Miércoles, 30 Septiembre 2020 12:58

Una radiografía del país - Por Daniel Muchnik

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Crece el reclamo de consenso para la clase política, la economía cruje y es cada vez más difícil soñar con un derrame que cubra a los desamparados

Argentina y el mundo están en un enorme laberinto y no encuentran la salida.

Gran parte de los hechos que se van sucediendo muestran que la elección entre Donald Trump y Joe Biden será decisiva a nivel internacional. Del resultado dependerá el rumbo del comercio mundial, la atomización de un planeta que está mostrando el rostro definitivo de los nacionalismos y el fin de la globalización, la derrota o no de la unión que hace posible la defensa de Occidente frente a Oriente, y otros dilemas que aturden y llevan a la confusión total.

Los investigadores han emprendido una carrera para hallar la vacuna definitivamente eficaz contra el Covid-19, pero una segunda ola de contagios se ensaña sobre Europa y replicará en la Argentina. Las protestas masivas se van sucediendo por muy distintos motivos. Lo que pasa tiene la característica de una pesadilla dolorosa.

Si cualquiera mira a la Argentina de estos días verá un Presidente que se contradice y castiga a opositores y quienes critican las acciones oficiales. Alberto Fernández parece haberse enamorado de la cuarentena. Dijo en los primeros tiempos que el suyo sería “un gobierno de científicos” en el que regiría el consenso, pero impuso un bloqueo férreo, demasiado largo, que propicia enfermedades que no fueron tenidas en cuenta. Así como llamó a los infectólogos para que lo asesoraran debió citar a psicólogos relevantes y economistas de todas las tendencias.

La ruptura larga afectó no sólo a los adultos sino a los adolescentes y niños para los cuales la sociabilidad, el contacto con los amigos, es una actitud vital, de salud mental, tanto o más importante que la salud física.

El Presidente que prometió en la campaña electoral cerrar la grieta y al que no le gustan aquellos que le reclaman una hoja de ruta para el país (en especial los empresarios), hace dos o más semanas que está ofendido por las manifestaciones, por el señalamiento de sus errores, porque se le exige una estrategia más coherente con las naciones vecinas. Fernández ha permitido que se desdibuje la forma en que se monta teóricamente en el poder. El sociólogo y ex secretario de Educación José Nun no dudó en calificar esos movimientos con la siguiente afirmación: “Pareciera que Fernández no es Presidente, aunque sí Jefe de Gabinete de Cristina Fernández”. Una crítica lapidaria a las decisiones que se van tomando día tras día.

Está claro que la Argentina no es un tema más en el mundo, porque nuestro Canciller no sabe cómo actuar, cómo y dónde crear puentes certeros. Los necesitamos. Ahora, los conocedores dicen que dependerá de quién gane la elección en Estados Unidos para saber si podemos conseguir ayuda en las negociaciones con el Fondo Monetario Internacional. Una deuda que se estirará. ¿Pero hasta cuándo? ¿La pagarán los que ahora son niños o púberes? ¿Ayudaría más Biden si es elegido como habitante de la Casa Blanca? Los especialistas norteamericanos aseguran que el vínculo con la Argentina no será ni peor ni mejor. De todas maneras, el lobby contratado para que los factores de poder en Estados Unidos tengan contemplación con la administración albertista no sirve de mucho. Que se recuerde: fue José Alfredo Martínez de Hoz quien abonó las movidas de lobbistas para que el mundo perdonara las barbaridades de la Dictadura Militar.

En las últimas semanas aumentaron los roces entre el gobierno y la oposición. En algunos casos Fernández ha actuado sin respetar las leyes de la coparticipación. Ha extraído desde el túnel del tiempo un interrogante repetido: si Argentina es federal o unitaria. Un asunto que viene arrastrándose con odios y envidias desde la Declaración de la Independencia, y de la Constitución de mediados del siglo XIX, que buscó consolidar la nación pidiendo equilibrio, cumplimiento y sensatez.

Los ciudadanos saben que hay prioridades para tener en cuenta. El Gobierno no las escucha, mientras se discute si las reuniones de parlamentarios deben ser presenciales o por Zoom, si quiere impedir a toda costa que Cristina Fernández sea eximida de todos los juicios por corrupción, como la más importante de las cuestiones, borrando sentencias y pruebas.

Se teme que el Ejecutivo se lleve puesta a la mismísima Corte Suprema, repitiendo lo que pasó en el primer peronismo. En 1946 el General Perón dijo “yo pongo la Corte que me interesa”. Raúl Alfonsín invitó a su contrincante Ítalo Lúder como integrante de la Corte. No aceptó. Carlos Menem ayudó a que la Corte se discipline. Con Eduardo Duhalde hubo un juicio político al poder judicial. Fernando de la Rúa aceptó renuncias, pero no vapuleó a nadie. Néstor Kirchner redujo a cinco los integrantes. Mauricio Macri nombró a dos nuevos.

El problema hoy es el hambre que en dos meses pegará al 50 por ciento de los habitantes. Hay necesidad de reparto de comida, de ayuda. Del Estado viven 24 millones de personas y la ANSeS se mantiene con 4 millones de trabajadores en blanco que aportan. Como si lo que ocurre fuera ficción precipitada en varios capítulos, el Gobierno quiere incorporar como jubilados a los que no tienen derecho, a quienes no hicieron aportes a lo largo de 30 años. Otros cálculos prevén 1 millón de desocupados en diciembre.

Argentina se salvó del default de los bonos, pero debe reconocerse que las provincias interiores están en quiebra. La economía está exhausta, con un millón de empresas y comercios que se registrarían en quiebra en el próximo diciembre. Y el oficialismo permite inequidades y el no respeto a los derechos individuales, mientras la pandemia que se extenderá hasta la llegada de la vacuna, en algún momento del 2021. El Gobierno ha manejado todo con un aluvión de DNU y juzga al Poder Judicial sin respetar la división de poderes. Sabe muy bien que una reforma de la Justicia no es urgente ni oportuna. No es de países con respeto a la división de poderes cambiar a su antojo la cantidad de miembros de la Corte.

Las estadísticas sobre las víctimas de la pandemia llevaron más escepticismo a la población cuando la Provincia de Buenos Aires aceptó sus equívocos inexcusables en el conteo.

Argentina no es creíble en el exterior. Nadie confía en el país, salvo China. La nación comunista, con una dictadura sin alma, podría ayudar de alguna manera porque nuestro país está en tierra americana. Y con respaldo monetario le hace cosquillas a Estados Unidos.

Todos los economistas consultados dicen que la única manera de escapar al atolladero es invertir. Son escépticos, no confían en un país que se quedó sin dólares y que en pleno cepo está cumpliendo con la decisión para que comprenden 200 dólares por mes. El tipo de cambio motoriza el stress de los argentinos: de los profesionales, de los exportadores y el de gente que cobra subsidios del Estado, pero compra dólares. Una estafa.

En estos días lo que se requiere es el consenso de la clase política, peronistas y no peronistas. El país carga con una baja de la industria del 56 por ciento, un sector que recibe cachetazos recesivos desde 2018. Nadie puede soñar con un derrame que cubra a los desamparados.

Se ha dicho que el presente tiene peores rasgos que el colapso del fin de la convertibilidad en 2001/2002. Políticamente, nada es solucionable si desde el Frente de Todos se critican los encuentros de un cambiante Alberto Fernández con empresarios. Todavía sigue una negación de los seguidores de Cristina Fernández de un pacto oficial con ellos.

Mientras tanto, la situación se deteriora.

Daniel Muchnik
Twitter: @dmuchnik

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