Miércoles, 30 Septiembre 2020 13:10

Gobierno, oposición y sociedad a la deriva - Por Carlos Berro Madero

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El efecto más notorio de ciertas chapucerías políticas consiste en tratar de sostener sistemas de gobierno agotados, tratando de adornarlos de una falsa apariencia de buen funcionamiento, para lo cual sus funcionarios suelen aferrarse a “drogas” conceptuales abstractas e inverosímiles.

Bajo la supuesta amenaza de una eventual disolución de la democracia, algunos dirigentes políticos, “jaqueados” por una realidad que no consiguen dominar, provocan adrede un temor por la eventual desaparición de las instituciones, “infectando” el discurso público con ramplonería.

Su frivolidad ambivalente, donde las palabras “exclusión, “explotación”, “derechos humanos”, “igualdad” y “distribución de la riqueza”, instalan un aquelarre declarativo que lleva a hipótesis de una fantasía inconcebible, persigue potenciar la vigencia de normas legales a las que se aferran -a pesar de que la mayoría de ellas no hacen más que contribuir a acentuar la hondura de su desatino-, fortaleciendo una descomposición argumental que empuja a la sociedad a un “sálvese quien pueda”.

Mientras esto ocurre, nadie se anima a verificar la calidad y cantidad de problemas que debiéramos afrontar, y todos se concentran en propalar letanías que propician soluciones superficiales, a pesar de reconocerlas en su fuero íntimo como absolutamente inútiles (la voz de la conciencia rige para todos los seres humanos por igual), ya que no apuntan a dilucidar cuestiones que requieren ciertas medidas drásticas que una dilatada experiencia histórica ha enseñado como las mejores.

Con un discurso banal y engañoso, todos los actores sociales –unos por comisión y otros por omisión-, terminan así mintiéndose en medio de una música discursiva que trata de edificar explicaciones retorcidas mientras la sociedad marcha solemne y triunfal hacia un escenario donde la mentira, el engaño y la elusión de la naturaleza de las cosas han terminado destruyendo el tejido social casi por completo.

Esta disolución, inscribe cada día mayores adeptos a “cosificar” la realidad, porque nadie produce nada útil a pleno y todos miran de reojo a los demás lanzando zancadillas a diestra y siniestra, contribuyendo al sostenimiento de una incivilización cultural que causa pasmo.

Como consecuencia, la sociedad se circunscribe a consumir especulaciones, transacciones “non sanctas” y realidades virtuales que no llevan a ninguna parte, mientras todos se sienten víctimas de situaciones supuestamente voraces y devastadoras, cuya razón de ser nace –dicen todos-, en “la culpa de los demás”.

Es parte de una larga historia que nos ha puesto a los argentinos bajo las sombras más oscuras, al tratar de escapar de una realidad que hoy nos dice con énfasis: “hasta aquí llegaron; de ahora en más deben reaccionar o se hundirán definitivamente en una disolución social irreversible”.

Algo de eso indica un hecho sobre el que nos advierten reiteradamente algunos economistas serios sobre el desarrollo: nuestro PBI (estadística que comprueba el progreso económico y social de cara al futuro), sigue siendo casi el mismo de hace veinte años; sin que esta comprobación haya conseguido erradicar aún ciertos vicios culturales, políticos y sociales que seguimos cultivando con una tozudez inexplicable.

Los más asustados al ver peligrar su futuro político (y ninguna otra cosa), hablan hoy de la “reconstrucción de la esperanza”, mientras contribuyen con sus cínicas paparruchas a extender el mal que nos aqueja.

A buen entendedor, pocas palabras.

Carlos Berro Madero
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