Lunes, 24 Agosto 2020 21:00

En busca de liderazgos moderados - Por Rogelio Alaniz

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Las políticas que hoy en Occidente disfrutan de la aceptación de las mayorías son aquéllas consideradas como “centristas”.

 

Acerca del futuro que nos aguarda, lo único que nos está permitido decir es que será diferente al presente. La otra certeza que podemos permitirnos alentar es que todo nos está permitido, menos continuar cometiendo los mismos errores.

Si algo parecido a una enseñanza nos otorga el presente, es que las políticas que hoy en “Occidente” disfrutan de la aceptación de las mayorías son aquellas que en términos muy generales son consideradas “centristas”.

Se puede provenir de la izquierda o de la derecha, del populismo o de la cultura republicana, pero en todos los casos lo que las sociedades democráticas parecen aceptar es a dirigentes cuyo signo sea la moderación.

Que la moderación incluye sus propias virtudes, lo demuestra el ejemplo de Ángela Merkel, la primer ministra alemana cuya eficacia como gobernante es reconocida desde los espacios políticos aparentemente más antagónicos. Se trata de una dirigente que proviene de la derecha, con una carrera política forjada en diferentes responsabilidades y que, más allá de las modalidades de su gestión, su liderazgo está muy lejos de parecerse a los liderazgos carismáticos del siglo veinte que en la mayoría de los casos han sido catastróficos para las sociedades.

Por el contrario, la autoridad política de Merkel proviene de las virtudes de la racionalidad, el saber y la eficacia de los resultados. Las diferencias de la Argentina con Alemania son demasiado evidentes, más allá de los afanes de algún funcionario político del pasado por pretender invertir esa relación, pero si la gestión de Merkel en algo nos resulta aleccionadora es que los liderazgos sobre la base de un estado con instituciones que funcionen y burocracias profesionales, suelen producir buenos resultados.

El desafío político más interesante que nos aguarda a los argentinos en el futuro inmediato es ponernos de acuerdo acerca de los contenidos de aquello que por comodidad llamamos “centrismo” o “moderación”. Por lo pronto, liderazgos de este tipo incluyen una ética y una estética, reñida con las escenografías y simulacros de liderazgos mesiánicos y caudillos infalibles que han inficionado nuestra cultura política con sus arengas, sus relatos y sus delirios redentores.

Por el contrario, un líder democrático puede provenir de las culturas más diversas, pero sus rasgos distintivos a la hora de asumir el poder serán los de intentar representar a todos en aquellos valores decisivos para una nación: las libertades, la seguridad, el respeto a la ley, la justicia. Como se dijera alguna vez, un líder que intenta representar a la nación de algún modo debe estar dispuesto a “traicionar” su propio origen. “Traicionar” sin dejar de ser el mismo. A la rutina de los enredos a veces exasperantes del presente, le opone la esperanza; pero a la retórica de “utopías” de largo plazo, le opone los rigores del realismo que se conjugan en tiempo presente por la sencilla razón de que el mundo cambia con demasiada celeridad como para atarse a esquemas demasiados rígidos sobre el futuro. ¿Contradictorio? Puede ser, pero es necesario saber que es imposible hacer política sin hacerse cargo de la necesidad de lidiar con contradicciones.

Un liderazgo democrático no invoca la magia para legitimarse. Cree en las virtudes de la palabra, pero respeta los silencios y sabe escuchar. No desconoce la eficacia de los instrumentos del poder, pero prefiere la persuasión a la violencia, la comprensión a la imposición y la eficacia de los resultados a las seducciones de la teoría. Por convicción prefiere inspirar afecto y no miedo, pero no cede a las tentaciones de la demagogia. No dispone de clarividencias exclusivas respecto del futuro, pero entiende los dilemas del presente. Sostiene sus verdades, pero esas verdades no son absolutas. Es un político no un títere. No es un santo, pero tampoco un cínico.

Está dispuesto a admitir otras verdades, pero no es Zelig, siempre dispuesto a simular o a acomodarse o a engañar. No niega los conflictos, pero no los exaspera. Y en todos los casos sabe que su responsabilidad consiste en resolverlos. Su relación con la sociedad es sobria. Y con la oposición, respetuosa, pero no concesiva. Seguramente su autoestima es alta, porque sin esa condición no es posible lidiar con los desafíos del poder, pero no se cree insustituible.

Al respecto, la experiencia histórica le ha enseñado a ejercer el arte de tomar decisiones y al mismo tiempo autolimitarse. George Washington y Nelson Mandela continúan siendo ejemplos inspiradores. Un líder del siglo XXI debe tener presente aquello que alguna vez dijera Julio Roca: “Un político nunca dice de su adversario palabras irreparables”.

Los escenarios y los protagonistas que hoy intervienen en la política algo nos sugieren. Las contradicciones y los dilemas están trazados. Los gobernantes del futuro se parecerán a Putin o a Merkel, a Bolsonaro o a Lacalle, a Xi Ping o a Arden, a Orban o a Macron. Los argentinos no podremos eludir la responsabilidad de elegir lo que preferimos. Las exigencias apremian. Del futuro pueden decirse muchas cosas, menos que no llegará.

Rogelio Alaniz

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