Martes, 22 Diciembre 2020 10:51

Cristina y su alineamiento dialéctico de índole marxista - Por Carlos Berro Madero

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El kirchnerismo pretende mantenernos inmersos en una mediación erudita e innecesaria entre nosotros y la realidad, como señalaba George Steiner respecto de hechos semejantes al acto político montado en el Estadio Único de La Plata, diseñado de acuerdo con la tradición de las movilizaciones partidarias soviéticas y/o nacionales socialistas.

 

Períodos trágicos de una historia que aún subsiste en países donde líderes omnipotentes y encolerizados siguen impartiendo los fundamentos de doctrinas totalmente fracasadas, con el fin de mantenerse en el poder “sine die”.

En ese sentido, la cuestión del “determinismo histórico” predicado por Karl Marx en su tiempo, fue definido por él como un proceso natural que debe mover a encauzar metódicamente a los individuos que componen la sociedad hacia fines predeterminados (contando “ab initio” con la aquiescencia de la misma Iglesia Católica), para desatar finalmente verdaderas tragedias sociales como las que hoy padecen Cuba y Venezuela.

Friedrich Engels, colaborador de Marx, confirmó el argumento “determinista” de su maestro y fue más allá, hablando de “penetración en la necesidad social” (sic), proponiendo la creación de leyes que respondiesen a dicha necesidad histórica.

Ambos coincidieron en que ningún individuo por sí mismo conoce los principios de la evolución social, la que debe ser prefijada por una “organización superior” (sic) que tenga perfecto conocimiento de causa, con el derecho a guiar el pensamiento de la sociedad.

Esta ideología sobrevoló en el discurso de La Plata al que aludimos, frente a una platea ocupada por funcionarios “embarbijados” que aplaudían como robots.

¿Mera coincidencia?

Cristina Fernández, una supuesta idealista refinada, halla en el fracaso de estos preceptos autoritarios la prueba de su excelencia, y los apoya hoy día en realidad con un objetivo bastante más pedestre: su absolución judicial completa.

A eso dedicó la parte sustancial de su alocución, después de quejarse por las características del operativo sanitario del gobierno, cuyas fallas le adjudicó a la oposición y, en forma elíptica, a su socio Alberto, quien sin disimulo alguno le agradeció no obstante en forma servil sus “consejos” (sic).

Fue una nueva contribución de la Vice para reiterar que el proceso que lidera intenta consolidarse para arribar “al máximo progreso social medido respecto de cualquier ciclo histórico precedente” (sic), vestida con un ropaje populista que nos está empujando hacia la destrucción de la república.

En sus embestidas flamígeras, no termina de aceptar que es cada individuo, dotado de su propio entendimiento y apreciación de la realidad “real”, quien lucha para decidir su futuro en un régimen de libertad, tendiendo a organizarse “naturalmente” para producir y distribuir los bienes necesarios para la supervivencia de toda la sociedad.

Ignora simultáneamente que los regímenes de gobierno que han luchado para imponer sus ideas terminaron fracasando, debido a la frustración y el rechazo de eventuales beneficiarios que no alcanzaron a disfrutar a la postre ningún matiz positivo de una autenticidad idealizada.

En ese sentido, convendría recordar que el colapso final del ex bloque soviético ocurrió por su insoportable presión compulsiva sobre todos los centros de la vida espontánea que alimentan las ansias de libertad del ser humano, al instaurar una pedagogía discursiva que frenó aquella en su esencia: el espacio atinente a la autonomía personal.

La historia ha demostrado también que el hecho de que ocurra dicha implosión es solo una cuestión de más o menos tiempo; “un tiempo que no vuelve, ni tropieza” (Góngora).

Porque nadie duda de la nobleza de la defensa de los que padecen injusticias, pero muchas veces se advierte que las grandes burocracias del poder político se apropian de esa bandera para iniciar una manipulación que termina degradando a quienes propone socorrer.

Se observa entonces que las fuerzas de la productividad son las primeras en rebelarse contra la supuesta magia de la dialéctica marxista, ante la imposibilidad de estabilizar sus negocios, lo que las obliga a bajar el ritmo de producción de bienes, poniendo en jaque la supervivencia de la sociedad a la que se dice proteger.

En ese proceso estamos sumergidos, más allá de los temas que intenta instalar el kirchnerismo respecto de algunos comportamientos sanitarios frente a la pandemia, la validez del aborto, funcionarios que “no funcionan”, el eventual desguace de la justicia y la misteriosa forma en que los salarios y las tarifas debieran “aplanarse” (Cristina dixit); todos ellos temas centrales del discurso de alineamiento de una Vicepresidente que ignora las tácitas advertencias que le envía a su gobierno una realidad a la que no ha logrado engañar, ni mucho menos dominar.

A veces hemos pensado sobre lo interesante que sería para nuestro país que Cristina lograse un acuerdo comercial con Elon Musk y pudiera realizar un viaje espacial para instalarse en Marte, dejándonos definitivamente en paz.

Porque si existen allí extraterrestres que utilizan un lenguaje distinto al nuestro para comunicarse -como algunos aseveran-, podría reiterar sus discursos “ad infinitum”, sin que nadie la contradijese ni condenara por sus corruptelas éticas e intelectuales.

De paso, podría eventualmente invitar a que la visiten Maduro, Diosdado Cabello, Raúl Castro y algunos/as fieles soldados/as que la rodean en el Frente para “Todes”, a fin de compartir con ellos sus tertulias revolucionarias, que se sabe bien con qué argumentos comienzan, pero jamás cómo terminan, por ser producto de improvisaciones desgranadas “in situ”.

A buen entendedor, pocas palabras.

Carlos Berro Madero
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