Jueves, 20 Agosto 2020 21:00

¿Hay algo nuevo después del banderazo? - Por Jorge Raventos

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El último lunes, con otra fecha patriótica como sombrilla, volvió a movilizarse en la ciudad de Buenos Aires y en otras ciudades y pueblos del país la heterogénea confluencia de sectores intensos que se consideran amenazados por el gobierno de Alberto Fernández:

 

Algunos porque quieren que se termine completamente la cuarentena, otros porque sostienen que están en peligro las libertades ciudadanas y hasta la democracia, otros porque se oponen a la reforma judicial que se ha empezado a discutir en el Congreso, otros porque se oponen a que haya cambios en la Corte Suprema (aunque el Presidente se ha pronunciado en contra de esa idea y no hay aún ninguna propuesta oficial de modificaciones en circulación, hay quienes sostienen que "es un proyecto que puede terminar con la colonización kirchnerista de todo el Estado"). En fin, otros manifestaron sencillamente porque son opositores políticos.

MISTURAS CON UN SENTIDO

Tratando de definir ese conglomerado, un afamado analista apeló el lunes a un concepto del sociólogo catalán Manuel Castells, que llamó "wikirevoluciones" a los "movimientos sociales espontáneos en un entorno de comunicación digital", una colcha de retazos en la que cada participante incorpora su propia motivación, su propio objetivo.

Alejandro Dolina, desde otra perspectiva, coincidió en lo sustancial: aludió a la "gran variedad de voces" de la marcha, que hacía difícil -dijo- "entenderla como una expresión unívoca". Sin embargo, fue un poco más al nudo de la situación y aventuró un sentido: quizás, dijo, "la verdad de la propuesta está en otra cosa, no está en el motivo; a lo mejor no es necesario tener un motivo para ir a una marcha de protesta contra el gobierno si uno ya tiene una posición ante el gobierno".

En suma, el denominador común que encuentra Dolina en esa mescolanza de consignas es "la posición ante el gobierno", es decir, la desconfianza, el antogonismo o la decidida resistencia al oficialismo, al kirchnerismo o al peronismo. Olfateando ese sentido profundo en la variopinta movilización Patricia Bullrich y Elisa Carrió buscaron ponerse a la cabeza de la protesta. Bullrich, interpretando que había tenido un acierto, hizo una proyección electoral quizás precipitada: "Podemos volver a gobernar", dijo. Falta mucho para que se discuta el gobierno en las urnas. Y una algarabía callejera -las ha habido mucho más numerosas que la del 17 de agosto- no se traduce necesariamente en victorias electorales.

En cualquier caso, la clave que ofreció Dolina debería alcanzar para que el gobierno se inquiete. La idea de que hay un sentimiento de desconfianza que empieza a ganar la calle (y que se manifiesta en los estudios demoscópicos, aunque no de un modo dramático, con una elocuente baja de la imagen presidencial) debería operar como un llamador para que el poder político afine la sintonía y actúe.

DESCONFIANZA Y SIMPLIFICACION

Frente a la prevista marcha del 17 de agosto el oficialismo reaccionó más bien a la defensiva: acusar a los movilizados de jugar con la salud colectiva es un argumento que ya no cala en la sociedad como podría haberlo hecho tres meses atrás. En última instancia, los manifestantes no desafiaron el distanciamiento mucho más que los clientes de negocios en avenidas o inclusive los de los comercios barriales.

El gobierno debe afrontar el principal desafío, que es el esmerilamiento de la confianza pública y la atmósfera de sospecha que rápidamente sumerge hasta sus mejores decisiones. Inclusive una iniciativa donde se conjugaron el Estado y la actividad privada (la asociación del país en la producción de una vacuna contra el Covid19) y que supondrá el anticipo de la vacunación para la población argentina puede ser golpeada en este clima de sospecha.

El proyecto de reforma judicial, que acaba de ingresar al Senado con dictamen favorable, es políticamente uno de los blancos de sus adversarios. Es evidente que la oposición no puede pretender que el oficialismo retire su propuesta por una manifestación. Si se considera con fuerza puede tratar de derrotarla legislativamente, sea a través de una mayoría que vote en contra o de una jugada parlamentaria que evite el quorum para tratarla.

En el clima actual estos últimos expedientes parecen alcanzables: el peronismo cordobés que responde al gobernador Schiaretti, el lavagnismo legislativo y otros aliados del oficialismo hoy se muestran remisos en acompañar la prisa reformista que la señora de Kirchner imprime en la Cámara Alta.

"Todo problema complejo tiene una solución simple...que habitualmente es falsa", advertía Umberto Eco, castigando con ironía la tendencia al reduccionismo de muchos relatos que pretenden explicar asequiblemente un tema, pero en verdad lo tergiversan y confunden o, simplemente, relatan otra cosa.

