Martes, 24 Noviembre 2020 11:47

Menos discursos y más proyecto de vida - Por Carlos Berro Madero

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“El Estado es siempre, cualquiera sea su forma -primitiva, antigua, medieval o moderna-, la invitación que un grupo de hombres hace a otros grupos humanos para ejecutar juntos una empresa. Esta empresa, CUALESQUIERA SEAN SUS TRÁMITES INTERMEDIARIOS, CONSISTE A LA POSTRE EN ORGANIZAR UN CIERTO TIPO DE VIDA EN COMÚN” - José Ortega y Gasset

 

 

Difícilmente exista una sentencia más austera y definitoria de lo que significa dar el puntapié inicial que permita construir los cimientos de una sociedad.

 

¿Se detendrán a pensar en ello por un instante los dirigentes “comunicadores” que nos azotan con sus relatos sobre acontecimientos que ocurren en la vida diaria como si fuesen supuestos forúnculos que deberían ser analizados “clínicamente” sin decir cómo ni para qué?

Ortega añade a sus dichos que la existencia de una nación es también un plebiscito cotidiano. Una continuidad de aquel sentimiento de unión colectiva inicial que busca establecer los principios de una justicia con premios y castigos; propiciando la creación libre de riqueza, así como una distribución equitativa de la misma; previendo una igualdad de oportunidades para todos; fomentando el respeto por instituciones que representen la voluntad de asociarse para un tipo de vida en común y, finalmente, establecer reglas que impidan que las acciones disruptivas de un individuo pongan en riesgo la vida o hacienda de los demás.

Cuando nuestros políticos se “babean” con una eventual Moncloa argentina, solo parecen estar buscando, por el contrario, “acomodar los tantos” para beneficiarse merced a eventuales influencias sobre el gobierno de turno.

¿Es que tienen presente acaso que cualquier proyecto de nación está sostenido por una mirada hacia el futuro, pero que exige al mismo tiempo la formación de una comunidad proyectada para todos por igual?

Una mirada a la historia de nuestro país en los últimos 50 o 60 años, no lo está confirmando.

¿Será pues una exigencia de imposible cumplimiento para la turbamulta de dirigentes que hacen oír sus paparruchas y sus miserabilidades subjetivas, como si fuesen conceptos concluyentes para disolver un marasmo en el que estamos sumergidos desde hace años, donde todos pujan para prescribir solemnes verdades de Perogrullo?

“Las empresas de unidad nacional” –sigue diciendo el filósofo madrileño-, “van llegando a su hora del modo que los sones de una melodía. La mera afinidad de ayer tendrá que esperar hasta mañana para entrar en erupción de inspiraciones nacionales. Pero, en cambio, es casi seguro que le llegará su hora”.

Siguiendo su metáfora, nos preguntamos con curiosidad y bastante desesperanza: ¿estamos intentando interpretar entre todos el “crescendo” armónico de algún tipo de melodía? ¿O el sonido de algunos instrumentos destemplados “tapa” a todos los demás?

Lo que puede apreciarse hoy es que seguimos actuando como si careciésemos de ciertos principios mínimos de convivencia, en un escenario donde la voz más ronca y el “talero” más firme y mejor curtido intentan dominar a eventuales disidentes, creyendo que es la fuerza de esos “instrumentos” lo que justifica y fortalece apelaciones que solo recuerdan a la fuerza bruta.

¿Será posible aún lograr que algunos pensamientos más profundos y creativos desplacen los berrinches y dejar de atropellarnos unos a otros con el fin de imponer ciertas “sinrazones?

¿O habremos llegado finalmente a una disolución conceptual que nos sumergirá para siempre en una intrascendencia SIN RETORNO?

Los análisis más confiables y serios al respecto nos señalan hoy como un triste ejemplo de cómo puede pasarse del éxtasis al desencanto sin solución de continuidad. Y a la vista están los resultados obtenidos.

A buen entendedor, pocas palabras.

Carlos Berro Madero
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