Martes, 26 Enero 2021 11:58

Un gobierno recalcitrante - Por Carlos Berro Madero

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La necesidad de confirmar obsesivamente una nueva identidad colectiva, aderezándola con argumentos reivindicatorios que pretenden retrotraernos a un pasado escandaloso, exhibe al gobierno tratando de borrar la noción del tiempo, en cuanto devenir histórico.

 

 

Su intento es claro: celebrar el fracaso de sus hazañas políticas y económicas ruinosas del pasado, para disciplinarnos nuevamente como si nada hubiera ocurrido.

 

¿Qué ha cambiado en realidad desde que en diciembre de 2015 Cristina debió dejar su “reinado” en medio de una crisis económica de identidad calamitosa?

La fallida sucesión del macrismo, un gobierno “amable” que se “tragó los sapos” de lo que encontró al llegar, creyendo estúpidamente que la basura que pululaba por doquier se podía esconder bajo la alfombra del “sí, se puede”, e inauguró su propio mamarracho político: el “gradualismo”; una taza de té con poquísimo té y mucha agua, que terminó sabiendo a efluentes tóxicos.

Ni Cristina, ni Macri se han comedido a admitir que la historia como tal no admite “reinvención” alguna, ni resiste enmienda, y es necesario asomarse a ella con el ánimo dispuesto para admitir que en el mundo pasan infinidad de cosas que podrían eventualmente ser llamadas a “revisión”, pero situándose bien lejos de reconstruirlas mediante el uso de falsedades imaginarias.

Quizá por eso haya tanto de obsceno en la actual celebración satisfecha de quienes no se hacen responsables de su participación en un pasado oprobioso, tratando de ensalzar supuestas virtudes imposibles de hallar, ni con el uso de un potente reflector.

El buen razonamiento es el plano en el que formamos los juicios de valor que nos permiten disfrutar o padecer, según sea nuestra disposición mental cada vez que analizamos el decurso de la historia.

No suele ser éste, desafortunadamente, el instrumento de los supuestos revolucionarios kirchneristas, quienes siguen sintiendo el mismo imperativo interior que los llevó siempre a querer redimir al mundo y sus circunstancias por cualquier medio, aunque fuese ilícito.

Con tal propósito, deforman los sucesos ocurridos, pintándolos con torpes trazos de benevolencia intencional, lo que sólo sirve para que, tarde o temprano, se reencuentren con los mismos problemas irresueltos, por no haber apelado a la memoria y la experiencia.

Son las típicas cabriolas intelectuales mediocres del “hombre masa”, diría Ortega, que sintiéndose vulgar, proclama el derecho a su vulgaridad y se niega a reconocer ninguna instancia superior a él.

En nuestro caso, la catástrofe del fracaso de ciertas alquimias “modeladoras” que caracterizan al populismo “K”.

Basta leer las noticias de todos los días: relatos y más relatos de todo cuanto acontece, interpretados con mente obtusa, para seguir apelando a herramientas instrumentales oxidadas por el paso del tiempo.

Quienes sufrimos la contumacia de los que creen saber lo que no saben, vemos que éstos no dudan ni un ápice de la verdad de lo que defienden, mientras nosotros, con mayor prudencia, tomamos muchas cosas como simplemente probables y difícilmente las afirmamos con la misma altanería.

Muchos opositores independientes nos dicen: “suerte que está el peronismo al mando, porque si hubiésemos tenido un gobierno de otro signo político, todo habría saltado por el aire con los desafíos de la pandemia”.

¿Ingenuidad? ¿Estupidez?

En cualquier caso, les respondemos: el problema no es el burro, sino aquellos que creen que éste podrá correr una cuadrera y salir airoso.

A buen entendedor, pocas palabras. 

Carlos Berro Madero 

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