La simplificación-reduccionismo-tergiversación reina desde hace algunos años entre nosotros y se extiende desde la política a otras definiciones que quedan infectadas por el mismo síntoma. En una nota publicada esta semana en Infobae, el politólogo Santiago Eneas Casanello, señala con agudeza: "En la alienación de las redes sociales y del periodismo político se sigue considerando al cristinismo jacobino o al macrismo más extremista como los grandes marcadores de agenda. ¿Pero hasta qué punto? Estrabismo conceptual, flojera reflexiva, amor por el show de la pelea. Si en el podio de los políticos más populares no están ni Cristina ni Macri. De hecho, están entre los más impopulares. Los de peor imagen".

Veamos un caso de los últimos días: en una reunión del Grupo de Lima -un conglomerado de 12 países de la región del que Argentina forma parte- once de los miembros suscribieron una declaración que cuestiona las próximas elecciones parlamentarias de Venezuela ("La realización de elecciones únicamente para la Asamblea Nacional no representa una solución política y, en cambio, podría agravar la polarización en una sociedad que ya está dividida") y propone, en cambio, "establecer un gobierno de transición inclusivo que posibilite que en el país se lleven a cabo elecciones libres y justas tan pronto como sea posible". Argentina se abstuvo de firmar esa declaración. Un diario de Buenos Aires -enfrentado con el oficialismo, al que atribuye rasgos "chavistas", sintetiza el hecho así: "El Gobierno argentino ha convertido al país en miembro de distintas agrupaciones con las que disiente profundamente. Participa para firmar en contra". Pero el gobierno no firmó en contra. No firmó. Se abstuvo.

Del otro lado, un diario que simpatiza con el gobierno de Nicolás Maduro tituló: "Argentina respalda las próximas elecciones en Venezuela. Cancillería toma distancia del Grupo Lima". Una vez más: lo que hizo la representación del país fue abstenerse de firmar una declaración. No tomó distancia "del" Grupo de Lima, sino que fijó una postura propia "en" el Grupo de Lima, lo que supone ratificar su pertenencia. En rigor, el secretario de Política Exterior, Pablo Tettamanti, diagnosticó que "la no participación electoral (propuesta por partidos opositores a Maduro) profundizará la fractura político-social en Venezuela y marginará a importantes sectores de la ciudadanía que quedarán sin representación política", al tiempo que sostuvo que "la vía electoral es el único modo de establecer un camino consensuado", denotando así una coincidencia con los objetivos fijados por el Grupo, aunque desmarcándose de la táctica que la mayoría del Grupo de Lima alienta.

Resulta sorprendente como se puede decir lo mismo desde veredas político-periodísticas enfrentadas. Y como "eso mismo" que se relata, al escamotear los matices, distorsiona los hechos y pretende forzar al observador independiente a optar por una de las dos versiones de "la única simple verdad"... que habitualmente es falsa, como avisaba Eco. O Hamlet: "Hay más cosas en el cielo y la tierra, Horacio, que las que sospecha tu filosofía".

LA COLABORACION

Más allá de las simplificaciones, como venimos subrayando en esta columna desde hace meses, se va construyendo paulatina y discretamente un sistema político que se encuentra en el centro del espectro. La imagen de gobernantes de distintas orientaciones compartiendo responsabilidades y conferencias de prensa, analizando seriamente los problemas, defendiendo los puntos de vista respectivos y también haciendo concesiones cuando es necesario, es una confirmación de la "uruguayización" que describe el citado artículo de Casanello ("No fuimos a Venezuela, fuimos a Uruguay").

En vísperas de la movilización del lunes 17 hubo abundantes palabras "uruguayas": Horacio Rodríguez Larreta destacó que él no participaría y que su partido no había convocado a esa marcha. Fue una manera de desmarcarse de los sectores confrontativos, que suelen atribuir la moderación del jefe porteño a que, en su carácter de gobernador de un distrito, "está apretado" por el poder nacional o a que "se siente cómodo" con el peronismo. Aquí se repite la práctica de dejar en pie dos posturas: la de "los malos" y la de los propios; cuando alguno de esta muestra independencia se lo describe como instrumento del bando pérfido.

Federico Pinedo, otra de las figuras consulares del PRO, expresidente provisional por unas horas, no es sin embargo un gobernante en ejercicio como Larreta, sino un político moderado, que comparte la posición sensata de aquel: "mi rol es mantener canales de diálogo, y no generar rispideces", dijo para explicar que no compartía la movilización del 17. "Yo siempre fui constructivo y me parece que hay que hacer lo que decía Perón, primero la patria después el movimiento y después los hombres", explicó Pinedo.

En momentos en que la intolerancia de un sector de sus adversarios y la intransigencia de un sector propio se empeñan en erosionar su crédito público, el gobierno debe ajustar sus líneas y consolidar los puentes con los que apuestan a la colaboración. Compartiendo responsabilidades, debatiendo diferencias con franqueza y serenidad, sectores de las fuerzas mayores y también de otras que componen el rico sistema de representación del país, pueden seguir construyendo un centro plural mientras se procesa un cambio generacional en medio de la ola de transformaciones que la pandemia ha acelerado.

Jorge Raventos

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