Lunes, 21 Septiembre 2020 11:57

Fernandismos - Por Carlos Salvador La Rosa

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El rechazo a la meritocracia, la reforma judicial y el quite de coparticipación a la Capital Federal tienen algo en común: los tres igualan hacia abajo.

El problema central del discurso político del presidente Alberto Fernández es que casi todo lo que dice hoy es lo contrario de lo que dijo entre 2008 y 2017 cuando estuvo enojado con Cristina. Por lo cual no se sabe si cambió 180 grados de pensamiento, si su pensamiento actual no es de él sino de Cristina, o si en realidad nunca tuvo un pensamiento propio y dice lo que le conviene en cada momento. No obstante, como ya es tan reiterativo demostrar la contradicción, lo mejor es olvidar lo que decía Alberto ayer y analizarlo sólo por lo que dice ahora. Veamos entonces algunos “fernandismos”, vale decir, opiniones que si bien son dichas por el presidente, es imposible discernir si son de Fernández, Alberto o si son dictadas por Fernández, Cristina o si son de ambos Fernández. Misterio irresoluble pero muy relevante para saber quién manda en el gobierno y en el país.

El mérito en la picota

Alberto dijo que “lo que nos hace evolucionar o crecer no es el mérito, como nos han hecho creer en los últimos años”, oponiéndole la igualdad de oportunidades como criterio de progreso. Cristina ya había dicho en su best seller Sinceramente que “el ideal de esfuerzo y progreso individual es la última gran coartada del neoliberalismo para hacerte creer que lo que tenías era sólo por mérito propio y no también del modelo económico y el rol del Estado”.

O sea que hoy ambos piensan igual en su ataque contra el mérito. Una gran falsedad porque el esfuerzo y el mérito no se oponen a la igualdad de oportunidades sino a progresar sólo por clase social, riqueza, nepotismo o corrupción. El ejemplo más claro de lo que decimos es el modelo educativo argentino que fue un extraordinario pacto implícito entre la igualdad de oportunidades y el mérito personal. En efecto, el Estado se encargó de proveer una educación universal, gratuita y obligatoria en superación de la anterior que era sólo para las elites. Pero a cambio le pidió a la sociedad que contribuyera con el esfuerzo, el mérito, el trabajo como aportes a lo que el Estado le daba. Porque si cada individuo o familia espera a que haya total igualdad de oportunidades, no hará nada hasta ese momento, que además nunca llegará del todo. O sea, la Argentina combinó un Estado que se ocupó de igualar y una sociedad que se ocupó de merituarse y donde los que más progresaron fueron los que más esfuerzo pusieron. De ese modo se creó la sociedad con mayor movilidad social de América Latina.

Durante la era “bolivariana” del presidente Rafael Correa en Ecuador (2006-2017) éste creó el Instituto Nacional de la Meritocracia para ingresar y ascender en el Estado e impuso un sistema educativo basado en el premio por esfuerzo, estudio y calificaciones, con exámenes de ingreso y evaluación permanente. Lo llamaron “meritocracia nacional y popular”. Es el sistema que se aplica en los países con más rendimiento educativo del mundo, como China y los tigres asiáticos. Ya en el siglo XVIII Voltaire proponía adoptar la meritocracia china-confuciana para que el acceso al Estado forme una burocracia eficaz.

En realidad, para tener más igualdad de oportunidades se necesita más meritocracia y viceversa, oponer ambos conceptos en condenarnos al atraso, al facilismo, al asistencialismo, a impedir una de las cosas más extraordinarias que ofrece la educación: el acceso al saber y a la superación mediante el esfuerzo personal. En un país como la Argentina es una herejía afirmar que “el más tonto de los ricos tiene muchas más oportunidades que el más inteligente de los pobres”. Menos lo puede decir quien comanda un gobierno que va ya por el cuarto período de gestión. Y menos que menos en un país donde los más esforzados y capaces de los inmigrantes pobres de principios del siglo XX igualaron y hasta superaron no sólo a los más tontos sino a los más capaces de los ricos. ¿Se acuerdan de m´hijo el doctor”?  Y eso fue gracias al liberalismo meritocrático hoy tan odiado por los K, labor que prosiguió el radicalismo y el peronismo iniciales, pero a los que Alberto y Cristina parecen olvidar, negando o minimizando al absurdo el valor del esfuerzo personal en nombre de un estatismo asistencial que ni siquiera produce la igualdad de oportunidades que declama.

