En efecto, muchos argentinos solemos pensar insistentemente en lo que NO tenemos, en vez de preguntarnos qué podemos hacer con lo que está al alcance de nuestra mano: grandes extensiones de tierra fértil cultivable, un clima bastante estable y propicio para encarar actividades de cualquier índole, muy pocos problemas multirraciales, casi nulos conflictos territoriales con nuestros vecinos y una historia relativamente “nueva” dentro del mundo, que nos permite aprovechar las experiencias ya vividas en otros lares.
Sin embargo, parecemos empeñados en buscar la quinta pata de un gato, como si en ello nos fuese la vida. Tan obsesivamente, que hemos dejado de “pensarnos” en orden a un proyecto COMÚN, arrebatándonos, unos a otros, el cetro de una supuesta infalibilidad, que lleva subyacente el sentimiento de frustración de quien no puede dar un salto en el aire de siete metros sin más impulso que las piernas (como es lógico) y piensa que por ello le está faltando “algo”.
Para la mayoría de nosotros, la historia parece haber entrado en el terreno de una anomalía que nos lleva a exagerar la magnitud de problemas que ya fueron resueltos por sociedades que no han apelado a causas imaginarias para resolverlos.
El espíritu “fundacional” de nuestros políticos emerge así de la base de una sociedad que desea ardientemente ser reconocida por los demás de manera casi enfermiza.
Esos “demás” que nos miran bastante absortos desde otros países y no saben bien en qué idioma hablamos o pensamos (excepciones al margen, por supuesto), lo cual les impide conectarse adecuadamente con nosotros partiendo de un mínimo de certezas.
¿Qué representa el kirchnerismo en este escenario?
A nuestro modo de ver, una variante del viejo peronismo: tardío, altivo, clasista, arrebatado, creído de sí mismo, inspirándose siempre en la depuración exquisita de un discurso Único, similar al que se observa en muchas reuniones sociales donde algunos contertulios alzan su voz sobre la de los demás, relatando experiencias personales supuestamente “ÚNICAS”, que los convertirían eventualmente en sujetos con derecho a recibir la máxima consideración de sus oyentes.
Podemos señalar como un ejemplo paradigmático a Cristina Fernández, una mujer cuya historia personal la señala como una adolescente convencida “desde el vamos” que debía ser reconocida con la pompa y gloria dedicadas a una heroína poseedora de supuestas verdades absolutas, emergentes de su “iluminismo” personal.
Una mujer que nos habla de la historia que amañó con su difunto ex esposo, “editando” cuidadosamente argumentos muy difíciles de desmentir, porque es bien sabido que con el tiempo los testigos desaparecen y/o son “interpretados” a voluntad por quienes quieren revivirlos “a su manera”, como reza la canción de Paul Anka, inmortalizada por Frank Sinatra.
El kirchnerismo tiene un “no sé qué” con el que suele adornarse de una autoridad supuestamente ilustrada, que recibe la adhesión constante de nuevos “convertidos”. La misma que se cultiva hoy día en los salones del Instituto Patria, donde se celebra una política “culturosa” que pretende competir con los tradicionales asados “populares” de un peronismo desactualizado, pero que a pesar de eso mantiene su vigencia, a punto tal que no se sabe bien cuál de las dos versiones tendrá mayor predicamento en las medidas que propicia su gobierno.
El kirchnerismo quiere una justicia a “su” medida (como muchos argentinos que se empeñan en ganar conflictos judiciales, aunque carezcan de pruebas y razones suficientes); que no exista actualización adecuada para el pago de servicios esenciales que sufren los efectos de una inflación desbocada; que detesta a los Estados Unidos por “imperialista” (léase haber obtenido a través de esfuerzo y poco llanto todo lo que hemos deseado siempre para nosotros mismos); que se amiga con los rusos y los chinos para combatirlos; que acumula fortunas de dudoso origen como ocurre con muchos argentinos (más de los deseados desafortunadamente) y discursea sobre los pobres como un modo de expiar su dudosa moral.
¿Austeridad? Que la vivan los demás: los “capitalistas neoliberales”.
¿Sacrificios? Que los hagan ellos, decimos, mientras mendigamos a las instituciones internacionales de crédito para seguir viviendo “la vida que nos merecemos” (sic).
¿En base a qué argumentos razonables? Silencio.
Hemos fundado así una sociedad que ha entronizado la queja, la envidia, la prepotencia, los malos modos, el atropello, la sinrazón, empeñada en una revolución “que es idéntica a todas las que ha habido antes, en las que no se corrigen en lo más mínimo los errores y los defectos de las antiguas sociedades. Una revolución que devora a sus propios hijos, que comienza por un partido mesurado, pasa en seguida a los extremistas y COMIENZA MUY PRONTO A RETROCEDER HACIA UNA RESTAURACIÓN” (Ortega y Gasset), confirmando la presencia de nuevas “castas” encaramadas a un poder al que muchos desean sumarse, a pesar de sus protestas en contrario.
Por todo eso el título de estas breves reflexiones. ¿No representará el kirchnerismo, en alguna medida, la desnudez de nuestras propias debilidades sociales y culturales?
Simplificando la cuestión con las palabras de ALGÚN maestro de grado, la propuesta sería pues: “para hoy, composición; tema: la vaca”. Y a pensar bien qué vamos a poner en ella.
A buen entendedor, pocas palabras.
Carlos Berro Madero 


