Viernes, 09 Octubre 2020 13:14

Elogio al mérito - Por Jorge Enríquez

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Desde hace un tiempo el kirchnerismo tomó como uno de sus tantos enemigos a la meritocracia. En su rápido despojo de las máscaras que lo disfrazaron con propósitos electorales como moderado, Alberto Fernández se sumó en los últimos días a esa campaña.

 

Y no solo con sus palabras sino con sus hechos: el más reciente, haber propuesto como miembro de la Cámara Nacional Electoral a un juez militante, operador político del gobernador Manzur, y postergar a quien salió primera en el concurso del Consejo de la Magistratura, la doctora Alejandra Lázaro, de acreditada experiencia e idoneidad en cuestiones de derecho electoral. Tanto lenguaje inclusivo no le sirvió para deconstruir su masculinidad. Un caso para la ministra Gómez Alcorta.

Yo pensaba antes que una idea tan absurda como la de cuestionar el mérito como una virtud no podía ser cierta. Creía que había en el fondo una disputa semántica. Suponía que en verdad los objetores no se dirigían al mérito, sino que identificaban erróneamente ese concepto con el de falta de igualdad de oportunidades. Algo así sugiere lo que el Presidente dijo: el más tonto de los ricos tiene más posibilidades de éxito que el más inteligente de los pobres. Si así fuera, no habría motivos de alarma. Las discusiones semánticas son las menos fértiles. Hay un conflicto aparente que no es tal: cada uno de los contendientes habla de una cosa distinta.

Sin embargo, ahora me parece que hay algo más. De otra forma no se explica la insistencia en este tema. ¿Qué les molesta del mérito? Que es un rasgo de personas autónomas, que labran su destino por su cuenta. Esa característica, que debería ser más bien algo positivo y deseable, es percibida como peligrosa por quienes postulan visiones comunitaristas, hostiles a la democracia liberal. El sujeto ideal para esas corrientes ideológicas no es el ciudadano, sino el "pueblo", entendido no como la suma de las personas que componen una determinada sociedad sino como una masa amorfa e indiferenciada, que le debe todo al Estado y al Conductor: "la comunidad organizada".

La Argentina que llegó a tener una de las rentas per cápita más altas del mundo se fundó sobre otras premisas. El progreso general fue el resultado del progreso de cada habitante, logrado a través de su talento y su esfuerzo. Claro que no todos partían de la misma línea, pero ahí estuvo la epopeya educativa que, a partir de las ideas de Sarmiento, consiguió que los hijos de los inmigrantes tuvieran una asombrosa movilidad social.

Si el criterio para conseguir un trabajo es el mérito, y la educación universal y de excelencia brinda las herramientas necesarias, el pobre compite en igualdad con el rico

El mérito es menos necesario en quienes han nacido en familias de clase media alta o alta. Es probable que adquieran ingresos o empleos en razón de sus contactos familiares. Cualquiera conoce a ineptos con apellido, que tienen asegurado su porvenir. Para los pobres, en cambio, la meritocracia les abre puertas que de otro modo estarían cerradas. Si el criterio para conseguir un trabajo es el mérito, y la educación universal y de excelencia brinda las herramientas necesarias, el pobre compite en igualdad con el rico.

Por supuesto, estamos hoy muy lejos de esa situación. Muchos años de decadencia y de políticas populistas han aumentado la brecha educativa entre los pudientes y quienes no lo son. Los que más se llenan la boca con demandas de igualdad y de inclusión son los que más han hecho para que de la gloriosa escuela pública sarmientina, el instrumento más progresista que haya puesto en marcha nuestro país, solo quede jirones. Pero no se remediará este mal renegando del mérito, sino haciéndolo asequible a todos.

En una república verdadera, el ciudadano no le debe ningún favor al Estado. Tampoco se lo deben quienes trabajan para el Estado, porque lo hacen por sus méritos y no como recipiendarios de dádivas ni como clientes de una agrupación política. Es un individuo libre, con ideas propias, que sabe que su trabajo y su creatividad son los pilares que le permitirán obtener una mejor calidad de vida y al mismo tiempo ser útil para la sociedad. El modelo opuesto, que repudia al mérito, tiene como horizonte una sociedad estancada en la pobreza y la marginalidad, menos libre, menos vital: una sociedad de lacayos que deambulan sin otra ambición que besar la mano del príncipe.

Jorge Enríquez
Diputado Nacional (Juntos por el Cambio- PRO) - CABA

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