El pacto judicial

Este es otro de los fernandismos, quizá el más audaz y delirante de todos. El presidente dice: “¿Saben quiénes se benefician con la reforma judicial que nosotros hemos hecho? Los que tienen que rendir cuentas ahora, o sea los funcionarios del gobierno anterior porque no los van a perseguir ni encarcelar sin pruebas suficientes. Con esto les garantizo que nadie pueda hacer con ellos lo que hicieron hasta ahora con nosotros. Deberían estar agradecidos porque yo diga que no quiero más detenciones arbitrarias”.

Con esto, lo que Alberto les dice a los macristas, quizá sin mensurar la barbaridad que les dice, es lo siguiente: No entiendo como se oponen a una reforma que aparte de sacar nuestros presos de la cárcel o impedir sus juicios, a la vez permitirá que nosotros no aprovechemos esa justicia para mandarlos presos a ustedes. Apoyen que les conviene, total por el cambio del poder, ahora los presos van a ser suyos, no nuestros. Dejen de perseguir a los nuestros y a cambio nosotros no los perseguiremos a ustedes.

De hecho, les está proponiendo un pacto de impunidad mutua: crear una justicia donde ningún acto de corrupción generado por el poder político, de cualquier signo, sea penado y si se lo pena considerar al acusado un preso político, alguien que basa su impunidad en su cargo. Más que un acuerdo político, lo que se está proponiendo es un pacto mafioso.

La coparticipación Robin Hood

Para reducirle el porcentaje de coparticipación a la Capital Federal. Alberto lo fundamentó en que los ricos (un tanto despreciables porque además de ricos no apoyan masivamente al gobierno) deben subsidiar a los pobres. En realidad hoy la contradicción no es entre Buenos Aires y el interior. Hoy la contradicción es la que separa al gobierno nacional del resto de los gobiernos porque es el Estado central el que cobra los grandes impuestos y decide casi todo, lo que obliga al resto del país a arrodillarse para que le den lo que le corresponde, algo en lo que Cristina fue implacable. Con la lógica de los Fernández el país más productivo -Santa Fe, Córdoba, Mendoza y otras pocas provincias- deberá ceder coparticipación para dársela al país menos productivo, lo que en los hechos no mejorará nada excepto a las oligarquías provinciales (no a sus habitantes) y nos atrasaría aún más como país. Eso de jugar a Robin Hood con la coparticipación es pura demagogia. Lo que hay que cambiar es el sistema de impuestos que es uno de los más regresivos y centralizados del mundo. Para que además de ser progresivos, los impuestos sean recaudados por las provincias y estas los coparticipen al gobierno nacional. Esa sí sería una revolución. Allí sí seríamos Suecia en progresividad y Estados Unidos en cuanto a la autonomía de los estados locales. Que no sea más el Estado central quien obligue a arrodillarse a los estados locales, sino que sean los estados provinciales, a partir del manejo de sus propios recursos, quienes definan entre todos al Estado central que quieren. Pero el camino por el que se quiere avanzar es el opuesto: que los estados pobres sigan recibiendo todo del Estado nacional a cambio del besamanos, que los estados provinciales productivos los subsidien, y que el gobierno central crezca hasta la desmesura.

En síntesis, si algo tienen en común estos fernandismos (más allá de que no sepamos si salen de la mente de Alberto o de la de Cristina) es que el odio al mérito personal, el pacto judicial y la coparticipación Robin Hood, los tres igualan hacia abajo.

Carlos Salvador La Rosa

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