cargos a los jueces que irritan a Cristina Fernández y modificar la constitución de la Corte Suprema.

En esto es imprescindible distinguir algunas cosas: la fuerza de una manifestación gigantesca puede influir mucho, poco o nada en el ánimo de los diputados que tendrán en sus manos la potestad de darle luz verde o roja a los anhelos gubernamentales. Conviene tener presente lo que sucedió cuando el campo y -a su lado- cientos de miles de argentinos se plantaron ante el matrimonio patagónico, hace una década. Su poder de movilización fue extraordinario. Sin embargo, de no haber sido por la decisión de Julio Cobos, el partido se habría perdido. Por supuesto que la reacción de parte tan considerable de la ciudadanía debe haber hecho mella en el entonces vicepresidente de la Nación. Lo cual nada quita al hecho de que se ganó por apenas un voto.

La manera como la mayoría K, en la cámara alta del Congreso, ignoró la medida cautelar de la jueza María Alejandra Biotti de no iniciar el trámite de revisión de los traslados de los magistrados Pablo Bertuzzi y Leopoldo Bruglia, anticipó la semana pasada cuanto sucedió el martes -cuando todavía se hacían sentir los ecos de la manifestación opositora.

La comisión senatorial encargada del proyecto de ley apadrinado por el cristinismo aceleró los trámites y es probable que se vote antes del fin de semana. En esa instancia nadie duda que la vicepresidente se saldrá con la suya. Le sobran voluntades para aprobarlo. Distinto luce, en cambio, el panorama en la cámara baja. Allí. al Frente de Todos le hace falta el acompañamiento de una porción mayoritaria de tres minibloques: el que teóricamente maneja el gobernador de Córdoba, el que en los papales responde a Roberto Lavagna y el de los así llamados federales.

El fiel de la balanza se halla en mano de los nombrados y resulta una incógnita, a esta altura, cuál será la posición que adoptaran en el momento en que la media sanción del Senado llegue a sus manos. ¿Qué tendrá mayor fuerza en su espíritu a la hora de votar? ¿El peso de la opinión pública que se hizo sentir cuarenta y ocho horas antes en todos lados o los beneficios que el kirchnerismo seguramente les extenderá a nivel provincial y personal? Al fin y al cabo, los timbres y la billetera están en las manos de los Fernández.

Ayer se conoció la decisión tomada por los diputados de Consenso Federal. Alejandro Topo Rodríguez, Graciela Camaño y Jorge Sarghini dejaron en claro que “sin un acuerdo político fuerte y extendido, la reforma judicial es inviable; y está claro que un acuerdo de ese tipo no existe”. Malas noticias para el kirchnerismo que tampoco pudo convencer a Carlos Gutiérrez, Alejandra Vigo, Pablo Cassinerio y Claudia Márquez, todos ellos de origen mediterráneo y que venían de aprobar la ley hecha a medida de Cristóbal López. Falta conocer la postura que adoptarán los restantes tres miembros del Bloque Federal: el salteño Andrés Zottos y los santafesinos Luis Contigiani y Enrique Estevez. Las buenas noticias para el gobierno, en cambio, las aportó el jefe de Unidad y Equidad Federal, Juan Ramón. Con ocho diputados detrás suyo, anunció que si se le introdujesen modificaciones al proyecto su bloque estaría dispuesto a votarlo.

El gobierno -es sabido- ha perdido el control de la calle. Con todo, ello no ha sido lo peor. Parece, por momentos, que también ha olvidado el sentido común. Dos ejemplos testimonian mejor que cualquier otra explicación el fenómeno. No es novedad que, fruto de la incertidumbre que ha ganado a todos en cuanto al futuro económico y a las consecuencias sociales que traerá aparejadas la cuarentena, el Banco Central ha perdido reservas sin solución de continuidad. El drenaje es tan serio que la semana pasada la viceministro de Hacienda, Cecilia Todesca, hizo referencia a la cuestión diciendo que se requieren dólares para la producción y no para atesorar debajo del colchón.

Acto seguido, con su habitual incontinencia verbal, el presidente de la Nación adelantó en un programa de radio que el tema del dólar ahorro -la posibilidad de comprar hasta 200 unidades de la moneda norteamericana al precio oficial- estaba bajo estudio y que ese mismo día lo trataría en la reunión que mantendría con Martin Guzmán y Miguel Pesce. Horas más tarde, el titular de la cartera económica rectificó en toda la línea a Alberto Fernández. La impresión que dieron los mencionados funcionarios es que estaban jugando con fuego a las puertas de un polvorín. Si la idea era eliminar el dólar ahorro, lo último que debería hacer cualquier persona medianamente inteligente es anunciarlo a medias. Esas son decisiones que se toman sin aviso, de un día para otro. Pero a la torpeza del trascendido, motorizado por el jefe del estado, le siguió la declaración de Guzmán que puso a aquél al borde del ridículo.

Mención aparte merece el manejo comunicacional de la cuarentena por el inefable Alberto Fernández, que al par de negar su existencia la extiende por espacio de otros quince días -y que seguramente al expirar ese plazo prolongará hasta mediados de septiembre. No deja de ser notable lo que le ha sucedido al gobierno. Anuncia el acuerdo con los bonistas y la noticia pasa a segundo o tercer lugar antes de las primeras veinticuatro horas de haberse dado a conocer. Con bombos y platillos nos cuenta que la vacuna estará lista para comienzos del año que viene y, al día siguiente, nadie se acuerda del asunto. En el centro de la atención pública está la cuarentena, la inseguridad y la incertidumbre, y ello lo reflejan la totalidad de las encuestas que se han dado a publicidad en las últimas semanas. Las buenas noticias cuentan menos que las malas, y la imagen de Alberto Fernández -si bien no se desmorona- cae de manera ostensible. Es como si los argentinos hubieran tomado conciencia de que no era oro todo lo que relucía.

Conforme transcurren las semanas y la administración de la cuarentena muestra sus lados flacos, la gente ha decidido ignorar las amenazas y actuar por su cuenta y riesgo. La confesión de los intendentes del conurbano bonaerense -en su gran mayoría oficialistas- hecha al gobernador Kicillof de que el 60% de las personas de sus municipios no acata las disposiciones oficiales, nos exime de comentarios ulteriores.

El botón rojo con el que amenazó el presidente en uno de sus clásicos arrebatos ha sido objeto de burlas de todo tipo. No menos que la última de sus habituales pifias con los gráficos que presenta. Esta vez trató de explicar que la curva del Chaco se había amesetado cuando hasta un chico de primer grado se daba cuenta, con sólo mirar el pizarrón, que en realidad se había disparado. Lo que se dice un verdadero mamarracho.

Para colmo de males, a la viceministro de Salud no se le ocurrió mejor idea el día del Niño, que presentarse en su anuncio matutino de muertos y contagiados al lado de un payaso haciendo morisquetas. ¿Tendrá algo que ver el clown televisivo con el gabinete nacional?


Vicente Massot

Top
We use cookies to improve our website. By continuing to use this website, you are giving consent to cookies being used. More details…