Viernes, 18 Septiembre 2020 12:48

Gobierno y oposición detrás del espejo - Por Jorge Raventos

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Después de atravesar angustiosamente una crisis en el terreno de la seguridad que incluyó el hostigamiento a la residencia presidencial y a la del gobernador bonaerense -una revuelta de la policía de esa provincia, fuerza que integran 90.000 efectivos-, el gobierno de Alberto Fernández tuvo que afrontar otro asedio: el de la demanda de dólares, que ha ido consumiendo las magras reservas del Banco Central.

SABER ADÓNDE IR

Hace semanas que se venía rumoreando la posibilidad de que el gobierno cerrara el cepo y eliminara la gotera del llamado dólar ahorro (el cupo de 200 dólares mensuales que el Estado concede a los particulares que no confían en el peso para mantener el valor de sus ingresos). El último domingo, el ministro de Economía, Martín Guzmán, pareció descartar ese expediente: “Prohibir el dólar ahorro no es la solución” declaró y consideró ese tipo de medidas un mero instrumento “para aguantar”.  Como para presumir de la plena independencia del Banco Central de la República Argentina, su presidente, Miguel Ángel Pesce decidió a mitad de semana reforzar el cepo, encarecer la compra del dólar ahorro y empujar a las empresas privadas a refinanciar en el exterior el 60 por ciento de su deuda en dólares.

¿Se trata de medidas “de aguante” (como dijo Guzmán)? ¿Aguantar hasta cuándo (o hasta dónde)? “Si no sabes hacia dónde vas, cualquier camino te puede llevar. Seguro que llegarás a alguna parte si caminas lo suficiente.”, le advierte el gato de Cheshire a Alicia.

PAISAJE REPETIDO

A partir del momento en que la lógica de la unidad contra la pandemia entró en zona de turbulencia (porque la parálisis económica se evidenció socialmente más acuciante mientras, en paralelo, los primeros éxitos frente al virus dejaban lugar a incrementos en número de infectados y de muertos), el gobierno comenzó a manifestar una agudización de cortocircuitos internos, a padecer repetidas perturbaciones en su brújula, a aislarse y, consecuentemente, a evidenciar una debilidad que se agrava por la pérdida de alianzas posibles y se proyecta sobre el futuro electoral y sobre el horizonte de la gobernabilidad.

La escena de distanciamiento agravado en la relación con el sector moderado de la oposición (no sólo con Horacio Rodríguez Larreta, sino con los indispensables  adversarios dialoguistas legislativos, con los que Sergio Massa venía de acordar protocolos colaborativos para mantener activo al Congreso), al tiempo que evidencia un fortalecimiento interno del sector que se referencia en Cristina Kirchner, señala un retroceso político del conjunto político del que ella, el Presidente, Massa y el conjunto de los gobernadores peronistas forman parte.

No se trata de un mero retroceso al mismo paisaje que en su momento determinó el paso atrás de la señora de Kirchner (que patentizó la convicción del peronismo de que una candidatura de ella equivalía a una derrota); es más complicado que eso, porque ahora se agrega un desgaste del artefacto que permitió una salida de aquella encerrona y una decepción ante la esperanza (o la ilusión) que no terminó de concretarse.    

UNA CARAMBOLA PRESIDENCIAL

El guadañazo presupuestario infligido a Larreta le permitió al Presidente devolver a sus comisarías a los policías retobados (¿con qué otro argumento contaba, si no era con las efectividades conducentes que ellos reclamaban, para reducir la revuelta?). Pero la ruptura con el jefe porteño fue un alto costo político que, irónicamente, resultó un espaldarazo para éste (y, por su vía, para la oposición).

Larreta venía invirtiendo su propio capital político en sus vínculos con Fernández, practicando el clinch con el Presidente en parte por la constricción de la pandemia, pero también con la esperanza de que la amabilidad contribuyera a moderar el recorte de fondos que la Casa Rosada maquinaba desde hace meses. Indudablemente lo sorprendió la circunstancia elegida por Fernández (quien, para colmo, se hizo escoltar por alcaldes del conurbano, entre ellos varios opositores que son aliados del porteño,  quienes tomaron como una deslealtad que  ni el Presidente ni nadie les anticipara el anuncio que se descerrajaría).

La inopinada cirugía infligida por el decreto de Fernández al presupuesto porteño para remediar la emergencia bonaerense -el distrito sobre el que asienta su influencia la señora de Kirchner- bien pudo haber herido de muerte la viabilidad de una confrontación democrática constructiva y colaborativa.

Horacio Rodríguez Larreta venía sosteniendo esa actitud y era, por ello, acosado desde sus propias filas por sectores que interpretaban su sensatez como rendición ante el gobierno nacional. El recorte de la coparticipación parecía entregarles armas a los rivales intolerantes de Larreta, pero la forma en que el jefe de gobierno asimiló el impacto fue una lección sobre cómo aprovechar un error ajeno; también la ocasión para demostrar que moderación no es sinónimo de capitulación y que se puede defender una posición con firmeza sin pintarse la cara para una guerra y apelando a los recursos que ofrece el sistema constitucional (para el caso: la Corte Suprema).

El mensaje de Larreta del jueves 10 lo posicionó ya incuestionablemente como la principal figura de la oposición, un candidato presidencial cantado para 2023 y, antes que eso, un garante potencial de la gobernabilidad (en el momento en que las encuestas de imagen lo ubican como el político mejor calificado del país, con el mejor saldo de opinión favorable,2 positivos cada 1 negativo, dejando en el segundo puesto, así sea por poca diferencia, a Alberto Fernández y mucho más atrás a Mauricio Macri).

Dado que la confrontación entre las dos coaliciones es un hecho inevitable cuando falta apenas un año para la elección de medio término, quizás haya que celebrar que, como subproducto de la crisis, se haya perfilado con fuerza en la oposición un liderazgo moderado y dialoguista, que exhibe vocación por construir una alternativa pragmática y constructiva.

En una carambola paradójica, con su intempestivo decreto Fernández impuso un líder de la oposición y determinó -en ese sentido- un triunfo de la moderación. Al entronizar al Jefe porteño, sin embargo, se gana un adversario más competitivo que Mauricio Macri. Larreta tiene llegada a una franja no desdeñable del público que en octubre de 2019 votó por el Frente de Todos.

Más allá de los cálculos electorales, mientras camina por el desfiladero en materia económica y social y sufre todavía el castigo de la pandemia, el país necesita que en las dos orillas del espectro político prevalezca el espíritu colaborativo, porque necesita construir una estrategia de unión nacional. El gobierno tiene que reparar su propia brújula y distinguir su norte. 

Jorge Raventos

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