Miércoles, 28 Octubre 2020 13:44

Caso Etchevehere: cuando los hermanos pelean - Por Pablo Mendelevich

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La verificación más penosa de la grieta, como se llama en la Argentina a la partición política irreconciliable, se da en el seno de muchas familias comunes y silvestres. Ya lo decía Félix Luna para explicar el extremo al que había llegado el enfrentamiento peronismo- antiperonismo a mediados del siglo pasado: el extremo hogareño.

 

No es algo que hoy cueste creer, porque cualquiera conoce (o padece) lo lacerante que puede llegar a resultar ahora mismo una coexistencia kirchnerista-antikirchnerista entre parientes cercanos, eso sin contar a los que para evitar roces eligen dejar de hablarse.

Ni la familia ni las peleas familiares con la política como trasfondo, motivación o excusa, pues, son una novedad. Lo nuevo es el ajuste de la agenda política nacional a selectos conflictos familiares. Aunque sería más preciso decir lo inverso, la potenciación de esos conflictos como nutrientes de una confrontación política premeditada.

El Gobierno explica la usurpación del campo de los Etchevehere como "una pelea entre hermanos", justo cuando irrumpe otro enfrentamiento fraterno, el de Mariano Macri con Mauricio Macri, a propósito del libro "Hermanos", de Santiago O'Donnell. Pelea que el oficialismo celebra soto voce con más fervor que piedad. Entusiasta, la militancia hizo circular en los últimos días una versión digital gratuita, irregular, en procura de difuminar las diatribas -íntimas, familiares, empresariales, políticas- contra el expresidente por parte de uno de sus hermanos.

"Es un caso en el que se pelean por una herencia", dijo Alberto Fernández. Se refería a los Etchevehere. "Son cosas que pasan entre ricos", explicó. En la misma línea el gobernador Gustavo Bordet dijo que lo del campo de los Etchevehere era un asunto entre privados, la misma frase que había acuñado Néstor Kirchner en 2005 para explicar el primer caso de corrupción del kirchnerismo, Skanska. Todavía hoy la Justicia investiga a los funcionarios de aquel "asunto entre privados", como repetía, también, el entonces jefe de Gabinete Alberto Fernández.

Justamente la usurpación del campo ahora más famoso de la Argentina involucra para muchos un severo interrogante sobre la frontera entre lo público y lo privado. De repente, el país discute por televisión si Dolores Etchevehere, una extrovertida ganadera simpatizante de la reforma agraria a quien la mayoría no tenía el gusto de conocer es o no dueña del campo tomado cuya tranquera ella abrió con hospitalidad militante a decenas de forajidos.

Fernández sostiene que la creencia de que está en juego la propiedad privada, allí, en el campo tomado bajo la batuta de su aliado Juan Grabois y al que ingresan funcionarios nacionales en un contexto de crecientes tomas de tierras, es "una estupidez profunda". Por lo menos hay coincidencia en cuanto a que el tema es profundo.

La idea de que las peleas entre hermanos están atadas a la riqueza ya destila un determinado enfoque, cuanto menos desatento con el primer homicidio del que hay noticias, el de Abel a manos de Caín, donde está acreditado que el móvil no fue la herencia de sus célebres padres. Quizás en los casos resonantes el origen del conflicto no es tan determinante como la utilización que puede hacerse de ellos.

Podría explicarlo bien la CIA, por ejemplo, que en 1961 reclutó a Juanita Castro, la hermana de Fidel Castro que se fue a vivir a Miami y nunca volvió a Cuba. O la cubano-estadounidense Alina Fernández, la única hija mujer de Fidel Castro, también disidente, sobre quien operó el anticastrismo a más no poder, a su vez peleada con su tía Alina. Los Castro eran siete hermanos -Raúl, el menor, aún hoy es el hombre fuerte de lo que queda de la Revolución- aunque solo Juanita se pasó a la vereda de enfrente. ¿Qué determina que, invocando sobre todo valores morales, además de ideológicos, un hermano denuncie la supuesta amoralidad de otro o de los otros? La respuesta a este interrogante seguramente depende de cada mundo familiar, de sus infancias, la distribución del cariño paterno y materno, las historias psicológicas. Lo que no varía tanto es la utilización política de esas situaciones desde afuera, frecuente cuando sobran las condiciones y faltan los escrúpulos.

Las familias monárquicas, por definición involucradas en repartos de poder, son pródigas en conspiraciones que ensanchan las enciclopedias, lo que no significa que no existan millones de peleas en familias pedestres predestinadas al anonimato o a lo sumo circunscriptas a un eco barrial. Lo distintivo puede estar, sí, en el volumen de una herencia (no se necesita ser terrateniente), pero cuando existe impacto político lo relevante ya no es el detonante sino el contexto.

Sería atendible la sentencia de la estupidez profunda del presidente Fernández en un país ordenado, con un rumbo, si hubiera un escándalo mediático en torno a la ocupación súbita de un campo por parte de una supuesta copropietaria que se dice despechada por su familia. Eso no indicaría una amenaza de propagación. Pero en el país de Vicentin y en medio de una multiplicación de tomas de tierras con diversidad de protagonistas y argumentos, lo que el episodio de Entre Ríos menos parece es un suceso extravagante de una familia rica donde el gobierno no tiene interés alguno. En la ambigüedad deliberada de la reacción del oficialismo respecto no solo de la propiedad privada sino también del imperio de la ley y del valor de la palabra judicial se reconocen fácilmente las huellas kirchneristas. Pero encima los funcionarios nacionales ingresan al campo, se apersonan. ¿Alardean?

Como ya es costumbre, la espaciosa coalición gobernante reacciona frente a los casos de alto impacto con una polifonía disonante, mediante desmentidos y reafirmaciones simultáneas. Mientras tanto, las partes invocan la superioridad de la Justicia con frases heroicas que procuran mostrar convicción e impostar valentía, del tipo "si me quieren llevar preso, que me lleven". Nadie va preso ni mucho menos: se desafía con coraje a una imaginaria Justicia implacable porque a la verdadera se la sabe dilatoria, escurridiza y laberíntica. En el mejor de los casos.

Pablo Mendelevich

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