Viernes, 23 Octubre 2020 12:41

La tranquilidad de Fernández - Por Jorge Raventos

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Aunque se haya frustrado en gran medida la dimensión virtual que se le quiso dar, la última conmemoración del 17 de octubre tuvo un significado político que permite entrever un horizonte de cambios en el oficialismo. Habrá que ver si los cambios se materializan.

 

El acto había sido una iniciativa de la conducción de la CGT -principalmente de Héctor Daer- y de un conjunto de gobernadores justicialistas (incluido el siempre cauteloso Juan Schiaretti), y el objetivo central residía en ofrecerle a Alberto Fernández una plataforma para recuperar iniciativa política y ejercer a partir de allí la autoridad que se espera del Presidente de la Nación.

Aunque salió muy entusiasmado del acto, los signos más ostensibles de la crisis (la persistente desvalorización de la moneda es el más obvio) indican que no se ha producido hasta ahora el punto de inflexión que estaba en las expectativas.

De todos modos, la celebración del 75° aniversario del Día de la Lealtad -fecha de nacimiento del peronismo- fue, a un año de la elección que lo devolvió al gobierno, el primer acto de carácter nacional en el que las estructuras históricas del justicialismo hacen sentir su peso en apoyo del Presidente y su gobierno. Y estuvo acompañado por el ofrecimiento de la presidencia partidaria a Alberto Fernández, que éste aceptó.

«Es muy tranquilizador -declararía esa tarde Fernández- saber que uno cuenta con todos los gobernadores, que cuenta con todos los sindicatos, es muy tranquilizador. Allí reside gran parte del poder político y del poder fáctico de la Argentina».

CRISTINA NO FUE

Cristina Kirchner no asistió al acto central, realizado en el salón Felipe Vallese de la CGT. Tampoco estuvo demasiado elocuente: sólo dedicó un tweet a mencionar la jornada. Para una línea interpretativa de la política argentina que atribuye a los deseos, las intenciones o las maquinaciones de la vicepresidente un poder irrebatible y ve en ellos la clave para descifrar los acontecimientos, esa ausencia y ese laconismo indican que la meta de los organizadores no se alcanzará, porque ella no permitirá que el Presidente gane autonomía.

La señora de Kirchner "no pensaba ir a la escena de una conspiración fallida", escribió en La Nación el perspicaz Jorge Liotti. La frase da indirectamente por sentada la intención de relativizar el influjo de la vice por la vía de consolidar el poder del Presidente y, de hecho, refuta así tanto el cliché de un Fernández títere de su vice como la idea de una omnipotencia de la señora.

En rigor, si gremialistas y gobernadores (e intendentes y cuadros políticos) coincidieron en celebrar vigorosamente el 17 fue porque el poder de la vice se proyecta como impotencia al conjunto de la sociedad (donde son mayoría quienes rechazan su influencia o sospechan de ella), aunque haya alcanzado por ahora para echar sombra sobre el rol de Fernández. El peronismo teme que esa combinación produzca resultados adversos en las elecciones del año próximo. O antes.

CANDIDATO DE LOS GOBERNADORES

Por eso, es posible que la lógica que guio el acto del 17 siga manifestándose, ya que aún no alcanzó el resultado deseado. Se trata de sostener al Presidente para que produzca el giro necesario que la realidad está indicando.

En ese contexto hay que observar los movimientos en el gobierno y sus alrededores. Los gobernadores que impulsaron aquella movida, por ejemplo, aspiran ahora a designar al próximo titular del Consejo Federal de Inversiones, tras el fallecimiento de quien lo presidió durante casi un tercio de siglo, Juan José Ciácera. Su candidato es un ex-gobernador de una provincia del NOA. Sobre la silla vacante hay una puja, ya que La Cámpora también le ha echado el ojo a ese cargo.

El CFI, que depende de las provincias y es habitualmente sede de las reuniones de gobernadores, maneja unos 9.000 millones de pesos y podría ser un instrumento importante para formular una estrategia de desarrollo territorial como la que Fernández ha conversado intensamente con los mandatarios de provincias más próximos.

