Viernes, 09 Octubre 2020 13:11

La izquierda y los derechos humanos - Por James Neilson

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Cristina y sus soldados están tan resueltos a ver el lado positivo de la revolución bolivariana del esperpéntico Maduro que pasan por alto las hambrunas y la violación de DD. HH.

 

Para aquellos sobrevivientes de la “juventud maravillosa” peronista que aún sienten nostalgia por los años setenta del siglo pasado, no fue nada fácil adaptarse a lo que sucedería después. El futuro previsto por sus profetas resultó ser una fantasía; la Unión Soviética se desintegró, la China roja adoptaría una versión dura del “neoliberalismo” y las revoluciones a las que apostaban solo servirían para sembrar miseria. Así y todo, los hay que se niegan a darse por vencidos. Con desesperación, siguen confiando en que de un modo u otro los compañeros cubanos y venezolanos terminarán triunfando.

Entre los más tenaces están Cristina y sus soldados. Están tan resueltos a ver el lado positivo de la revolución bolivariana del esperpéntico comandante Nicolás Maduro que pasan por alto las hambrunas, el derrumbe catastrófico de la economía y la violación sistemática de los derechos humanos de los venezolanos que no han podido huir de su país.

Fue por tal motivo que el embajador ante la Organización de Estados Americanos, Carlos Raimundi, intentó solidarizarse con el régimen de Maduro afirmando que era “sesgado” condenarlo, como hizo una comisión encabezada por la expresidenta chilena Michelle Bachelet -una socialista-, por torturar y matar a opositores porque Venezuela había sufrido “un fuerte asedio de intervencionismo”.

Por razones comprensibles, el ala más sensata del gobierno de Alberto Fernández repudió a su presunto representante ante la OEA. Lo último que quiere es que tanto en el resto del mundo como fronteras adentro haya gente que vea la Argentina como gemela de un país paria cuyo fracaso difícilmente podría ser más impactante. Asimismo, es de suponer que algunos funcionarios sí toman en serio lo de los derechos humanos y son reacios a reivindicar el accionar de un régimen que tiene más en común con la dictadura militar de Jorge Rafael Videla que con un gobierno de pretensiones progresistas.

¿Es de izquierda el kirchnerismo? Si bien antes de mudar la sede de sus operaciones a la Capital Federal ni Néstor Kirchner ni su esposa se habían interesado por los misterios del materialismo dialéctico de los marxistas que tanto había fascinado a los integrantes de su propia generación, se sentían debidamente impresionados por su capacidad notable para convencer a los demás de su superioridad moral. Como dijo en una ocasión Néstor, “la izquierda te da fueros”.

Tenía razón el fundador de la dinastía K: los incontables crímenes de lesa humanidad cometidos por regímenes marxistas no fueron óbice para que sus simpatizantes se las ingeniaran para persuadir a buena parte del mundo de que en el fondo eran idealistas buenos que luchaban contra el capitalismo y el imperialismo norteamericano. Fue una hazaña notable que, además de permitirles apropiarse de entidades establecidas para hacer respetar los derechos humanos, les supondría muchísimo dinero.

Es que, como entienden muy bien ciertos intelectuales cuyas reputaciones, y los premios que reciben, deben más a su militancia “progresista” y el respaldo de quienes comparten sus preferencias ideológicas que, a sus eventuales aportes culturales, ser “de izquierda” es un buen negocio.

Huelga decir que la decisión de Néstor, que como gobernador de Santa Cruz había adherido a los principios “neoliberales” en boga, de incorporar al movimiento incipiente que formaba a sectores de la izquierda local, le resultaría muy provechosa. Aseguraba que en adelante tanto él como su cónyuge contarían con el apoyo fervoroso de personajes influyentes que subordinarían absolutamente todo, incluyendo la evidencia abundante de corrupción en gran escala que pronto merecería la atención de los medios, a su presunta militancia izquierdista.

Si se tratara de un asunto meramente interno, los kirchneristas podrían salirse con la suya, ya que hasta hace poco parecían estar en condiciones de obligar a la mayoría de los argentinos a aceptar con resignación su versión politizada de la verdad verdadera, pero en el escenario internacional sus esfuerzos en tal sentido sólo producen perplejidad.

Si bien en algunos círculos progres latinoamericanos y, hasta cierto punto, en sus equivalentes norteamericanos y europeos, todavía pueden encontrarse simpatizantes del chavismo, casi todos sus congéneres han llegado a la conclusión de que sería mejor ubicarlo en otra zona del mapa ideológico.

Al fin y al cabo, no les conviene del todo que los representantes más notorios de su propia causa sean sujetos que, además de arruinar a un país que de acuerdo común debería de estar nadando en la prosperidad, violan los derechos de quienes se les oponen con un grado de sadismo que, de ser cuestión de una dictadura de otro signo ideológico, denunciarían con furia justiciera.

James Neilson

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