Lunes, 01 Marzo 2021 13:18

Las grietas del “partido de la nación” - Por Loris Zanatta

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¿Qué demonios de peronismo fue el menemismo? ¿Una anomalía, un error?

El menemismo es incómodo para todos. Por eso yace cubierto de polvo entre los objetos olvidados. ¿Quién sabe si Carlos Menem seguía siendo menemista? Si lo estaba, no solía recordarlo. De no haber muerto, ni lo hablaríamos.

A los peronistas les causa empacho. “El 2000 nos encontrará unidos o dominados”, había profetizado el general. No imaginaba a sus discípulos alineados al Consenso de Washington. En la primera fila, los más “tragas” de todos. Privatización, liberalización, dolarización. Y más: occidentalismo, multilateralismo, capitalismo. ¡No era ese el pedigrí peronista! Mejor olvidar.

A los antiperonistas no les cae mejor. ¡Una Argentina abierta al mundo y al libre comercio era su programa! ¿Posible que el peronismo se lo robara y lo realizara a su manera? ¿Con caudillismo y clientelismo? El peronismo “liberal” seguía siendo peronista, después de todo, ¡el estado de derecho no era su fuerte! Mejor olvidar.

Entonces, ¿qué demonios de peronismo fue el menemismo? ¿Una anomalía? ¿Un error? Para responder, primero el contexto. El interno, para empezar. Cuando Menem triunfó, la gente se agolpaba frente a las casas de cambio, zigzagueaba entre las góndolas del supermercado para adelantarse a la suba de precios.

Las oficinas de correos eran odiseas, los bancos agonías, las líneas telefónicas milagros. Recuerdo que, en la Biblioteca Nacional, el encargado apenas levantaba la vista de El Gráfico: “hay pulgas, me decía, no se trabaja”. Liberalizar la economía no era una opción: ¡era un imperativo!

¿Y el contexto global? En 1991 la Unión Soviética se disolvió, un mundo se acabó. ¡Inimaginable! La utopía socialista se había vuelto pesadilla. Checos, polacos y húngaros destruían sus símbolos, los rumanos fusilaban sus dirigentes, los comunistas occidentales se convertían deprisa a la liberal democracia. Quienes volvían de Cuba eran trastornados: ¡cuánta miseria! El estrecho de la Florida era un cementerio de desesperados en fuga. Cansados de pobreza y militarismo, los países del Tercer Mundo se dirigían a las viejas potencias coloniales. Occidente no era una opción: ¡era un imperativo!

Los textos sagrados de la doctrina peronista, por su parte, se prestaban a todo. El Modelo Argentino aprobado por Perón poco antes de morir reafirmaba el repertorio proto-fascista de los orígenes: Estado ético, doctrina nacional, comunidad organizada, representación de los cuerpos, tercera posición; Dios, patria y pueblo. Pero incluía innovaciones absorbidas durante el exilio europeo: universalismo, tecnología, interdependencia; ¡incluso la ineluctabilidad del pluralismo! Menem tenía con que hilar.

En Argentina, como en todas partes, fue una encrucijada. Algunos peronistas comenzaron una revisión política, un doloroso vía crucis intelectual: ¡democracia política y prosperidad económica, libertad y mercado estaban vinculados! ¡El liberalismo y el capitalismo no eran los demonios imaginados! Sus instituciones y valores eran perfectibles, ¡mucho mejor que las fatuas y violentas cruzadas ideológicas de los últimos treinta años!

Pero para muchos otros fue oportunismo, a mal tiempo buena cara, mero camaleonismo a la espera de volver a lo antiguo. La democracia liberal, el estado de derecho, la economía de mercado, la alianza occidental no eran santos de su devoción. Tan pronto como fuera posible, los descargarían para responder a la atávica llamada de la selva populista: unanimismo, nacionalismo, corporativismo, panlatinismo.

Mucho ha cambiado desde entonces. Siempre es así: a cada etapa globalista le sigue una reacción autárquica. Los grandes descubrimientos tienen sus detractores, las tecnologías sus “luditas”, los cosmopolitismos sus enemigos nativistas.

Nuestra época no es una excepción. Llegaron los Corbyns en lugar de los Blair, los Sánchez de los González, los Trump de los Reagan. Los comunistas italianos se disolvieron eligiendo el mercado y el Occidente; hoy sus descendientes invocan al Estado y detestan al capitalismo como antaño. ¿Por qué sorprenderse si tantos menemistas de ayer son kirchneristas de hoy? Cuando cambie el viento, algunos tomarán el camino opuesto y el menemismo volverá a ponerse de moda.

¿Todo normal entonces? ¿Argentina camina al unísono con el mundo? ¿Late al ritmo de sus ciclos históricos? No tanto. Su peculiaridad salta a la vista. Lo que en otras partes hicieron conservadores o liberales, Thatcher o Fox, Kohl o Cardoso, en Argentina lo hizo Menem, peronista. Lo que en otras partes hacen populistas o socialistas, Iglesias o Lula, Grillo o López Obrador, en Argentina lo hacen los Kirchner, peronistas. El peronismo juega todos los roles.

Eso no es saludable. Por dos razones. La primera: el peronismo conserva así la pretensión de ser el “partido de la nación”, la ideología de la patria. Esto limita la alternancia política, sofoca la competencia ideológica. Si el peronismo es todo, ¿quiénes son sus oponentes? ¿Qué legitimidad tienen? “Siempre lo dije”, se alegraría Perón: “¡los argentinos somos todos peronistas!” Un legado autoritario.

La segunda: parafraseando a Diderot, podemos decir que no basta con tener un programa liberal, hay que realizarlo de manera liberal. La cosa correcta hecha por la persona equivocada, el liberalismo en manos de un movimiento antiliberal, desfigura su imagen, daña su credibilidad, hipoteca su futuro. Que todos hagan su parte: el progreso no surge de la unanimidad, sino de las diferencias.

Loris Zanatta

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