Martes, 16 Febrero 2021 13:21

El seductor encanto del sí fácil - Por Carlos Berro Madero

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La ambición suele ser un instrumento apto para la especulación política y excita el ánimo de quienes compiten por mantenerse “a salvo” en una función de gobierno.

 

Esto los muestra a menudo como individuos (as) apresurados, que solo se preocupan de cuidar “el instante” para confirmar sus proyectos personales.

 

Prescinden normalmente para ello del decoro, la moralidad, la utilidad y todo lo que no “vista” la impresión agradable que pretenden transmitir en su comunicación con los demás. Sólo varían las formas y la intensidad, lo que no logra evitarles quedar sobrepasados por las expectativas de quienes quedan habitualmente defraudados por promesas y benevolencias que a menudo exceden toda razonabilidad.

Este es el escenario en el que comienza a arrastrarse penosamente Alberto Fernández, intentando “blindar” su figura ante los inconvenientes que le causan sus disputas subterráneas con los “ultra cristinistas” que lo jaquean, tratando de “tomar por asalto” la buena voluntad de sus variados contertulios mediante una retahíla de argumentos sumamente contradictorios entre sí, a los que, no obstante, “santifica” por igual.

Es bien sabido que hay políticos dotados de muy buenas cualidades para seducir, pero normalmente terminan desatando a la postre verdaderas calamidades, al utilizar herramientas que solo sirven para defender inconsistencias, porque la verdad no cambia, aunque se excite el entusiasmo de alguien, si el discurso no está fundado en la realidad.

El Presidente viene demostrando al mismo tiempo su otra cara menos complaciente: la que sobreviene el “día después”, cuando se derrumba su benevolencia original y los acontecimientos toman un sesgo inesperado para él poniéndolo en entredicho con la misma.

Su ánimo se conmueve entonces (ya ha ocurrido decenas de veces), su mente se ofusca y su exaltación lo lleva a dar un mensaje “de rechazo al rechazo” –por decirlo de algún modo-, que lo convierte repentinamente en una persona de mal talante, que intenta poner punto final a la cuestión que se trate de muy malas maneras y con términos descomedidos.

Lo que podría haber sido entonces una mera chispa controlable producida por un desacuerdo circunstancial se convierte en un enfrentamiento que encrespa su ánimo, lo que en el caso del presidente de una nación deviene en un aumento de su descrédito personal.

Este rasgo de Alberto está basado muy probablemente en la doctrina del zig-zag tradicional del peronismo, que tuvo algún éxito en épocas de vacas gordas y luces nuevas, cuando el General Perón –que tenía un carisma fenomenal al que Alberto no le llega ni a la suela de los zapatos-, practicaba el arte de oír y agradar a todos al mismo tiempo, por más extremos que pudiesen ser sus diferendos.

En esa época, el “león herbívoro” encontraba siempre argumentos renovados sostenidos en escenarios menos encrespados y violentos que los de hoy. Al menos entre 1945 y 1950. Con el tiempo (1974), terminó echando de la Plaza de Mayo a sus contradictores: fin del “encantamiento”.

La historia nos cuenta que la suerte de un individuo, próspera o adversa, rarísima vez depende de una sola causa, pero lo que sin duda alguna complica el éxito de un político en ejercicio del poder proviene casi siempre de la mala costumbre de amoldarse “a cada ocasión” para obtener el beneplácito y la aprobación de demandas imposibles de conceder simultáneamente, lo que, tarde o temprano, moviliza a su auditorio exigiéndole al supuesto benévolo para que rinda cuentas por su hipocresía.

Hoy estamos sumergidos hasta las narices en las maniobras de distracción de un Presidente que por haber llegado “a dedo” a su cargo le parece simpático prometer soluciones a todos al mismo tiempo -aunque las peticiones sean diametralmente opuestas unas de otras-, tratando de copiar la tradición peroniana.

Lo más probable es que esto termine desatando con el tiempo una violencia que hoy permanece en hibernación, cuando los defraudados comprueben el engaño y la traición.

Para ser absolutamente sinceros, coincidimos con Hebe de Bonafini y sus dichos al respecto, quien podrá ser tildada de sectaria y tener muy pocos escrúpulos, pero que conceptualmente “no come vidrio”.

Ésta ha dicho recientemente que “no se puede ser amigo de todos al mismo tiempo”, evidenciando que el frente político variopinto pergeñado por Cristina (de la que Hebe es una portavoz activa) está al acecho, para emboscar a Alberto en el recodo de algún camino oscuro y eventualmente “tirarlo” a la banquina.

¿No será que cuando la “abogada exitosa” habla de funcionarios que “no funcionan”, se refiere en primer lugar a su ex Jefe de Gabinete a cargo de la Presidencia?

Buen argumento para una remake de la famosa obra de Emily Brönte “Cumbres Borrascosas”, donde se libra una sorda lucha

entre la bella Catalina Earnshaw y el apuesto y malvado Mr. Heathcliff.

A buen entendedor, pocas palabras.

Carlos Berro Madero

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