En su discurso en el Salón Felipe Vallese de la sede cegetista, Alberto Fernández destacó que el acto que celebraba el peronismo no debía ser considerado una respuesta a los banderazos que vienen manifestando cuestionamientos múltiples al gobierno y al aludir a estos, los comparó implícitamente con la llamada Marcha por la Constitución y la Libertad, que el 19 de septiembre de 1945 reunió cerca de 200.000 personas para protestar contra el gobierno militar del que Juan Perón era influyente secretario de Trabajo.

ERROR PRESIDENCIAL

Para algunos observadores, los actos con los que el peronismo celebró el aniversario de su jornada de irrupción histórica pertenecen a la misma categoría que los banderazos que vienen sucediéndose en los últimos meses. Sin embargo, las diferencias entre ambos fenómenos no residen sólo en el número de participantes o en que los festejos del 17 de octubre tuvieron el aliento del gobierno y sus aliados, sino principalmente en que estos fueron la reivindicación de una identidad política (por más diversidad de colores que se pueda encontrar en ella), mientras que el rasgo dominante en los banderazos, el que atraviesa su abigarrada composición es, más allá de que cuenten con el respaldo de algunos políticos opositores, su disgusto con la política; principalmente con el peronismo, por cierto, pero con éste como quintaesencia de la política, en general.

En este sentido el propio Fernández se equivocó en la comparación con la Marcha de septiembre de 1945. Aquella manifestación era antigobierno, pero no antipolítica: de hecho, estaba abiertamente motorizada por virtualmente todo el espectro partidario que existía hasta esa fecha, desde comunistas a conservadores, desde demócratas progresistas y socialistas a democristianos y radicales de todas las líneas internas.

Los banderazos de la actualidad son, en cambio, una expresión activa del creciente malestar de sectores que sienten que sus ahorros se evaporan, que su futuro se oscurece y no perciben autoridad ni rumbo confiables. Son primordialmente manifestaciones de rechazo que tampoco visualizan ni descubren alternativas que seduzcan.

QUALUNQUISMO 

El hecho de que buena parte de los involucrados en esas movilizaciones opositoras pertenezca a la vasta esfera sociológica que llamamos clases medias ha inducido a algunos sectores de la oposición política a ensayar un relato y una, digamos, épica de la clase media que, en pos de atraer a estos indignados, incurre en un seguidismo de su impronta antipolítica, algo que deriva en una especie de qualunquismo recocinado.

Inmediatamente después de la Segunda Guerra, un humorista animó en Italia un partido demagógico que llamó de l'uommo qualunque (del hombre común) y que, antes de disolverse, tuvo su cuarto de hora de popularidad escarneciendo a los políticos y agitando la consigna ¡Abasso Tutti! (¡Abajo todos!) medio siglo antes del Que se vayan todos criollo de principios del siglo XXI.

En las fuerzas orgánicas de la oposición hay dirigentes que se niegan a coquetear con ese cualunquismo y ni participan en los banderazos ni los estimulan. Es el caso de las corrientes moderadas del Pro -encarnadas por supuesto por Horacio Rodríguez Larreta y María Eugenia Vidal, pero también por Rogelio Frigerio, Diego Santilli, Cristian Ritondo o Emilio Monzó, por citar a los más conspicuos-; y en la misma actitud se anota una figura de Juntos por el Cambio que no elude precisamente la confrontación, como Elisa Carrió.

MEJOR QUE DECIR

Los moderados saben que todavía faltan meses hasta que las urnas ofrezcan una vía constructiva para que la oposición pueda crecer como alternativa y temen que las rebeldías a destiempo degeneren en situaciones caóticas. Saben también que los males que afligen al país no se solucionan sin consensos. Y esos consensos son indispensables ahora y lo serán si les toca gobernar a ellos.

Así, contra lo que piensan con imaginación conspirativa algunas corrientes del oficialismo, los banderazos no son emanaciones orgánicas de la oposición política.

Son otra cosa.

En lo que coinciden con los actos del 17 de octubre es en que el peronismo también experimenta un malestar originado en una confusa insuficiencia de autoridad.

A diferencia de los banderazos, la movilización del peronismo trató de fortalecer la política y el poder. Claro que el fortalecimiento no depende de ceremonias, sino de decisiones y acciones. El Presidente, en su discurso del 17 recordó la historia del peronismo y anunció que ahora él empezará una nueva etapa. Perón enseñaba que “mejor que decir es hacer”.

Jorge Raventos

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