Domingo, 23 Agosto 2020 21:00

Las estrategias fallidas y los límites del Presidente Fernández - Por Carlos Berro Madero

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Alberto Fernández, está demostrando que le preocupa la marcha de su gobierno en la medida que se relacione con lo que él ha decidido que es importante, prodigando sonrisas y favores solo a quienes satisfacen y/o festejan sus exigencias, mientras enfrenta acremente a todos los demás.

 

En algunos casos, además, propinándole a sus adversarios políticos críticas sumamente desafortunadas.

De su persona emana un vaho de avidez que termina redondeando la personalidad fervorosa de un “cruzado”, cuyos frecuentes enojos –debajo de una apariencia gentil-, lo revelan como alguien capaz de llevar al cenit los errores producidos por ciertos empecinamientos que lo desvelan, sobre temas que no le aportan credibilidad, ni fortalecimiento personal.

Al seguir sus pasos de estos ocho meses como presidente, ha podido observarse el perfil de una mente hiperkinética, rebosante de ideas obsesivas, que lo convierten en un individuo agotador -como sostienen algunos de sus colaboradores en privado-, lo que resulta un rasgo muy negativo para el cargo que ejerce; especialmente cuando debe enfrentar situaciones que no responden a sus expectativas personales, manifestándose muy intolerante con quienes no comparten sus “ideales”.

Sus cambios de rumbo, característica que algunos consideran erróneamente como la virtud de quien acepta errores, se parecen por el contrario a los de quienes, ofendidos frente a eventuales contradictores, salen a saciar sus caprichos hacia otros lares temporalmente, para recargar sus fuerzas y volver al ruedo con mayor ímpetu.

En el fallido caso Vicentin (para él) sobreactuó exageradamente, con el objetivo de demostrar que al igual que Cristina sabe “pisar fuerte”; y es probable que estemos en las vísperas que ocurra lo mismo con una reforma judicial que está en el área de los intereses específicos de su “asociada” política, cuyo eventual fracaso puede hacerle pagar un precio más elevado aún.

Por lo pronto, en las comisiones de análisis legislativo, ya se incluyeron algunas cláusulas en el proyecto que no contarían con sus expectativas, y podrían producir así el efecto que sufre un soldado al dirigir su puntería a quienes tiene al frente (en este caso la oposición), descuidando la retaguardia (el kirchnerismo radicalizado), con lo cual ve aniquilada toda posibilidad de defender su trinchera con eficiencia.

Esto se aprecia también cuando trata elogiosamente a supuestos “nuevos” amigos, creyendo que han pasado a ser aliados de sus cruzadas, y los considera como tales hasta que siente que abandonan la lealtad incondicional que le deben.

En el caso de Horacio Rodríguez Larreta parece profundamente herido por la eventual falta de gratitud del gobernador de la Capital al disentir con sus opiniones sobre la última vuelta de tuerca de la cuarentena, habiéndole dedicado, unos días después de la última conferencia “trisanitaria”, una queja desconsiderada para quien pasó a ser “colaborador del gobierno que nos precedió, dejándonos en una situación mucho peor que la pandemia” (sic).

Algo pueril y, en todo caso, excesivo. Porque el nombrado Larreta aceptó “poner” su cara junto a él en todo momento, sin especulaciones personales, para rescatar los consensos que Alberto pregona y jamás tiene en cuenta al momento de disponer sus “úcases” presidenciales.

Su lenguaje facial y corporal cuando narra sus desilusiones –sin lograr explicarnos bien en qué consisten-, evidencia su convencimiento de que aquellos que decide incorporar como “amigos” políticos –los más nuevos o los que arbitrariamente define como tales-, deben amar y odiar lo que él odia o ama, con lealtad inquebrantable.

Lo mismo pasó hace unos años con Cristina, después que ésta terminara arrojándolo fuera de su gobierno por disentir con ella.

Todos estos rasgos personales constituyen un peligro de cara al futuro, porque carece de carisma personal, lo que no le permitirá imponerse por lo que él cree ser: un hombre capaz de desempeñar su cargo mejor que nadie.

Su fervor puede sufrir así un golpe mortal en el momento que sienta que ello no está ocurriendo (quizá no falte mucho), porque la realidad parece tener sentido para él en la medida que la pueda gobernar a su arbitrio, rechazando todas las cuestiones que salgan de la órbita de su propia subjetividad.

Como dicen algunos adolescentes en lenguaje coloquial: “se la cree”.

Algo similar a lo que ocurre con su asociada política, Cristina Kirchner, hoy a cargo del poder en tiempo real. Aunque en este caso, la acompañan sus fieles seguidores fanáticos que no ven nada más allá de su líder excluyente.

Sería bueno tener en cuenta todo esto para manejar expectativas muy moderadas respecto del gobierno actual, porque sospechamos que al menos hasta fines de 2021 (renovación de ambas cámaras legislativas), viviremos un interregno azaroso y bastante impredecible.

Más aún, el reciente decreto de congelación de tarifas de internet, televisión por cable y telefonía celular -anunciado intempestivamente por el Presidente como de “interés nacional” (muy discutible concepto excluyente)-, causa la impresión de que Alberto y Cristina, compitieran entre sí para ver quién logra ganar mayor espacio dentro del Frente para Todos proponiendo la medida más conflictiva, como si se tratara de un campeonato imaginario celebrado entre un “docente profesor” y una “abogada exitosa” con los mismos sueños de grandeza.

¿Volverá la ya rechazada ley de medios, aplicada esta vez mediante un nuevo formato de “cuotas” sucesivas, arribando finalmente a la “mordaza” con que sueña el kirchnerismo?

Si esta sospecha se confirmara, estaríamos aviados; y la carrera por el poder entraría en un escenario bélico inesperado.

Quizá entonces “salir a la calle” (sic) y reclamar –tal cual el mismo Fernández nos pedía en campaña para cuando no estuviésemos de acuerdo con sus políticas-, sea la única manera de amortiguar sus desvaríos.

A buen entendedor, pocas palabras.

Carlos Berro Madero
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