Domingo, 13 Septiembre 2020 21:00

El romance del Alberto y el Horacio que truncó CFK - Por Carlos Salvador La Rosa

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Parece increíble que un presidente actúe tan en contra de sí mismo, al romper una alianza con Rodríguez Larreta que le dio una popularidad enorme e impensada.

Pocos presidentes argentinos, si es que hubo alguno, han tenido como Alberto Fernández en apenas ocho meses de gestión, la oportunidad de poder convocar dos veces a la unidad nacional y transformarse en su garante.

Raúl Alfonsín lo hizo con la sublevación militar de Semana Santa donde para luchar contra ella y derrotarla, unió al pueblo entero y su gesta quedó en la historia grande del país.

Alberto Fernández tuvo su primera oportunidad cuando se sentó junto a su posible principal adversario a futuro, Horacio Rodríguez Larreta, a fin de mostrar toda la dirigencia política unida frente al virus. Y, por si fuera poco, acaba de tener su segunda oportunidad al lograr un apoyo casi unánime en defensa de la institucionalidad cuando unos policías amotinados protestaron frente a la residencia presidencial en Olivos.

Pero Fernández actuó distinto a Alfonsín en ambas oportunidades.

El primer intento de unidad se fue rompiendo de a poco porque el oficialismo aprovechó la preocupación de la sociedad ante el virus que la distrajo de otras cosas, para intentar planificar y ejecutar el más alevoso intento de impunidad judicial del que se tenga memoria en democracia, excepto el indulto menemista.

Y el segundo acaba de volar por los aires al usar políticamente el apoyo frente al motín para quitarle plata a quien fuera su principal aliado opositor en la lucha contra la pandemia.

O sea, frente a una sociedad que necesita gestos de grandeza de su dirigencia ante los sufrimientos que está teniendo -tanto sanitarios como económicos como de una creciente inseguridad- su dirigencia se sigue peleando igual o peor que antes.

Parece increíble que un presidente actúe tan en contra de sí mismo, ya que su alianza por temas sanitarios con Larreta le dio unos índices de popularidad jamás imaginados.

Pero claro, era una alianza con Alberto Fernández y no con Cristina Fernández, quien siempre pensó que lo peor que le podía pasar al kirchnerismo era darle aire y mayor popularidad a quien puede llegar a ser el candidato presidencial de la oposición en 2023. Algo que no por egoísta frente a una sociedad exhausta y anhelante de ejemplos por arriba, deja de tener su lógica política: la de no ayudar al crecimiento del adversario que mañana te puede derrotar. Eso es precisamente lo que cada vez que se juntan o hablan por teléfono le dice Cristina al Alberto para que rompa su alianza con Horacio.

Sin embargo, hay una intención menos explicitada pero más de fondo: quizá lo que menos le guste a Cristina no es tanto algo a futuro como la creación de un posible candidato opositor, sino algo a presente como una alianza contra la pandemia entre el presidente de la Nación y el jefe de gobierno de la Capital Federal. Alianza que no solo fortalece a Larreta sino que básicamente fortalece a Alberto Fernández, pues le da una autonomía que Cristina jamás deseó para él. Pero aun así oponerse a ello sigue siendo lógico desde el razonamiento de Cristina: un hombre que dos veces en ocho meses fue capaz (no importa que haya sido por su voluntad o debido al azar) de convocar exitosamente a la unidad nacional (por más que el poder con el que llegó a la presidencia fuera prestado) es un hombre que puede llegar a tener un poder político propio fenomenal. Y eso es peligroso para ella.

Por eso es que siendo estas convocatorias a la unidad algo que le encanta a la sociedad, y más en tiempos como los actuales, le desagradan mucho a Cristina. Primero porque eso la obliga cuando menos a compartir su poder con Alberto. Y segundo, porque la unidad nacional es un concepto que no le simpatiza en absoluto a alguien que ideológicamente cree (como su intelectual de cabecera Ernesto Laclau) que es el conflicto y no el consenso el principal motor que mueve la sociedad y que por ende tener siempre un enemigo al que echarle la culpa de todo, es un requisito esencial de la política “revolucionaria”.

En síntesis, más allá de ocupar casi el 100% de su tiempo como vicepresidenta para intentar resolver sus problemas personales o familiares con la justicia, junto a ello Cristina se propuso desde el primer día que Alberto Fernández y Horacio Rodríguez Larreta se sacaron una foto juntos, romper esa relación tan bien recibida por todo el pueblo de la nación. Y no paró hasta dinamitarla como acaba de ocurrir esta semana donde, aunque sigan juntos Alberto y Horacio en la lucha contra el coronavirus, algo casi imposible de reconstruir se rompió para siempre entre ellos.

Sin embargo, reiteramos, nada de lo que hizo la vicepresidenta se contradice con nada de lo que hizo siempre cuando era presidenta. Todo era esperable en ella, pero lo inesperado y hasta quizá incomprensible es que el presidente decida desaprovechar dos oportunidades históricas de unidad nacional que quizá no se le repitan en el resto de su vida y que habrían fortalecido su rol institucional hasta otorgarle la independencia que dicho rol requiere para ser ejercido con toda la propiedad del mismo.

Y opta por desaprovechar las dos oportunidades para brindarle un tributo a Cristina rompiendo una alianza casi histórica que él tenía y ella no.

Algo incomprensible desde la lógica elemental del poder y quizá sólo explicable desde la psicología, desde una dependencia política que Alberto Fernández supo romper con audacia hace unos pocos años, pero que ahora parece encadenarse a Cristina con una sumisión que exagera, quizá para hacerse perdonar su rebeldía anterior, o algo parecido. Algo raro.

Pero más allá de las patéticas sumisiones del presidente a su vice que lo perjudican a él más que a todos a los que ataca, lo más preocupante para la sociedad es esa tendencia de bailar mientras el Titanic se hunde. La de aprovechar que todo parece empeorar con respecto a la pandemia (pese a una cuarentena eterna de la cual hoy muchos se preguntan si tuvo algún sentido) para caranchear algún indulto o pergeñar alguna venganza contra algún opositor prestigioso.

Picardías en medio de la tempestad de gente que parece perdida ante una realidad que no controla pero que, al no poderla conducirla, pretende aprovecharla para especulaciones menores, personales o partidarias.

En forma aún inocente uno quiere creer que estas cosas son obras de Cristina en contra de Alberto, pero, aunque las cosas que ocurren perjudiquen la independencia presidencial, cada vez menos cosas hacen suponer que ellas no cuenten con la complacencia de alguien a quien parece gustarle que lo reten y que se la pasa dando fidelidad a quien lo reta.

Y esto viene al caso porque eso que les hicieron a los intendentes de Juntos por el Cambio, encabezados por Jorge Macri, de sentarlos al lado de Alberto Fernández en nombre de la unidad nacional en contra del motín policial para, engañados y traicionados, hacerles avalar implícitamente con su presencia el quite de fondos a la Capital Federal, suena a perversidad provocada, a cancherismo político, a algo poco serio. Y acá la culpable no parece ser Cristina. O al menos no solamente ella. Algunos lo llaman síndrome de Estocolmo.

Carlos Salvador La Rosa

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