Lunes, 16 Noviembre 2020 11:50

La resistencia del peronismo a su eventual desaparición - Por Carlos Berro Madero

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Es muy probable que de alguna manera estemos asistiendo a los manotazos desesperados de un peronismo que se encuentra frente a un fin de ciclo -impensable hasta hace poco tiempo-, e intenta controlar la desaparición de su homogeneidad política instrumental.

 

La variante kirchnerista –versión “aggiornada” populista de los principios fascistas que dieron origen al “movimiento” creado por Perón-, trata de domesticar hoy a jóvenes que solo cultivan la estética de lo momentáneo, prometiéndoles jugosas recompensas a cambio de una ciega fidelidad de “pertenencia”.

Pero lo que ocurre es que hay muy poco para ofrecer, y menos aún para repartir: la vieja vaca estatal tiene sus ubres exhaustas y no dan leche que alcance para todos.

¿Qué tienen en común peronismo y kirchnerismo? Solo una misma obscenidad conceptual, donde las palabras “exclusión” e “inclusión” están atadas invariablemente al interés de ciertos caudillos de turno que desparraman sus falsificaciones ideológicas.

Lord Chesterfield solía definirla –a no escandalizarse-, como “suciedad” o “excremento”: algo que está fuera de lugar. Y su presencia en el mundo de la política ha terminado conformando una sociedad que acepta hoy el asco como algo natural.

Porque es ciertamente una verdadera obscenidad “vender” a millones de incautos la idea de “pertenencia” que se propugna con el fin de usarlos para los fines específicos de dirigentes inescrupulosos y sin principios, excitados por su deseo de permanencia “sine die” en el poder.

Para lograr sus objetivos, tratan de convencernos que se deberían ajustar las técnicas de producción, aunque fuese “a las trompadas”, asimilando el viejo discurso de quienes, como Benjamín Corbat, creen que el trabajador debe convertirse en técnico y administrador de su labor a la vez, poniéndose de acuerdo “comunicativamente” (sic) con los miembros de su grupo y con los grupos que existen por encima y por debajo de él, para convertirse en el nuevo capitán del barco.

Esto los lleva al colmo de exigir la “toma” de funciones concernientes a la administración y las finanzas de las empresas privadas, produciendo un quiebre del concepto de “mando” y la competencia que requiere el ejercicio del mismo, con las consecuencias que están a la vista: anarquía y pésimos resultados operativos, como ocurre en Venezuela y Cuba, en donde las empresas cierran o han abandonado ya sus operaciones “en el territorio”.

El imperativo de competitividad que exige un mundo estrechamente interrelacionado y sumamente complejo en materia de alianzas comerciales ha quedado hecho trizas para quienes dependemos –la Argentina es un ejemplo paradigmático en ese sentido-, del aumento de participación “activa” en el mercado mundial, el que en nuestro caso ha quedado reducido hoy día, en gran medida, a una relación dependiente de Brasil, que transita por un andarivel ideológico muy diverso en materia económica. Un país que tiene muy en claro quién construye y dirige la cocción de una torta y quienes deben hornearla de acuerdo con sus instrucciones.

Los “popes” kirchneristas no parecen haber comprendido, por otra parte, que el capitalismo mundial es hoy día un estado emancipado de toda territorialidad, habiendo creado un nuevo poder político que ocupa un “no-lugar”, desde donde limita a las sociedades para someter sus políticas “fronteras adentro”.

Esto es así, nos guste poco, mucho, o nada. Es el mundo que hemos construido entre todos. Por comisión u omisión.

La resistencia tradicional del peronismo a esta realidad ha aumentado exponencialmente con la “sangre nueva” de los fanáticos milicianos “K”, quienes siguen chocando con una globalización que tiene las espaldas lo suficientemente anchas como para marginar a algunos díscolos que intentan legitimar los viejos principios de un nacionalismo “à outrance” que hoy huele a naftalina.

A eso debemos sumar el error garrafal de llamar “ajuste” a lo que no debería ser sino un llamado simple y llano a la “austeridad”, conducta colectiva absolutamente necesaria para lograr un crecimiento económico que nos permitiría obtener la mejor vida “posible” en un país como el nuestro, que no es tan rico como piensan algunos, y muchos menos súper poderoso, en un mundo que se ha subdividido en bloques continentales donde llevan la voz cantante quienes no ocuparon su tiempo en deshojar margaritas durante los últimos 60 años.

Deberíamos aceptar de una buena vez que ese mundo no nos debe nada; y además, como se preguntaría Ortega, ¿cómo pretender que alguien nos tome en serio, si nosotros mismos tratamos de vivir una aventura política que solo intenta adoptar “buenos modales” frente a los acreedores cuando el agua nos llega al cuello?

Con este escenario se encuentra el FMI en vísperas de formalizar un nuevo acuerdo para renegociar nuestra deuda con el organismo. ¿Alcanzarán a entender nuestros galimatías conceptuales?

A buen entendedor, pocas palabras.

Carlos Berro Madero
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