Miércoles, 10 Marzo 2021 11:42

Le piden demasiado - Por Sergio Crivelli

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Apenas un año y medio después de haber ganado las elecciones el gobierno sufre un desgaste sin precedentes. Las encuestas muestran una mayoritaria desaprobación del desempeño del presidente y un pesimismo extendido sobre el futuro. Que cerca del 60% de los consultados no crea probable la recuperación de la economía es una pésima noticia para un gobierno con elecciones a la vuelta de la esquina.

El desaliento obedece a que Alberto Fernández decidió regresar al pasado. Capituló ante Cristina Kirchner y entregó a su ministra de Justicia que no quiso plegarse a la limpieza de expedientes judiciales. Con la economía pasó otro tanto. No sólo repite las recetas que fracasaron entre 2011 a 2015. Martín Guzmán quedó desautorizado y con la credibilidad maltrecha por decirlo suavemente. Volvió la política de Kicillof.

En este panorama adverso Fernández cuenta con algo a favor: la estabilidad institucional ligada a su condición de peronista. Traducido: a su identificación con poderes "de facto" como el empresariado, los sindicalistas, la clase política y los grupos de acción directa conocidos como movimientos sociales. Hay pocos conflictos, paros, cortes de la 9 de Julio, manifestaciones violentas, saqueos, usurpaciones o desmanes. Si el gobierno fuera de otro signo político no sería así.

En las últimas semanas aparecieron, sin embargo, señales de que el hartazgo con la situación económica comenzó a desgastar al oficialismo también en el terreno político. Las últimas protestas contra Gildo Insfrán constituyen algo más que una rebelión ante el manejo autoritario de la cuarentena. El gobernador vitalicio de Formosa no había enfrentado reacciones populares de esa magnitud en 25 años a pesar de actos de barbarie como los cometidos contra comunidades indígenas, por ejemplo. El agua comenzó a desbordar el vaso de la pequeña clase media formoseña por razones económicas. Otra pésima noticia.

Fernández confraterniza con Insfrán porque necesita sus votos. Está atado a la suerte de un cacique provincial y parece haber comenzado la etapa en la que los propios le hacen más daño que los opositores. Esa solidaridad pasa por alto que los Saadi perdieron su feudo en Catamarca y los Juárez el suyo en Santiago del Estero a raíz de escándalos agitados por la prensa y la televisión de la ciudad de Buenos Aires.

El odio de las oligarquías provincianas a los porteños no es un capricho histórico. Tampoco es un fenómeno exclusivamente local. Los negros del sur de los Estados Unidos dejaron de ser masacrados por la policía en los 50 con el despliegue nacional de la televisión y el apoyo del periodismo de las grandes ciudades.

En resumen, los apaleamientos de la policía formoseña no son sólo otra postal de Macondo, sino una piedra extra en una mochila que no se sabe si Fernández podrá arrastrar por mucho tiempo. A un presidente sin poder propio se le pide demasiado. Debe hacerse cargo de Cristina Kirchner y sus hijos, de la inflación, de las vacunas, del FMI, de Insfrán ¿y además ganar las elecciones?

Sergio Crivelli
Twitter: @CrivelliSergio

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